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Sección: Estado de Veracruz

Libertas

La Palabra Educación

José Manuel Velasco Toro 23/07/2026

alcalorpolitico.com

Programa de divulgación de conocimiento humanístico que fue representativo de la acción educativa durante los años 1970-1976 por el profundo impacto intelectual que tuvo en la sociedad mexicana, fue la publicación de diversas obras cuya colección tuvo el título SepSetentas. En esos años vieron la luz más de 300 títulos con temas que abordaron cuestiones de historia, antropología, etnografía, arqueología, literatura, economía, medicina tradicional, sociología e incluyeron textos de diversos e importantes autores. Su formato fue de bolsillo, accesible a todo público no solo porque cada ejemplar costaba 10 pesos, sino porque se podía adquirir en puestos de periódicos, librerías y tiendas de autoservicio. Es innegable que esa colección abrió un espacio de reflexión colectiva al permitir que investigadores jóvenes y consolidados publicaran el resultado de su trabajo, lo que contribuyó a ampliar el ámbito intelectual de ideas en circulación y aprender de temas poco o nada conocidos como la historia del ferrocarril, la vida cotidiana en el Porfiriato, sobre las protestas y revueltas campesinas en el siglo XIX, aspectos de la Revolución Mexicana, la cultura prehispánica, en fin, temas de nuestro pasado que en ese momento llegaron a manos de ávidos lectores que sumaron a su acervo cognitivo nuevos y novedosos conocimientos.

Recuerdo cuando mi Maestro Alfonso Aviléz y quién escribe, siendo estudiante, solicitamos una audiencia con el Dr. Gonzalo Aguirre Beltrán, entonces Subsecretario de Educación Extraescolar de la Secretaría de Educación Pública. Él nos recibió en su oficina y escuchó con atención el proyecto académico que le presentamos para su consideración y, acto seguido, nos hizo reflexionar sobre algunas cuestiones importantes, nos dio su opinión y consejo de acción. El proyecto finalmente se concretó en el Centro de Estudios Históricos, hoy Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana. Aguirre Beltrán no desaprovechó la oportunidad para explicarnos, con gran entusiasmo, el significado e importancia de la Colección SepSetentas cuya primera tirada apareció en noviembre de 1971. Detalló el impacto cultural que tenía a nivel nacional, tanto en los diversos círculos académicos como entre la sociedad en general. Era, así lo percibí en su momento y lo rememoro igual, otra de sus creaciones consentidas en la que depositó fundada confianza de que perviviría en la memoria del futuro, como así fue.

Libros de tan preciada colección aún es posible encontrarlos en librerías de viejo, en bibliotecas particulares, públicas y de instituciones de educación superior. Pero traigo a colación esta anécdota porque al estar en la búsqueda de un pequeño libro que trata de la arquitectura y distribución del espacio conventual, el cual se esconde en algún estante de mis libreros, me topé con un libro de ese preciado repertorio de SepSetentas, La palabra Educación de Juan José Arreola. Lo tomé en mis manos, lo acaricié cual preciada joya y no pude resistir el volver a leer la inigualable y profunda prosa del Maestro Arreola. La obra es producto de una compilación de referencias a la vida, la juventud, la educación y la cultura que fueron rescatadas de grabaciones y versiones taquigráficas (un arte que no se debe olvidar) por Hilda Morán y ordenadas para su publicación por Jorge Arturo Ojeda. Fragmentos de conversaciones que por sí mismos nos enseñan que con pocas palabras se puede conjugar sabiduría y humildad, conocimiento y arte, belleza de Palabra que en voz del Maestro Arreola se eleva cual verdadera semilla de cognición, de reflexión filosófica que emana de la pasión creativa que extraía de lo cotidiano, de lo común, de la experiencia aparentemente ordinaria. Cuando Arreola habla de la vida, de ese sentir que resplandece “por medio de los datos del recuerdo”, también, con sutileza poética, advierte del horror que puede significar el progreso y advierte que la “gente se enriquece a costa de su pobreza espiritual en medio del apogeo de ciencias y técnicas.



Ésta es la prueba evidente del fracaso de nuestra civilización que siempre ha ido contra la vida”, pues el ser humano es la “única criatura que destruye su hábitat, que rompe la economía de la naturaleza. La enormidad de los mares y de los cielos ya está al alcance de la voluntad de la corrupción”. Pareciese profecía, vaticinio que vemos y padecemos en éste tormentoso siglo XXI. Pero también señaló con optimismo que espera “el renacimiento del amor a las plantas y a los animales”, “a la aplicación de la mano artesanal” porque es importante comprender “el misterio que después operará en su espíritu” con una revolución de la cultura cual nueva concepción del mundo. Por ello invita a ser culto para estar en “comunicación activa”, para ser centro de “emisor de humanidad” con ideas y actitudes que se “ajustan armoniosamente a la realidad inmediata de cada día”. Sin embargo, expresa, que el “afán de grandeza y el orgullo han extraviado” al humano que no asume “la posibilidad de la consciencia”. Un error que muestra “la pérdida de las proporciones”, que “ya no vive a una escala natural con sus propios ideales en el medio ambiente que lo rodea y padece megalomanía, el delirio de grandeza”.

Por ello, cuando se refiere a los jóvenes, resalta que la “juventud no es la que tiene veinte años. Joven es aquel que se conmueve ante cualquier injusticia en el mundo”. De ahí la importancia de que la cultura “circule en la sangre como los glóbulos rojos”, pues más que el aprendizaje memorístico de datos y acontecimientos, de símbolos vacuos y definiciones que no explican, de repeticiones de tautologías que otro dice u opina, lo que importa, lo que debe importar es el “amor y el entusiasmo” por las obras” que llenan de emoción y fantasía nuestro espíritu, nuestro deleite por saber. Lo memorístico solo es “vigente durante los exámenes”, lo duradero, lo verdaderamente perdurable es la “lección de humanidad” que se instaura y cultiva en “el diálogo verdadero” entre aquello que se aprende y la propia voluntad de conocer, de búsqueda de “la armonía pues en ella nuestro espíritu descansa” porque en ello encontramos nuestro “propio dialecto” en el “alma universal” cuya nostalgia permanente es la creación. Crear como fin primario, crear como realización de la vida, crear como exaltación del espíritu que comunica y redime, que mueve nuestro interior e inspira a exponer “virtudes y anomalías” dejándonos ser mujeres y hombres libres que están más allá de las tinieblas de la ignorancia y pobreza de espíritu.

Por ello el llamado que en su momento hizo Juan José Arreola a todos los universitarios, convocatoria que es vigente no solo para todo egresado de educación superior, sino también para todo creador. Exalta que “El egresado de la universidad ostenta uno de los deberes más altos que existen: difundir en torno suyo no solamente los conocimientos que adquirió, sino los valores humanos que en él se han desarrollado, a partir de su propósito inicial de adopción a la comunidad del saber. Si la comunicación es uno de los problemas más graves que afronta la actualidad del hombre, el universitario debe ser comunicativo por excelencia. Porque en la hora en que más abundan los medios de difusión el hombre está solo, paradójicamente incomunicado”. La paradoja de nuestros días con las redes sociales, el manipuleo de la información utilizándose programas de inteligencia artificial, el flujo de podredumbre de una retórica vacía y la vacuidad de la demagogia que se eleva al pedestal de la negación y el anti-diálogo. Claroscuros de la vida que el Maestro Arreola señaló y delató sin abandonar el espíritu creativo, crítico y poético de la Palabra Educación.