Cuando se trabaja con justicia hay paz. Cuando hay paz hay prosperidad. Cuando hay prosperidad germina la semilla de la superación social. Cuando germina la semilla de la superación social la esperanza florece en el derecho, la equidad y la igualdad de las personas proporcionando bases para un crecimiento económico, educativo, cultural y de buen gobierno. Cuando todo esto se conjuga el bien común florece, se superan conflictos, se defiende la libertad y se consolidan los derechos humanos de los ciudadanos. Este es un deseo, o más que un deseo, la utopía siempre presente en el ánimo histórico del espíritu de libertad, el ideal que mueve, que invita, que motiva a la acción concreta para constituir una sociedad justa, libre y democrática. La historia de la humanidad tiene cientos, miles de ejemplos que nos muestran renacimientos de lucha libertaria que hacen frente a la opresión y a los totalitarismos que siempre buscan controlar, someter, sobajar, explotar a las personas y sociedades. Sin embargo, la justicia y el derecho, aunque no de manera sencilla e inmediata, siempre termina por imponerse para abrir paso a contextos sociales libertarios que superan conflictos, median las diferencias y construyen escenarios de prosperidad general.
Una sabiduría que la humanidad suele olvidar, que no ha aprendido a reflexionar y a repensar para evitar caer en la tentación autocrática, autoritaria y totalitaria que siempre es impulsada por maniqueísmos, sentimientos de grandeza, narcisismos, egoísmos, frustraciones sociales de personas y grupos que se esbozan tras ideologías supuestamente superiores para convencer, envolver y enajenar a las masas que caen en la trampa de la mentira maquillada de supuesta verdad, la falsa información que encubre la realidad, la distorsión de la historia para simbólicamente razonar sus intereses sórdidos, la precarización de la educación para colapsar el pensamiento crítico y la proyección caudillista para imponer una imagen de liderazgo, jefatura, sujeción ideológica y obediencia militante.
Situaciones que, más temprano que tarde, desembocan en el diseño de formas de organización institucional y partidista pensadas para establecer control, mantener el poder y favorecer a la élite política y militar que se asume como guía suprema de la sociedad. Y, como la historia nos lo muestra y demuestra, cuando el amanecer de la libertad se enturbia con el obscurecer del autoritarismo, entonces ocurre la pérdida de la libertad de pensar, expresar y realizarse con plenitud creativa, se socaban las bases de la justicia para ajustarla a modo, lo que lacera la economía que abre paso a posibles situaciones de labilidad material y la corrupción fluye cual cloaca hacia el vertedero de los bolsillos propiciando el resquebrajamiento del bien común. Pero, como la historia también nos enseña, esos períodos de obscuridad no son eternos y terminan por caer para ser condenados por el juicio histórico.
Se derrumban y hunden ante la persistencia de la voluntad libertaria que brota de su estado latente para movilizarse con la suficiente fuerza, interna de la sociedad y externa del contexto mundial, reconstituyendo las bases de la democracia y el progreso. Lecciones de historia que debemos conocer, reflexionar y aprehender para abrigar acciones que conduzcan a la paz duradera, la libertad en el ejercicio responsable de la equidad e igualdad, la justicia como garante de la tranquilidad social, la educación como soporte indiscutible del desarrollo sustentable y sostenible, la cultura cual pilar de espiritualidad social y el diálogo político como engrama para el logro de un buen gobierno. Así, el rostro de la justicia y la voz de la libertad, la sabiduría del conocimiento y la consciencia social responsable, la creatividad que abre la dimensión del futuro y la educación que cultiva el espíritu de curiosidad cognitiva, la cultura plural que se expande para abarcar todo confín espiritual y la lengua que comunica al relacionar toda expresión histórica, la convivialidad de género y la colaboración en todo orden de gobierno y sociedad civil, la dimensión ética que dicta el bien común y el cultivo de la ciudadanía consciente que cuida de los valores sociales esenciales para el buen vivir, son principios que siempre deben estar presentes en todo proyecto de gobierno y preceptos fundamentales para el logro del orden público que garantice la supresión de la violencia y criminalidad, el fin de la hipocresía política y la ignorancia social, la superación de la inequidad y desigualdad que laceran la economía y salud ciudadana, el fin de la pobreza material y espiritual. Sé que es mucho desear, pero no es imposible de lograr si la ciudadanía exige y se moviliza para que el Estado garantice y cumpla con su deber que es el logro del bien público y la seguridad en libertad ciudadana.