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¿Qué hacer con la institución presidencial?

Eduardo de la Torre Jaramillo 12/08/2016

alcalorpolitico.com

Más allá de la superficialidad de una encuesta que mida el grado de aceptación del presidente de la república, es pertinente mencionar que después de las reformas constitucionales que realizaron los presidentes Miguel de la Madrid Hurtado, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León, en materia económica (despresidencializó a la economía), en el poder judicial, en la parte electoral; ellos fueron los que debilitaron al propio presidencialismo, puesto que desmontaron aquella presidencia “metaconstitucional” como la definió Jorge Carpizo.
 
Las medidas más importantes fueron: la autonomía del Banco de México en 1994; la desincorporación de 1114 paraestatales que se redujeron a 86 de 1982 al año 2000; la reforma al poder judicial en 1994; la reforma electoral de 1996 que provocó el advenimiento de la alternancia, la creación de la CNDH en 1991; todo esto significó en primera instancia una real división de poderes, y por ende el acotamiento del presidente de la república, quien tiene facultades legislativas y no legislativas reducidas; es así que esa fue la presidencia que heredaron Vicente Fox Quesada, Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto, quienes por cierto no hicieron nada para reformar al presidencialismo, que de éste hay muchas propuestas, que van desde un presidencialismo renovado (con la introducción de un Jefe de Gobierno y/o de Gabinete, que son las dos variantes), la parlamentarización del presidencialismo.
 
Pero ¿cuál es el principal problema del presidencialismo?, que no está generando gobiernos de mayoría y provoca déficits de gobernabilidad, por ejemplo Fox fue electo con el 42% de los votos, Calderón con el 36% y Peña con el 38%, lo que dista mucho cuando el PRI de 1940 a 1988 ganó la presidencia con un promedio del 86%, esto porque bajó en la elección presidencial de 1988, que diferencia por ejemplo del triunfo de José López Portillo en 1976 que ganó con el 93% de la votación nacional siendo candidato único. La nueva problemática apunta hacia el año 2018, en donde el próximo presidente de la república pueda ser electo con un 25% de la votación, y eso apunta a una profunda crisis política nacional.
 
Las salidas desde la academia son varias, tanto Diego Valadés, como Dieter Nohlen, Jorge Castañeda proponen lo siguiente: las cuales van desde el Ballotage, la segunda vuelta electoral, pero aquí tenemos que introducir un elemento nuevo, con umbral de votación bajo el 40%; la segunda propuesta es modificar el artículo 83 de la Constitución Política y regresar al origen de la Carta Magna de 1917, cuando el presidente duraba 4 años en el poder, comparándonos con 18 países de América Latina, sólo México y Venezuela tienen gobiernos de 6 años, la mayoría los tiene de 4 o 5 años; y quizá liquidar el último mito de la moribunda revolución mexicana: la reelección presidencial con una sola ocasión, esto porque de los análisis fáciles de la debilidad del presidente no son el problema per se en el personaje que sea el presidente en ese momento, sino que el conflicto reside en el agotamiento de la institución presidencial como tal, ya que 6 años son demasiados para gobernar frente a una sociedad como la mexicana que cada vez está  más informada cuantitativamente más no cualitativamente.
 
La enorme dificultad es que todos los actores políticos le apuestan al fracaso del contrario, el PAN festeja al igual que morena, que el presidente se encuentre debilitado en su cuarto año de gobierno, lo que no se han puesto a pensar es que en caso de ganar gobernarán el desastre (tan sólo hay que ver a Veracruz, Chihuahua, Tamaulipas), priva la mezquindad política, no hay cooperación ni siquiera para enfrentar la multiplicidad de crisis que vive México, es parte del pensamiento mágico, se piensa que sólo por cambiar a quien ocupe la silla presidencial se le facilitará gobernar, lo que no han vistos los miopes políticos, es que esas mismas encuestas están midiendo a la propia sociedad mexicana, la cual está indignada, molesta y que la desconfianza no sólo es hacia el presidente sino a la clase política en general, y a toda la institucionalidad política, partidos, congreso, poder judicial, y eso es lo que no han analizado los hambrientos del poder político.
 
Finalmente como cada uno de los actores políticos sólo les importa sus intereses personales, se tiene a una sociedad que su voto dejó de ser estratégico, de castigo, cambiante, duro, de necesidad, y transitó a ser uno de venganza y de odio, eso es lo que diferencia a los nuevos votantes, porque las alternancias de este año no sólo fue la expulsión del PRI, sino también de las coaliciones PAN-PRD en Sinaloa y Oaxaca, el voto se dirigió en contra de la corrupción política y las complicidades que sustentan los acuerdos políticos propios de una mafia, y allí reside esta nueva y difusa forma de votar, por lo tanto la calidad del diagnóstico será lo que diferencie y propicie las reformas necesarias para dotarle de gobernabilidad al país.      
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