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Sección: Estado de Veracruz

Libertas

"Amor propio"

Jos Manuel Velasco Toro 15/12/2022

alcalorpolitico.com

Hace algunos días, en mis cotidianos recorridos por librerías impregnado con el deseo de encontrar novedades amistosas, me topé con la obra de Axel Honneth, Reconocimiento. Una idea de las ideas europea (2019). Al revisar el índice y leer la contraportada, no dudé en adquirirlo, pues desde una perspectiva de la comprensión de la realidad político-cultural presente, examina la teoría de la relación de unos y otros a partir del reconocimiento muto.

El autor adopta el concepto de horizonte cognitivo como categoría para analizar las variaciones, confluencias y divergencias político-culturales del reconocimiento cuya raíz identificó en el pensamiento del moralismo francés del siglo XVII. En su viaje intelectual se sumergió en las obras de Francisco de La Rechefoucauld, Jean Jackes Rousseau, Jean Paul Sartre, David Hume, John Stuart Mill, Immanuel Kant y Friedrich Hegel.

Si bien en la historia el cambio es la constante, aunque transcurra con diferencial dinámica temporal, la interacción de los factores transicionales provoca la emergencia de nuevas relaciones estructurales que, por algún tiempo, coexisten con ideas, conceptos, conductas y principios inmiscuidos en la superestructura cultural y política.



Pero también, suele ocurrir paradojas históricas relacionadas con la conducta humana vinculada a la búsqueda de poder y reconocimiento personal. Al leer el capítulo 2, "De Rousseau a Sartre", no pude dejar de comparar los perfiles conductuales del viejo régimen monárquico con actitudes conductuales de personajes inmiscuidos en la política contemporánea, cuyo claro afán de poseer poder, control y mando, va acompañado del ansia de reconocimiento que se manifiesta mediante actitudes egocéntricas de corte narcisista.

La idea de reconocimiento empezó a tener relevancia a partir de la modernidad y nació del concepto laico de "amor propio" que pone al descubierto la actitud humana de ser reconocido por el otro y en el otro. Sin embargo, dicho concepto que fue acuñado por La Rechefoucauld en sus Máximas o reflexiones morales posee una connotación crítica que está centrada en la actitud orientada en la "búsqueda de notoriedad".

El concepto emergió como binomio de la noción teológica de "soberbia", amor a sí mismo. Ambos son confluyentes, pues hacen gala de cualidades inexistentes, ya que suelen presentarse como grandes virtudes que emanan de la grandeza personal y supuesta excelencia moral de quien la autoproclama. En las Máximas se resalta que los individuos que están poseído de "amor propio", expresan un "deseo impetuoso" de ser considerados sobresalientes, a grado tal que se proyectan a sí mismos como excelentes personas, con cualidades morales y ejemplares gobernantes, razón por la cual exigen reconocimiento de los demás, pese a fingir ser lo que realmente no son.



Este rasgo personal no solo lo refiere en aquel que posee el poder, sino también a quienes le rodean, pues saben halagar el ansia de reconocimiento con la intención premeditada de obtener favores, cargos y prebendas, conducta que oculta falsas virtudes mediante un reconocimiento hueco entretejido de intrigas "palaciegas" y juegos de teatralidad que hacen gala de excelencia.

Rousseau retomó la naturaleza de "amor propio" y lo llevó más allá en su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad. En esta obra analizó el reconocimiento desde su perspectiva negativa; es decir, a partir de la implicación entrelazada de "amor propio" y "vanidad" e introdujo un nuevo concepto: "amor de sí". Dos juicios entrelazados, pues mientras que "amor de sí" refiere a la necesidad natural de atendernos a nuestra conducta, "amor propio" se guía por la necesidad de ser reconocido por los demás.

Y esa búsqueda de reconocimiento del actuar ante los demás, conduce hacia el afán de protagonismo en el que, principalmente, resalta la actitud comparativa diferencial en relación con todos los otros y se diseñan virtudes para convencer que se sabe hacer lo que se tiene que hacer. Esta actitud de ansia de reconocimiento atrapa al individuo en una especie de autoengaño de su esencia propia y peligrosamente le hace creer que es juez de la opinión de otros y, por tanto, conductor del sentir público.



Actitud que Rousseau definió como: "petulante actividad de nuestro amor propio" que, con el ejercicio del tiempo, termina por desgastarse gracias al excesivo esfuerzo por demostrar superioridad. Conducta típica del que se siente soberano y como soberano cree que él es el colectivo, el pueblo. Un yo unitario, explica Honneth, que difunde la idea de que su opinión es única por lo que opiniones diferentes no forman parte de él, pues profesa un moralismo en el que se ubica como ser "bueno" mientras que los otros son "malos".

Lógica de oposiciones tautológicas que lleva dentro de sí dos significados: uno, al fingir la excelencia que no se posee se crea una falsa imagen ideal cuyo actor introyecta como verdadera y, el otro, recae en el observador quien confunde los falsos atributos aceptándolos como verdades lo que enajena el juicio que impide discernir entre lo falso y lo real, entre verdad y mentira por carecerse de una base cognitiva que permite establecer y analizar los parámetros de la realidad.

En el horizonte cognitivo, esta situación conduce, invariablemente, a la incapacidad de distinguir entre la propia personalidad real y la personalidad fingida, a grado tal que en el gobernante que está más preocupado por la confirmación de su reconocimiento, termina por olvidar que su deber es tejer una red de relaciones para el bien común y la solidaridad social, donde la conciliación de los contrarios sea camino seguro hacia el logro de un desarrollo social sustentable, de respeto en diversidad, incluyente y equitativo en ambiente de paz, justicia, libertad y ejercicio pleno de institucionalidad y democracia.



Cuando el ego olvida su responsabilidad para con el colectivo social, entonces su estado existencial queda entrampado en sí mismo, creando un yo primigenio que se siente arcano de toda creación y no admite opinión opuesta. "El amor propio" lleva consigo al narciso que oculto en su ser, exalta la vanidad. Rasgo de personalidad que se caracteriza porque el individuo se centra en sí mismo, se considera superior a los demás, se comporta de manera egoísta al querer ser centro de atención, exige que se le tenga admiración y violenta las normas a conveniencia.

El neurólogo y neurocientífico Facundo Manes y el glotopolítico Mateo Niro, nos dicen en su libro Ser humanos (2021) que el narcisismo en su forma extrema expresa "dificultades para regular las propias emociones y conductas", patología que se presenta con "un sentido excesivo de autoimportancia y tienen fantasías de éxito que no son realistas".

Así mismo, están convencidos de que son superiores y se enojan si no son tratados de manera especial. Incluso, "muestran falta de empatía y envidia intensa ante los logros de los demás". "Amor propio" y narcisismo se tocan en sus extremos de extravagancia y vanidad, sentimientos unidos por el deseo irrefrenable de reconocimiento que se busca mediante la autopromoción para provocar admiración, a la par de mantener una actitud de autodefensa que busca protegerse de la crítica de los otros, crítica que le produce profundo malestar emocional por lo que adopta una conducta destructiva y crea ideaciones binarias en las que califica a aquellos que son los malos para diferenciarse del yo bueno, junto con los admiradores. Ahí dejo esta cavilación para la reflexión.



Deseo que en compañía familiar y amistades pasen una bonita fiesta navideña y el año por venir traiga paz y éxito. Nos volveremos a leer el primer jueves de enero.

PD. En mi anterior entrega, cometí un error por el cual pido una disculpa, el texto dice: "En promedio cada hora nacen cien mil personas", cuando debe decir "En promedio cada hora nacen cien personas".