Nicolás Maquiavelo, conoció a fondo el comportamiento político de su época, y señaló que la naturaleza de los soberbios es mostrarse viles e insolentes ante los demás. Él se refirió a los príncipes de los ducados de la Italia del siglo XVI, pero hoy en día, en nuestra actualidad, muchos políticos se sienten más que príncipes, reyezuelos encumbrados cuya propensión al abuso es compulsiva. Cuando un soberbio asciende en el escalafón político (y son muchos, demasiados porque lo hemos permitido), tiende a actuar con desprecio hacia los demás y se muestra renuente a establecer vinculación solidaria con los Otros. Sin embargo, cuando caen en la adversidad se tornan miedosos y abyectos, es decir, carentes de toda dignidad. La soberbia es el pecado capital que los Padres de la Iglesia consideran la matriz de todos los demás pecados, en especial de la envidia y la ira. Quien es soberbio niega la humanidad de los demás, razón por la cual no escucha, en nuestros tiempos, a Madres Buscadoras, el reclamo social por la injusticia e inseguridad, el raquitismo del sistema educativo, el quebranto de la salud y todo lo involucrado en un largo etcétera. Y es así porque no sabe sentir al Otro, ya que solo cree en sí mismo, por lo cual siempre trata de imponer su criterio que considera infalible. Al no aceptar ningún señalamiento relacionado con su actuar, sistemáticamente niega tener culpa, yerro que traslada a los demás señalándolos como culpables de lo que sucede, cuando los hechos se ligan a su actuar. Massimo Recalti dice que el “soberbio está enamorado de su propia excelencia” (
Los tabúes del Mundo, Anagrama, 2022), porque se idolatra a sí mismo, se vanagloria de su ser y termina creyendo en la locura de su propio yo, de su sed en soberanía. Por eso la soberbia es cínica, ya que desprecia la humanidad del Otro y trata de sobajarla, humillarla, controlarla y destruirla.
Aristóteles, el gran filósofo griego, habló de la vanidad que surge de impulsos profundos e intensos de la persona que busca vanagloria y reconocimiento ante su opinión vacía, por ello señaló que ese impulso conduce a actuar con insolencia porque humilla al Otro con desprecio y disfruta de ello. Esa condición transforma a la persona en un necio que se autoengaña en su actuar arrogante, por lo que termina siendo ridículo e irritante. (Aristóteles,
Retórica, Libro II-2). El filósofo Fernando Savater en su libro
Los Siete Pecados Capitales (Debate, 2005), nos dice que “lo más pecaminoso de la soberbia” es el hecho de que “imposibilita la armonía y la convivencia dentro de los ideales humanos”. Y bueno, cuando leemos o escuchamos declaraciones de quienes ocupan un cargo público, que es un servicio a la sociedad no una prebenda para saquear, vemos una actitud insolente que desacredita a todos los demás y arroja en su cara su propia pedantería, cual si fuera supremo. Miente frente a la verdad demostrada, tuerce la realidad para ajustar la explicación a su supuesto gusto, acusa sin fundamento imaginando lo que él cree, considera que nadie, absolutamente nadie, debe estar delante de él porque se siente superior a todo, incluso a los dioses. Por ello, cuando el Quijote escuchó que ante el engaño que le hacían a Sancho de que sería gobernador de una ínsula, quien, entre otras cosas enfatizó “(...) yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado”, el Quijote no lo desmintió, sino, por el contrario, lo felicitó por su buena ventura, pero, acto seguido, procedió a darle buenos consejos para que fuera sabio y no errara en nada en la dificultad del cargo. Luego recalcó: “haz de poner los ojos en quién eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse”, y ejemplifica esa consigna con la fábula de Esopo de la rana que quiso igualarse al tamaño del buey, la que tanto se infló que reventó.
Por eso, le dice, haz “gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores, porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio (...) (Cervantes, Capítulo XLII). Cuando lo invita a conocerse a sí mismo lo está orientando para que cultive sus facultades humanas, donde la virtud se emula como principio ético que permite actuar bien y elegir lo justo, saber qué es bueno para querer hacer lo correcto. En este sentido, el Quijote le hace ver que la humildad, por sobre la soberbia, no es una conducta pasajera, sino una forma de ser que, con sabiduría, orientará su gobernanza hacia el bien, a la par de ser principio y motivo de autenticidad de la persona, lo cual está más allá de ser pecador soberbio. Capítulo que todo político debería de leer y reflexionar para su actuar público. Pues, como bien lo reflexiona Maquiavelo y Cervantes, la soberbia es el ejemplo de la desconsideración hacia los demás, pues maltrata, desacredita, humilla y exalta el yo, y siempre yo, por sobre la humanidad. Cuando escuche o lea declaraciones de un servidor público, analice lo que se dice y cómo se dice. Verá que frecuentemente brota un sentido de desprecio por el Otro que es resultado de la vanidad de sentirse poseedor de la única verdad, o de intentar ocultar la realidad, por lo cual condena de culpa a otros o al pasado para esquivar la propia responsabilidad, pensamientos equivocados cuya malicia es patente. Hay, incuestionablemente, falta de humildad que, en sentido estricto, es el valor moral de autoconocimiento, por ello el Oráculo de Delfos tenía como único mensaje: “Conócete a ti mismo”. El soberbio se embriaga en la grandiosidad y, como la fábula de la rana descrita, se infla de su creencia en la propia importancia y, claro, llega el momento que revienta.
La neurociencia, campo del saber que explora el funcionamiento del cerebro y sistema nervioso, ha demostrado que el soberbio no aprende de sus errores, posee una conducta beligerante e indiferente ante otras opiniones y necesidades de los demás, y siempre busca manipular para conseguir lo que quiere, por lo que carece de compromiso y compasión. Jack Lewis, neurobiólogo, señala en su libro
La Ciencia del Pecado (Pinolia, 2023), que el soberbio libera “una cantidad significativamente mayor de cortisol, la hormona del estrés”, por lo que manifiesta mayores niveles de confusión emocional en comparación con los de una persona normal. Es por ello que sienten mayor dolor social ante el rechazo, lo cual deriva en las diversas tendencias antisociales que le caracterizan. Cuando desaparece el estímulo positivo, estalla en hostilidad. Lewis también señala que un soberbio y narcisista se construye durante la crianza. Cuando “los padres o cuidadores negligentes no dedican suficiente tiempo a sus interacciones con el niño para permitirle establecer dónde acaba su 'yo' y dónde empiezan los 'otros' en el mundo exterior”, problema que también ocurre con los “padres helicóptero” que son aquellos que intervienen “constantemente para responder por sus hijos y decirles siempre lo que deben hacer, sentir y pensar”, lo que impide que “el niño desarrolle capacidad de resolver nada por sí mismo”. En suma, una persona soberbia siempre tiene una profunda necesidad de admiración, cree de manera exagerada en su propia importancia y carece de empatía emocional. Ahí la dejo para su reflexión.