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Universidad Anahuac

Sección: Estado de Veracruz

Libertas

Tecnología y futuro

Jos Manuel Velasco Toro 06/10/2022

alcalorpolitico.com

Desde su creación, hace varios millones de años, la tecnología emergió como respuesta a la búsqueda de la sobrevivencia, siendo desde entonces fundamental para el progreso civilizatorio. A lo largo del tiempo histórico se ha avanzado de manera constante, aunque a diverso ritmo, en la invención, creación e innovación de diversos y complejos elementos tecnológicos que han incidido en los procesos productivos, la mejora de condiciones para la vida, el avance arquitectónico, la agricultura y, por desgracia, también en el control del poder mediante el ejercicio de la guerra y el dominio destructivo de unos sobre otros.

Desde las lascas que se obtienen por percusión de dos núcleos de piedra hasta los recursos tecnológicos digitales de hoy, la manifestación constante es, y seguirá siendo, la capacidad humana para imaginar nuevas creaciones y resolver problemas mediante el conocimiento y el recurso de la técnica.

Cuando se crea un elemento tecnológico y éste se generaliza en su uso, ocurre la ilusión de ser percibido como exterior a nuestro ser. Empero, la realidad es que todo producto tecnológico es resultado de la actividad cognitiva humana que busca atender y solucionar una situación dada.



Sin embargo, cuando se generaliza su uso se crea el espejismo de ser algo externo al sujeto quien lo piensa como útil pero ajeno a su voluntad. De ahí que sea común escuchar voces que se refieren a lo tecnológico como un componente que posee energía propia e influye en la actividad humana determinando nuestro hacer.

Cuando un elemento tecnológico es socialmente apropiado, lo usamos con un fin utilitario lo que permite incrementar considerablemente nuestra capacidad mecánica para el logro de una tarea específica, lo cual siempre está relacionado con otras tareas directas o indirectas, primarias o secundarias.

Cuando se inventó el arado, por ejemplo, su creación debió ser imaginada a partir de la observación de que un suelo agrícola con mayor profundidad facilitaba la siembra, además de la necesidad de aumentar la productividad agrícola para alimentar a una creciente población aldeana.



Pero ese instrumento que nació innovando la azada, requería, también, de mayor energía para hacerlo aplicable, lo que condujo a la idea de utilizar la fuerza animal para roturar la tierra y ello, a su vez, al adiestramiento de ganado vacuno que culminó en el descubrimiento de que un macho capado era más dócil y fuerte, convirtiéndose en animal esencial para el desarrollo agrícola durante miles de años, incluso aún en nuestro tiempo.

Pero claro, la invención del arado no se congeló en su diseño original, sino que éste ha estado sujeta a múltiples innovaciones para hacerlo más operable, resistente y eficiente en su manejo, desde ser de madera con punta de piedra jalado por seres humanos hasta ser de metal con forma bisurco tirado por animales o trisurco de tracción mecánica. Invención milenaria que, como la rueda, siguen funcionales en nuestros días.

Toda invención conlleva a la innovación. Inventar es crear algo nuevo que puede ser un objeto o instrumento con el fin de resolver un problema o crear un procedimiento para obtener un fin. Innovar es trasformar lo inventado para mejorarlo mediante la modificación e introducción de nuevas características y hacerlo más eficiente, operable y rentable.



Invención e innovación son procesos inseparables, aunque en algún momento lo segundo llega a tener mayor preeminencia como consecuencia del desarrollo acelerado del progreso humano. Progreso que desató una dinámica de cambio constante a partir de la segunda mitad del siglo XVIII con la primera Revolución Industrial, gracias al desarrollo simultáneo de la física clásica, ingeniería mecánica, química y metalurgia que propiciaron, en su interrelación, varias invenciones sobresaliendo, entre ellas, el motor de vapor que revolucionó los procesos productivos masivos al transformar los obrajes en fábricas y crear el transporte colectivo con la invención del ferrocarril y barco de vapor.

Después, en el siglo XIX, con el avance del conocimiento de la electricidad y el magnetismo ocurrió la segunda Revolución Industrial al darse el salto a la era de la electricidad. Se inventó el motor eléctrico, el telégrafo y la radio, lo que aceleró el proceso industrializador, mejoró la comunicación mundial, diversificó la economía, amplió la base educativa profesional e impulsó la investigación científica y creación tecnológica.

Dinámica de la que emergió la tercera Revolución Industrial durante la segunda mitad del siglo XX, bautizada como la era de la información, y en la que la electricidad constituye un factor esencial de valor productivo, al igual que el conocimiento y la materia.



Compleja constante de cambio que caracteriza el desarrollo civilizatorio actual y en el que el neocolonialismo cognitivo es la nueva forma de explotación, control y dominio de los países con mayor desarrollo científico y tecnológico frente a los que presentan un contrastado atraso tecnocientífico.

Con la física cuántica, la informática computacional, la Inteligencia Artificial, la automatización, la hiperconectividad, la robotización avanzada, y demás adelantos tecnocientíficos, la información digitalizada derivó en una cuarta Revolución Industrial que, a decir de Klaus Schwab en su libro La cuarta revolución Industrial (2017), ésta no sólo “consiste en máquinas y sistemas inteligentes y conectados.

Su alcance es más amplio. Al mismo tiempo, se producen oleadas de más avances en ámbitos que van desde la secuencia genética hasta la nanotecnología y de las energías renovables a la computación cuántica”. El dinamismo del cambio innovador es de tal magnitud que impacta el avance de la economía, incrementa procesos de productividad, provoca cambios en el empleo al sustituirse mano de obra por robots, está transformando el comportamiento social y cultural que desdibuja los límites entre lo público y privado, en pocas palabras, la concepción del mundo está transformándose con una visión de futuro en donde la pregunta constante es qué se puede crear para afrontar situaciones de incertidumbre en las que el cambio exige a las personas, capacidades sociales creativas, habilidades innovadoras y autonomía para aprender en el aprender con el fin de mantener al día conocimientos y destrezas requeridas en un mundo cada vez más tecnologizado.



Realidad donde el paso de lo analógico a lo digital nos sitúa en territorio del metaverso; horizonte presente-futuro que está cambiando las representaciones sociales y las categorías hermenéuticas cuya pregunta esencial ya no es cómo fue, sino cómo puede ser.