En memoria de Magdalena García
Después de dos años de haber escrito, por las redes sociales, Magdalena García Figueroa habló sobre su vivencia de los hechos ocurridos, “de esa tarde” del 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas.
El 4 de octubre de 2012, a las 13:07 horas, en Facebook, Magdalena García escribió: “Sr. Arellano Mora. Soy sobreviviente tlatelolca de ese 2 de octubre. Tenía 11 años de edad y estaba sola con mis cuatro hermanos menores, esa tarde. Me gustaría charlar con usted”.
Luego de dos años, el martes 30 de septiembre del 2014, envió un mensaje (a las 13:10 horas): “Sr. Arellano. Después de dos años me decido a hablar. Le doy mi número telefónico de la casa. Espero me llame y podamos tomar un café”.
De acuerdo a la cita, llegué puntualmente a las18:00 horas del sábado 4 de octubre, al departamento de tres recámaras del edificio “San Luis Potosí”, de Magdalena García.
En la Tercera Sección de Tlatelolco se ubica el “San Luis Potosí”, de cuatro pisos, Tipo “A”, de 112 departamentos. Está en la parte norte del “Chihuahua” y la Plaza de las Tres Culturas. Atrás de los inmuebles “15 de Septiembre” y “2 de Abril”.
Me recibió muy amablemente y su hermana Lulú, después de presentarnos, con una taza de café y galletas en la mesa, empezamos a escuchar atentamente la voz de Magdalena García, en la sala del departamento, revelar el testimonio que durante muchos años guardo, sobre el 2 de octubre de 1968.
Magdalena García empezó a hablar: “ese día me asomé por la ventana de la sala y vi la diferencia de estar vivo y de estar muerto. Pasaban varias camillas. En algunas camillas llevaban los heridos y en otras a los muertos”.
Las caras de los camilleros y las caras de los heridos, no se olvidan. El 2 de octubre no se olvida. Es algo que no se olvida. Se supone que los heridos y los muertos los sacaron desde la tarde, hasta después de las once de la noche.
Las ambulancias y las sirenas eran constantes. Cuando se oían los disparos, también se oían voces y el correr de la gente, ¡vienen más!
¿Cuántos sacaron, heridos y muertos?
“Sólo Dios sabe”, respondió.
“Llegó un momento que fue tan fuerte que les expresé a mis hermanitos, ‘¡vamos a meternos debajo de la mesa!’ No pusimos a jugar. Decíamos que íbamos en un camino.”
“Teníamos una mesa, larga como se usaban a finales de los sesentas, con el mueble del trinchador, y, el otro con espejito, de la época. Una mesa larga”.
¿Qué pasó?
“Fueron muchos años. No quería hablarlo porque mi mamá no estuvo con nosotros y mi papá estaba trabajando”.
“Mamá se fue a ver a una tía, junto con mi hermano el mayor, para decirle que no podrían ser los padrinos de XV años de unas de mis primas”.
“Mi hermano mayor estaba en la secundaria y yo acababa de salir de la primaria”.
“Nosotros fuimos niños de casa. Siempre estuvimos metidos en casa y no salíamos, sólo cuando acompañábamos a mamá o mi papá. Ya sea a los juegos o a los columpios con mi mamá, o cualquier otro lugar”, precisó.
“Mi padre nunca comprendió que había pasado ese 2 de octubre y muchos menos supieron que sus cinco hijos pequeños habían estado solos. Fue fuerte para él. Entonces, todo lo que le podría causar un dolor a mi papá, se guardó. Se encapsuló”.
“Después miedo, a través del tiempo. Me vas a preguntar ¿Miedo por qué? Porque trabajé en el Gobierno. En una dependencia chiquita. Hay muchas cosas que ahí uno se entera. Y uno dice… ¡no! Mejor me calló la boca. No vaya ser que por ahí se filtre algo y no vaya que me pase algo o a mi familia”, apuntó.
“Cuando se lo comenté a la psicóloga, me comentó escríbelo. Me reescribí cuando se lo leí. Lloramos juntas, comentó, acabas de tocar mi alma porque es el sentimiento de una niña lo que estoy oyendo. Dije, es que era una niña”.
“Pasaron tres o cuatro años hasta que me decidí a leérselo a mis hermanos, poco antes de un 2 de octubre. También, terminamos llorando. Se acordaron de muchas cosas y nos dolió terriblemente”.
Por esas fechas, recordó, “cuando mamá salía a comprar el pan en el ‘Chihuahua’, regresaba con propaganda de los mítines que había por aquí. Ella, siempre se quedaba a escuchar el mitin”.
También, agregó, “vi camiones quemados y gente corriendo por los andadores, porque venían los estudiantes. Las manifestaciones pasaban por la avenida Manuel González. En las noches, se escuchaban los gritos de los muchachos de la Vocacional 7”.
Cuando pasaban los granaderos
Resonó, “nunca se me va olvidar. Una noche cuando llegaron los granaderos para tomar por asalto la Vocacional, de repente se escuchó un fuerte golpe en los tubos de los andadores, el sonido metálico. De repente, los vecinos empezaron a gritar ‘los granaderos se dirigen hacia la Vocacional’, por lo que muchas personas desde sus ventanas empezaron a aventarles agua caliente a los granaderos”.
Entre risas expresó, “no se me olvidará, jamás, porque ese día, gritaban, ¡es agua hirviendo! por lo que, no tomaron ese noche la Vocacional”.
“Muchas, muchas noches antes se escucharon demasiados ruidos en el edificio de la Vocacional. Muchísimo ruido. Gritos de los muchachos. Se oían gritos, sirenas, de todo”.
“La noche anterior del 2 de octubre, fue una noche tranquila, porque dormimos bien rico, de eso sí me acuerdo. Lo comentamos esa noche que no hubo gritos”.
¡Un desfile! ¡Muchos soldados!
“Se fue mi mamá. Estaba sola con mis cinco hermanos. Tenía once años; mi hermana Hilda, nueve; Lulú, siete; Sergio, cinco y Chela, 13 años”.
“Estábamos como si nada. Estábamos viendo la televisión, cuando de repente la niña, dice ‘hay un desfile, vengan a ver, ¡un desfile!, ¡muchos soldados!, ¡un desfile!’ Inmediatamente, Sergio no tardó en subirse a la ventana”.
Preguntó, “¿Se acuerda como estaban las ventanas?, se abrían de adentro hacia afuera, con las marcolitas de color amarillo. Nosotros no teníamos cortinas sino que se ponía un trapo arriba. Se colgaba un trapo, ni quién viera del otro lado de la ventana. Tenía barrotes. En el segundo barrote se agarró mi hermano, donde se subió y la más chiquita también va para arriba”.
¿Cómo?
Señalando hacia la ventana de la sala, manifestó, “ahí estamos los cinco arriba. Un desfile verdadero, ahí vienen los soldados. Me pregunté, ¿un desfile de soldados?”.
“De repente, vemos pasar, lo que años después descubrí, fue un pelotón. Recuerdo, uno de alto rango, venían formaditos de dos en dos, algo que nunca se me va a olvidar la mirada de los soldados, traían la mirada perdida y se les veían los ojos rojos”.
“La niña continuaba gritando, ‘¡un desfile!, ¡un desfile!, ¡un desfile!’ Sergio, también gritaba, ‘¡vamos a ver el desfile!’ ‘No’, le respondí”.
“‘¿Llévame?’, insistió mi hermano. ‘¡No!, porque viene mi mamá y nos va a regañar’. Empezó a molestarse”.
“‘Mira vamos a ver un programa en la televisión. Deja a ver que vemos, cambiando los canales de la televisión. Mira caricaturas’. Luego se sentó en el suelo”.
“Estábamos sentados viendo la televisión, cuando se empieza a oír varios disparos. Primero había mucho helicóptero, muchísimo helicópteros, o se oían muchos”.
Dispararon con fe
“Después, he visto algunas películas que dicen, lanzaron las bengalas y empezaron a disparar sobre la Plaza de las Tres Culturas. Pero no fue sobre la Plaza”, sostuvo, “fue sobre los andadores en donde dispararon con fe. Cuando empezó me asomé por la ventana, sólo se veían como rebotaban las balas en el piso. También, hubo gases lacrimógenos”.
“Mi hermano estaba de ‘¡qué vamos! Hay una guerra y tú no me quieres llevar, ya vimos a los soldados y tú no me quieres llevar. ¡Hay una guerra!, ¡Hay una guerra!, ¡Hay una guerra! Llévame’”.
“‘¡Sí vamos!’, hacía segunda Lulú, ‘¿vamos a ir?’ ‘¡No! porque nos regaña mamá’. Tratando de calmarlos”.
“Me acuerdo que un pasaje de la historia que se transmitía por la televisión ‘Los Caudillos’. Ese día, bendito sea Dios, se le ocurrió a Miguel Hidalgo y pasar la toma de Granaditas, con todo el Pípila, que ahora ya ni lo mencionan. Cuando se escucharon los balazos, comenté, ‘¡mira! los balazos son de la tele’”.
“‘No son de la tele’ ‘Sí, son de la tele. Mira’. Nuevamente los calmé un rato a los más pequeños”.
No quiero llorar
“De repente, se empezaron a lamentar ‘me duele la garganta’. Sentía que me dolía la garganta. Al ver a mi hermana, la más chiquita, con sus lagrimitas. ‘Es que no quiero llorar, pero me duele la garganta’.”
“Sentí que algo estaba pasando. Todos estábamos llorando. Sí hubo gas lacrimógeno. Lo soltaron con extra y siniestra. A lo mejor muchos vecinos no lo percibieron. Pero nosotros que vivimos en la planta baja nos tocó olerlo y respirarlo”.
Con miedo
“En la entrada de los edificios no se contaban con las puertas que existen ahora. Teníamos miedo de que alguien se fuera a meter o de que empezaran a disparar hacia las ventanas, porque la mente es muy traicionera y llegó momento de tensión”.
“Les dije a mis hermanos, ’vamos a jugar en el pasillo’, hacia las recámaras del departamento. Estuvimos en el pasillo y con las puertas cerradas de los cuartos tapados con las cobijas. Sentaditos en el suelo y con una vela, nos alumbramos”.
“El cuarto al fondo era de mis papas. La del lado izquierdo, de las cuatro niñas, y a la derecha, de mis dos hermanos. Estábamos muy chiquillas. Nos dormíamos en dos camas gemelas”.
“En unos segundos, hay un silencio en la habitación, la voz de Magdalena se vuelve a escuchar: ‘¿Si matan a mi mamá?’ ‘¡No! Se fue con mi tía’, comenté. ‘Y si no fue con mi tía y ¿la matan? y si ¿matan a mi papá?’ ‘No pasa nada’. Entonces, empecé a
contarles un cuento. Más adelante, se quedaron dormidos”.
“Hilda preguntó, ‘¿si ya no regresan? y ¿qué vamos hacer?’, le dije, ‘ya no digas tonterías. Ya van a regresar, vamos a estar bien. No nos va a pasar nada’”.
Entre lágrimas, comentó: “fueron dos horas completas de pánico. La incertidumbre de cómo estaría mi mamá y mi hermano. Mi papá, me preguntaba, ya se había enterado de lo que estaba pasando en Tlatelolco”.
No es cualquier balazo
“El noticiero de Jacobo Zabludovsky y Pedro Ferriz, en el Canal 4, comentaron ‘nos están llamando desde la Unidad Habitacional Tlatelolco, que hay un problema con el mitin, que hay balazos’. Pedro Ferriz Santa Cruz, dijo ‘no es cualquier balazo, nos pusieron el auricular en la ventana, parece una guerra. Vamos a investigar’”, afirmó.
“No terminaron en decir vamos a investigar cuando cortaron para un comercial. Cuando regresaron, llegaron hablar de teatro, futbol, de todo, no se volvió a tocar el tema para nada”.
“El que tocó el tema, a quien le quitaron el noticiario, fue Ignacio Martínez Carpinteiro. ‘Esa noche lloró, me acuerdo porque lo vi, lloró diciendo que vergüenza vivir en un país como este, que los gobernantes hacían eso, lo que hizo’. Fue la última vez que salió Martínez Carpinteiro”.
Reiteró, “fueron dos horas de pánico total, de angustia, de miedo, no saber realmente de qué estaba pasando. De no saber si íbamos a vivir”.
“Después mi hermanito Sergio expresó, ‘si ahorita entran los soldados y ¡pum! ¡pum! ¡pum! Nos matan a todos’”.
“‘¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Que entren, hay que ver a los soldados’, dijo mi hermana la chiquita. ‘No digan cosas’, pero se quedaban pensando y… ¿si es cierto?”
“Mi mamá sin llegar a la casa. Pasaban ambulancia, camillas. Fue muy difícil el sentir que a la mejor nunca iba a ver a mi mamá y a papá”.
“Pensaba ‘si entran y nos matan. Mi madre, si nos encuentran muertos, ¿qué va hacer?’ Pasan muchas cosas por la cabeza y uno no sabe en ese momento qué va a pasar”.
“A las 8 de la noche terminó los balazos. No porque tuviéramos el reloj sino por la programación de la televisión. Que la tenía prendida para que se distrajeran mis hermanos”.
Más tarde, retomó, “me asome por la venta porque se oían voces, y vi a mis vecinos que habían salido, y todo mundo decía, ‘¡qué horrible!, ¡qué espanto! ¡Parece increíble!’ y no sé qué”.
En aquel entonces, éramos niños de familia y estábamos de vacaciones escolares, por lo que nos teníamos que dormir a más tardar a las nueve y media de la noche, porque ¡uy! Hay de aquel que estuviera a las diez de la noche despierto.
“Estábamos sentados, era miércoles, estábamos viendo ‘Los Polivoces’, sentados, cuando de repente se abrió la puerta y nos quedamos ¿y? ¿y? ¿y? ¿y?, entra mi mamá y mi hermano”.
“Lo primero que nos dicen, ‘están vivos, están bien’. ‘¡Mamá!’ ―una de mis hermanas le dice ― ‘¡estás viva!’ ‘No llores hija, aquí estoy’”.
“’Estoy dando de cenar, hay esto de pan’, me dijo. ‘Sí, ¿cómo están?’ ‘Bien’”.
“‘¡Mamá! Espérate, ahorita platicamos’. ‘¿Están todos bien?’ ‘Sí’. Mi hermana la más chiquita, la abrazó, la cargo mi mamá. Mi hermano, también. Agarrándonos de los brazos y de la cabeza”.
“Mi hermano tenía 14 años y fue muy duro. Sentí que estaba protegida. Como que nada nos podía pasar”.
Volvió la balacera
“Dieron en punto de las once de la noche, cuando volvió la balacera de una forma terrible. Pero no se oía como en la tarde. No se oía cruzado. La metralleta se oía como si los disparos fueran al aire. Hubo unos muy fuertes, que dije van a tirar el edificio. Fue un bazucazo. Entonces se fue la luz y no había agua”.
“Estábamos con la tensión que de nuevo había ya balazos y mi papá no llegaba. Y mi mamá, tratando de ser fuerte, se le salía sus lágrimas. De repente oímos que tocan la puerta, inmediatamente salió mi mamá. Oigo la voz de mi papá”.
“‘Sí, aquí es mi departamento. Muchísimas gracias por acompañarme. Se lo agradezco mucho.
No, no. No se me ofrece nada’. Entró mi papá”.
“‘¿Papá?’ ‘Ya deberían de estar dormido’. ‘Es que tú no estabas’. ‘Ya llegué, ya duérmanse.’”
“Unas de mis hermanas que se estaba haciendo la dormida. Nada más le dijo ‘ya te vi que estas despierta, duerme tranquila. Ya estoy aquí’”, finalizó Magdalena García Figueroa su testimonio de los hechos ocurridos en 1968, en la Plaza de las Tres Culturas.