El cansancio y el desánimo se van asomando en distintos momentos de nuestra vida. Cuando no hemos vivido bien y cuando nos hemos equivocado llega el momento en que sentimos la necesidad de recuperarnos y de poner orden en nuestra vida. Esta empresa si bien nos motiva, sin embargo, nos puede provocar el desánimo cuando constatamos que cuesta mucho trabajo recuperarse y sacudirse todas las consecuencias de nuestros actos o de nuestra vida pasada.
También el ritmo de vida acelerado de nuestra sociedad y los desafíos que enfrentamos en diferentes contextos nos pueden provocar desánimo y desconfianza, cuando nos sentimos vulnerables y sumamente exigidos.
Pero quizá hay un cierto tipo de cansancio que resulta todavía más dramático y revelador. Se trata del cansancio de los que ya no quieren luchar, de los que se comienzan a dar por vencidos cuando la realidad es cruda y sumamente exigente. También se puede uno cansar de hacer el bien, sobre todo en un mundo donde parece que triunfan y nos rebasan los que se apegan al mal, a la mentira y a la corrupción.
Cuando el hombre justo y bien intencionado se cansa de mantenerse en el bien y la virtud, huye de su realidad y comienza a instalarse en posturas y esquemas de vida que no corresponden con su tradición.
Vemos en estos tiempos de sufrimiento, crisis económica, conflictos familiares, inseguridad y riesgos por la pandemia a tantas personas desanimadas huyendo de su propia realidad, cargados de conflictos, buscando un lugar de reposo y en muchas ocasiones claudicando de sus convicciones o, en el peor de los casos, cuestionándose y vociferando sobre la utilidad y el beneficio que les ha aportado una vida basada en la honestidad.
Esta es una de las dramáticas constataciones de los tiempos que vivimos. También la gente se puede cansar de hacer el bien, de mantenerse en los valores. Cuando no hay un motor que nos mueve, cuando no hay un fundamento que inspire nuestras acciones más allá de la realidad que se opone a nuestras expectativas, también uno puede sucumbir, como cuando sucumbe la madre que siente que no la valoran, que sus hijos no reconocen su entrega y su sacrificio, que su esposo no se solidariza en la ardua labor de educar y encauzar a una familia.
Como cuando sucumbe el justo que al sentir la presión de los problemas considera que Dios no respalda sus obras, que Dios no recompensa sus acciones, que Dios no premia su pasado. Como cuando sucumbe un luchador social que considera que no ha movido un mínimo el despertar de la conciencia que es fundamental para reaccionar ante los graves problemas de la sociedad. Como cuando sucumbe un joven que siente que es obsoleto el estilo de vida que le inculcó su familia porque la realidad es dura y prácticamente está viviendo contracorriente.
Muchos se han desanimado porque han querido hacer bien las cosas, han querido trabajar honradamente y a veces no les han resultado las cosas. Desanima ver que hay gente que progresa viviendo en la mentira y en la corrupción y los que se apegan al bien y a la honradez se sienten rebasados. Desanima sentirse solos, ver a nuestro alrededor tantos signos de muerte que nos llevan a preguntarle a Dios: ¿Dónde estás? ¿Por qué nos has dejado solos?
Ante esta tragedia espiritual y existencial es necesario ofrecer a los cansados y desanimados un alimento que lleve paz a su corazón, fortaleza a su espíritu e ilusión a su vida real que está ahí esperándole a la vuelta de la esquina, con toda su carga abrumadora: el matrimonio y sus tensiones; los hijos y sus conflictos; el trabajo y sus dificultades; la crisis económica; la pandemia; el desempleo; la inseguridad; la tristeza por la división y el alejamiento de la familia; la difícil realidad que impone la migración; la vida cargada de riesgos, peligros y amenazas.
A todos los que están cansados por diferentes motivos hace falta decirles: vuelve al camino, elige a Jesús por tu Dios, que Él te revitalizará; y arremete contra tus enemigos que, disfrazados de comodidad, pereza y egoísmo, te esperan en tu vida real para destruirte, para desanimarte.
Con la fe puesta en Cristo Jesús tenemos que luchar para que no seamos devorados y ahogados por la rutina diaria que nos está esperando con toda su capacidad de destrucción; para que no seamos devorados y ahogados por los problemas y las persecuciones que nos quitan el encanto de vivir y de seguir incondicionalmente al Señor.