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Universidad Anahuac

Sección: Estado de Veracruz

Libertas

Un poco de historia de la acción indigenista (I)

Jos Manuel Velasco Toro 20/05/2021

alcalorpolitico.com

Como bien señala Dietz Gunther en su libro Multiculturalismo, interculturalidad y diversidad en educación (2003), obra que resulta ya un clásico temprano en la historiografía de la diversidad, es urgente reconocer que existe la heterogeneidad cultural, visibilizar las identidades existentes y emergentes, así como aprender a convivir en la interculturalidad que es singularidad y pluralidad, a la vez. Cualidad que refiere, en relación múltiple, a identidades personales, de grupos, colectivos, comunidades, pueblos y sociedades nacionales que constituyen dimensiones planetarias que son expresión real de la multiplicidad cultural humana. Sin embargo, y siempre hay sin embargos, la multidimensionalidad cultural implica variadas perspectivas implicadas en la real y contundente diversidad donde no hay cabida para la idea de que existen culturas superiores, de que lo otro me es extraño y, por tanto, incomprensible, aunque puede ser tolerado (que no diferencia, concepto reduccionista que gira a una idea binaria del yo y lo otro). Ese espejismo de lo diferente es construcción ideológica tras la cual se sustenta la justificación de la desigualdad, del discurso hegemónico que no duda en el uso de la fuerza para excluir, dominar, marginar o, incluso, eliminar. Lo uno o lo otro, cargado de estigmatizaciones solo conduce al conflicto, a la incomprensión y confrontación dañina donde unos y otros rechazan aceptarse, reconocerse y respetarse en la convivialidad, situación que, lo hemos visto a lo largo de la historia de la humanidad, desencadena choques, guerras, dolor, sufrimiento, rutas y caminos divergentes que no nos acercan como humanidad planetaria porque nos polarizan bajo la engañosa concepción de que unas culturas son mejores que otras, de que unos son civilizados y otros bárbaros, etiquetas que excluyen la comprensión, la comunicabilidad, la colaboración y, desde luego, la libertad y la paz. Esto ha sucedido, y continúa dándose, en la relación del Estado-nación mexicana y los pueblos originarios. Si bien existe un discurso conciliador que habla de la diversidad cultural y lingüística del país como una riqueza y un legado histórico, la realidad es que los once millones de personas que pertenecen a las naciones originarias presentes en veinte estados de la República, viven y resisten bajo diversas situaciones de marginalidad, pobreza y exclusión derivada de la subyacente ideología liberal hegemónica (criolla-mestiza) que exalta la individualidad como principio, la homogeneidad como fin y la prohibición como base de poder, cuando nuestra nación es multicultural, diversa en su expresividad simbólica, plural en su emocionalidad social y compleja en su territorialidad, pero convergente en su intrahistoria, en ese rizoma cultural que es fuente de identidad.

A fines de los años sesenta empezó a ser más visible la resistencia de los pueblos originarios en su lucha por derechos agrarios y demandas al estado mexicano para atender el rezago estructural que les mantenía (y aún lo están) bajo condiciones de marginación y pobreza. Movilización que culminó en la organización de los congresos nacionales celebrados en Pátzcuaro, Michoacán, y Santa Ana Nichi, Estado de México en 1976 y 1977, respectivamente. En paralelo, la Alianza Nacional de Profesionales Bilingües que se consolidó en reunión celebrada en Vícam, Sonora (1976), se sumó a las expresiones de descontento por la acción unilateral del Estado mexicano para atender y resolver los problemas que incidían (e inciden) en el desarrollo de los pueblos originarios. Rechazaron la política de integración diseñada por el pensamiento liberal que busca homogenizar en lengua y cultura, en cambio plantearon una educación bilingüe y bicultural en reconocimiento de sus lenguas y culturas, así como un conjunto de acciones que tendieran a superar la marginación en la que eran mantenidos por la nación para resolver la histórica pobreza estructural. En respuesta, el Estado rediseñó su política indigenista en torno al reconocimiento de tres premisas: 1) la situación de los indios era marginal porque no participan de los beneficios de la riqueza nacional; 2) su relación en la estructura de clases se encuentra en la situación más opresiva de explotados; 3) se ubicó a los pueblos indios como grupos étnicos, concepto que refirió a los elementos culturales y normas de conducta que los rigen. Premisas, obviamente, derivadas de la visión antropológica influenciada por el estructuralismo marxista. Reconocida la marginación y sus relaciones, la acción, por tanto, debía estar orientada a abatir la marginación para superar los efectos de la dominación. Pero, desde luego, la acción debía ser bipartita, es decir, sumar a las comunidades de los ahora llamados grupos étnicos, con su participación que, sin embargo, debía ser coordinada y programada por el Estado a través del Instituto Nacional Indigenista.

El nuevo referente político en materia indigenista fue el concepto de marginación, planteándose que para superarla había que actuar sobre las estructuras y efectos de la dominación, sentido obviamente derivado del concepto de hegemonía de Gramsci. Pero para que esa acción fuese efectiva, se planteó, debía ser en conjunto con la participación de las comunidades de los grupos étnicos. De ahí derivó el concepto clave de participación que caracterizó a la acción indigenista de esos años: indigenismo de participación, más ya no de integración, lo que aparejó el reconocimiento del carácter pluriétnico del país y rediseño de la política educativa que giró hacia la definición de una educación bilingüe-bicultural para alentar el desarrollo de las comunidades desde su propio sistema cultural. Conceptos ambos cuyas premisas no sacudieron del todo el sentido liberal, pues se entendió el carácter bilingüe como la enseñanza de la lecto-escritura de la lengua indígena en particular, premisa previa a la enseñanza del español. Y la condición bicultural como el fomento, primero, de la cultura propia y después los valores universales de las otras culturas. En el fondo, esta primera concepción de la educación bilingüe-bicultural mantuvo oculta la perspectiva de clase, pues el concepto mismo de bicultural se interpretó como el manejo separado de mi cultura con respecto a la de los otros, y al conocer ambas permitiría a la persona ubicarse en uno u otro contexto.