La Universidad en Latinoamérica posee una tradición universal que se remonta al siglo XVI. Su creación deriva de dos instrumentos jurídicos de la época que autorizaron su formación, Cédula Real y Bula Pontificia. De dos universidades castellanas se tomó el modelo de organización académica, Salamanca y Alcalá de Henares. Así, en 1538 se fundó la Universidad de Santo Domingo. Luego, en 1551, se crearon las universidades de San Marco en Lima y la Real y Pontificia Universidad de México. Pasaron varias décadas antes de que se fundaran otras universidades, pues fue hasta 1613 que se constituyó la Universidad de Córdoba en Argentina. En 1651 siguió la Universidad Central de Quito, luego la de San Carlos de Guatemala en 1676 y la Real Universidad de San Antonio Abad de Cusco en 1692. Ya en pleno siglo XVIII, el llamado siglo de la Luces, se crearon las universidades de Caracas en 1721, y la Universidad de la Habana en 1728. Luego, al inicio del siglo XIX emergió la Universidad de León de Nicaragua (1812). Estas universidades no solo se consolidaron en su época, sino que son la fuente primigenia de la Universidad moderna en Latinoamérica, ya que de otras cédulas reales y pontificias que fueron expedidas para crear universidades, 32 en total, solo existieron de
jure como lo fue la de Buenos Aires, Argentina, y las de Mérida y Oaxaca en México.
Durante el siglo XIX, el siglo de las independencias y construcción de los estados nacionales, la labor universitaria fue interrumpida para retomar su vida y función durante el transcurso de la segunda mitad de ese siglo decimonónico. Sin embargo, es a partir del arranque del siglo XX que la Universidad vuelve a consolidarse, aunque en ese momento histórico su orientación tenía una tendencia conservadora en lo académico, lo que devenía en una organización interna jerárquica y autoritaria, pero sobre todo poco abierta a la realidad social. Aun así, la cultura universitaria germinó, creció y floreció en Latinoamérica por lo que para mediados del siglo XX ya eran setenta y cinco universidades, sumándose a ese número la primera Universidad de Brasil fundada en Río de Janeiro en 1920.
El siglo XX es el siglo de la transformación universitaria que la elevó más allá de la tarea docente formadora de profesionistas para insertarla en la sublime actividad generadora de conocimiento en los diversos campos de la ciencia y el impulso tecnológico: la investigación científica. Como también volcó su creatividad hacia la sociedad al crearse la vinculación mediante la acción de difusión y divulgación cultural. A lo largo de ese siglo se formaron miles de jóvenes que constituyeron la fortaleza de la clase media en Latinoamérica. El flujo de las ideas universales, las dinámicas políticas que marchaban hacia la democracia, el cambio generacional, la agitación intelectual proveniente de las corrientes filosóficas del momento, fueron pilares sólidos sobre los cuales brotó la idea, reclamo y lucha por la autonomía universitaria. La autonomía universitaria constituye una verdadera revolución del pensamiento y de la acción.
A partir de su logro, el claustro universitario dejó de ser el clásico espacio académico cerrado para convertirse en un espacio abierto y de cara a la sociedad comprometido con la formación profesional, la generación de conocimiento y la extensión y difusión del saber, el arte y la cultura. Pero, sobre todo, y he aquí lo relevante, logró el cambio político en la relación Estado-Universidad que sustenta el sentido universal de libertad de cátedra y el espíritu de autogobierno. Hace poco más de cien años ocurrió el nacimiento de la autonomía universitaria en Latinoamérica. Su origen, como muchos de los cambios que suelen ocurrir, fue resultado de la contradicción entre las nuevas ideas y valores emergentes en las jóvenes generaciones y la tradición autoritaria y jerárquicas de la generación que mantenía un control sobre el claustro universitario, la negativa al diálogo. Todo empezó con la protesta de los estudiantes de medicina de la Universidad de Córdoba, Argentina, porque se había suprimido el internado en el Hospital de Clínicas y el precario nivel académico de las cátedras que integraban el currículo profesional.
La autoridad universitaria, con la clásica soberbia de quien no sabe escuchar, los llamó “insurrectos” y amenazó con suspensión. La actitud autoritaria provocó la reacción estudiantil que, en su movilización para exigir mejores niveles académicos, ideo la existencia de la Universidad autónoma incorporándola a sus demandas. El 11 de junio de 1918 se considera la fecha fundacional de la autonomía universitaria en nuestra América. Ese día se celebró el Primer Congreso de Estudiantes Universitarios del que emergió el célebre manifiesto liminar del 21 de julio:
La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sudamérica. El manifiesto fue redactado por Diódoro Roca, uno de los ideólogos del movimiento estudiantil, y firmado por los representantes de la Federación Universitaria Argentina convocante del Congreso. El Manifiesto es alma de la autonomía universitaria que nació en Córdoba. Y es liminar porque significó el paso de una Universidad decadente a una Universidad moderna vista el rostro hacia la sociedad, donde, se señala en el Manifiesto, la “autoridad, en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: enseñando”.
Para los estudiantes cordobeses el movimiento simbolizó “el nacimiento de una verdadera revolución que ha de agrupar bien pronto bajo su bandera a todos los hombres libres del continente”. Expresión libertaria cuyo ideal latinoamericano estuvo influido por el pensamiento de Juan Carlos Mariátegui, Rubén Darío, José Ingenieros, José Enrique Rodó y José Ortega Gasset que en esa fecha había dictado una conferencia en Buenos Aires. El llamado a “colaborar en la obra de libertad que inicia” pronto se difundió hacia las universidades de Buenos Aires, Santa Fe y de la Plata que se sumaron al llamado a la autonomía universitaria. Y en años subsecuentes se propagó, paulatinamente, pero de manera profunda, hacia siete países: la universidad nacional de Perú logró su autonomía en 1919, Chile en 1920, México en 1929, Colombia en 1922, Cuba en 1923, Paraguay en 1927, Brasil en 1928, Bolivia en 1928 y Costa Rica en 1933. El legado de Córdoba emergió del sentido de identidad libertaria y social, base del pensamiento crítico y creativo. Brotó del convencimiento democrático y del amor por la paz.
Del deseo de igualdad en la diversidad y del ánimo por conocer lo nuevo e innovar para proyectar. Surgió de la consigna fundamental, que es esencia universitaria, libertad de cátedra y libre investigación. El movimiento exigió, como debemos seguir exigiendo, “salud moral” para permitir la generación de conocimiento vinculada y vinculante con la formación de los estudiantes. Postuló, y se fue logrando, que la Universidad tuviese el derecho y capacidad para otorgar grados y títulos, diseñar dinámicas de articulación social, difundir y divulgar el conocimiento, y desde luego, la autonomía académica, de gobierno y administrativa para garantizar la libertad de conocer, base para la actualización académica y vínculo con la sociedad a la que se debe. El espíritu de autonomía universitaria que brotó de los estudiantes de Córdoba, pronto se expandió hacia otras universidades de Latinoamérica. Se exigió abrir la Universidad al avance de la ciencia, al conocimiento de frontera y la investigación, razón de ser de la libertad de cátedra. Se fundó el sentido social de vinculación con el entorno y se exigió articular la Universidad con el sistema educativo nacional de base.
Tres fundamentos de los que nació la función sustantiva universitaria: docencia, investigación y difusión. En la situación actual que amenaza la autonomía universitaria, la cual reduce y precariza sus tres funciones sustantivas, la consciencia de visión de futuro y reinvención autónoma de la Universidad vuelve a estar en la posibilidad creativa de los estudiantes. Sobre todo porque la Universidad es parte esencial de su futuro y ésta tiene que transformarse para estar en consonancia con la dinámica de la sociedad del conocimiento, donde la inteligencia artificial obliga al cambio de paradigma educativo para exaltar el cultivo de habilidades intelectuales y operativas que son clave para que el estudiante establezca sincronía entre su formación y el mercado laboral completamente heterogéneo que exige autonomía para aprender en el aprender a lo largo de la vida. Es el legado de los estudiantes de la Universidad de Córdoba que nos obliga repensar el futuro de la Universidad en Latinoamérica. La Universidad no puede estar quieta ante la acelerada transición de época que se significa por el intenso avance del conocimiento científico, la innovación tecnológica y la economía digital. Un avance que exige impulsar la investigación científica en campos nuevos del conocimiento entremezclada con el proceso de aprendizaje del estudiante en el hacer.
Que reclama estar al día a día de manera permanente en lo referente a la innovación tecnológica y la inteligencia artificial, factores que inciden en la dinámica económica y en los procesos de reconversión productiva. Que requiere de estrategia para lograr la transferencia cognitiva y tecnológica para reconfigurar el vínculo social hacia los diversos sectores. Que tiene que ampliar su visión ante un mundo que se encuentra inmerso en dinámicas en red y movimiento sinérgico complejo que demanda la homologación de títulos y créditos académicos, el incremento de la movilidad regional académica y la creación de ambientes de aprendizaje en los que se aprenda en el hacer. Una Universidad que posea apertura fluida con los niveles precedentes del sistema educativo nacional. Pero, sobre todo, una Universidad que posea sólida autonomía financiera pública y apertura a la búsqueda de recursos vinculándose con sectores productivos y empresariales de la sociedad. Realidad ante la cual no podemos cruzarnos de brazos y obliga a repensar la autonomía universitaria para fortalecerla en proyección hacia el futuro, un futuro que exige democracia social y democracia cognitiva.