Mi nombre es Luis Román Nieto, estudiante de la Facultad de Letras Españolas UV, me dirijo para comentarles que me gusta mucho el trabajo que hacen.
Me gustaría publicaran esta pequeña crónica que realicé en un taller de géneros periodístico
Agradezco su tiempo y espacio
Una salchicha llamada Hot dog
Allí en Xalapa, donde la calle Herón Pérez termina y se desvía a Ruiz Cortinez, se encuentra la de Teodoro Avendaño; una calle de pavimento que pasa por la parte trasera de las Facultades de Humanidades de la Veracruzana y, que a mitad de su camino, cruzando la esquina en la que se halla una carnicería, la calle envejece, se vuelve una subida lenta con mosaico de piedras incrustado en su suelo. Vuelve a pavimentarse a partir de la siguiente esquina y hasta recorrer todo su límite, siguiendo el horizonte y perderte con el cielo de las cinco de la tarde.
Hay un X-24 en la esquina que inaugura la calle, frente a él y tres construcciones a la derecha, pasando por el local de frutas y verduras único en el tramo y antes de llegar al Súper ISSSTE, está el carrito de hamburguesas y hot dogs. No tiene nombre oficial, porque es de esos lugares que con tan sólo nombrar su dirección, saben de quien hablas. El hombre que atiende, un macho mexicano cerca a los cuarenta años de edad, bajo, con bigote y la gorra de todas las horas, es de esas personas que sin presentarse, te trata muy bien. No tiene necesidad de decir “me llamo Fulano Zutano y le voy servir” para brindarte un buen servicio. El hotdoguero, se instala todos los días a partir de la siete pm, pero lo más probable es que lo encuentres ya entrando las ocho, porque nunca llega temprano. Monta su local rodante y al compás del aceite escurriendo y el sonido de los coches que pasan a su costado, inicia la venta nocturna de comida rápida.
El carrito de hot dogs de la esquina de Teodoro Avendaño, es como la mayoría de carritos de hot dogs que se conozcan: igual, que el de un taquero, sólo que en vez de estar destechado, este tiene una mini carpa de circo con colores del McDonald’s, y en lugar de estar pintado de blanco, se ve tapizado con el rostro del chef Osito Bimbo, además, de que no posee el vidrio empañado propio de los tacos, porque el trato cocinero-cliente, es directo y frente a frente.
Llegas y te sientas. Son cuatro sillitas altas con cojín negro y escaso respaldo, de esas que a veces hay en los bares. Frente a ti, hay un rectángulo plateado que sirve como barra instantánea para los clientes solitarios. Aunque, lo mejor que puedes hacer al ir a comprar hot dogs, es ir solo. Te entretienes contando las latas de refresco que descansan una sobre la otra, sin convertirse en torres. Te entretienes, al desear que los mosquitos que merodean el foco del local, se peguen con la luz y caigan en ese comal moderno, que todo derrite y fusiona como un caldero de alquimista. Si lo tuyo no es curiosear, siempre existe el “plan B” de los restaurantes ambulantes, platicar con el dueño/ cocinero/ cajero/mesero (que en éste caso es la misma persona) sobre los temas de culto en el interés popular: la política, el presidente, el futbol, el clima, el horario de verano, el “¿ y tú a qué te dedicas?”, de los choferes, de los estudiantes, de los maestros, de los políticos, del coche que se compró tu tío, o de la persona que acaba de pasar y es muy llamativa. Pero, si te quieres poner muy erudito, puedes preguntarle al cocinero por qué decidió vender hot dogs (aunque probablemente nunca lo hagas, a menos que te sientas y te autocalifiques en una situación económica-social más baja que la del hotdoguero.). El hotdoguero de la esquina de Teodoro Avendaño, es un hombre muy apasionado de su trabajo, tan apasionado es, que hasta lo hace por placer; o eso, pretende decirte, por el hecho de que el don, tiene una camioneta mediana, estacionada a un tantito del carrito, y con radio. No es un negocio de todo el día, ni siquiera de toda la noche, pues se retira a la una de la mañana, hora en que apenas empieza el mundo nocturno. Él, no se extiende más allá de las horas, tal vez por la ruta, tal vez porque quiere. Su objetivo y visión como hotdoguero --a diferencia de los locales rodantes del Parque Juárez, que son de la medianoche a la madrugada y hasta antes del crepúsculo; y alimentan a borrachos, indigentes, malacopas, ofrecidos, recién desvirgados del antro y aventureros arriesgados (pues, quien en su sano juicio saldría a las cuatro de la mañana a comerse un hotdocho- jocho en el parque) — no, el hotdoguero de la esquina de Teodoro Avendaño, ofrece cenas rápidas, llenadoras y folclóricas durante la noche temprana y hasta cuando la luna ya nomás ilumina a las patrullas.
Mientras te prepara el platillo, si no decidiste hablar con él, puedes relajarte y ver los sucesos que ocurren en el país, en su pequeña, pero de excelente calidad y resolución cinematográfica, televisión con antena de conejo. Casi siempre, a menos que haya mundial, se estará exhibiendo las telenovelas, de preferencia de la televisora más degradada y señalada negativamente por los mexicanos; y que mejor forma de enterarte
de lo que pasa en el país que observando telenovelas: asume que todo lo bonito que pasa ahí, no está pasando en el país y lo único en que se parecen, es en las falsas actuaciones por parte de los protagonistas.
Si lo tuyo es la mirada culinaria, ponte atento. En segundos, después de que pidas tu orden o tu jocho solitario; la salchicha que ya está previamente envuelta en una serpiente de tocino, descansando en la cama caliente de sabanas de cebolla, empieza a sudar, y no por arte milagroso; suda, porque el cocinero vuelve a pasarla por aceite para que brille y amarre el sabor. Al mismo tiempo que la salchicha tiene un bronceado extremo, el pan (las medianoches Bimbo) se acuesta sobre la plancha, boca arriba y boca abajo, hasta calentarlo sin llegar a dorarlo ni tostarlo, sino que esté suavecito; lo toma (con higiene, por supuesto, pues esos guantes de bolsa de plástico no fueron improvisados) y se le unta una salsa emulsionada, blanca, espesona, suficiente, mezcla de materias grasas y proteínas de origen animal, como el huevo y el aceite vegetal, anticristo para los que evitan el colesterol, llamada mayonesa. En una cucharada o 10 gramos de mayonesa se pueden conseguir aproximadamente 74 calorías, 8 gr de grasas y 8 mg de colesterol, pero eso no debería de interesarte al momento en que le embarran una cantidad exquisita de mayonesa a tu pan blandito.
Luego de la mayonesa, viene la salchicha y es como entregarle la virginidad a un desconocido, ya que estás apunto de pecar porque la cosa está casi lista y mancillada. Si lo prefieres, tu hot dog puede quedarse así nomás, desnudo y sin ornamentación culinaria.
Para los que quieren el paquete completo, después de posar la salchicha entre esas dos piernas de pan, viene la limadura artesanal: tomate, cebolla, kétchup, mostaza y queso amarillo fundido para los que son extremos. Se dibujan las serpentinas de kétchup y mostaza, dos culebritas, roja y amarilla encontrándose entre sí, y esto es lo que se consideraría un hot dog estadounidense perfecto, pero estás en Xalapa, en la esquina de Teodoro Avendaño y ahí el platillo todavía no concluye.
Si lo apeteces,
el chef, puede agregarle rodajas de chile --habanero te ofrece—entonces, vez como esa picadura de chile, tomate y cebolla, colores tan representativos de México, bañan tu salchicha. Te parecerá curioso pensar como ese folklor de condimentos nacional, contrasta con el gourmet de comida rápida norteamericana, masomenos como “una gringa”, esa clase de quesadilla que venden las taquerías,
en donde el matrimonio de la carne al pastor y el quesillo vive dentro de una tortilla de harina, cuando todo lo que gira alrededor del taco, es la tortilla de maíz. Una conjunción de dos nacionalidades culinarias para un alimento de arriba de veinte pesos.
Ya está listo, en lo que veías y pensabas lo anterior, el hotdoguero deshebró un rollito de queso blanco y lo puso en la plancha, ya fue despegado y situado sobre los cortes de verduras encima de la salchicha. ¿Quieres salsa, chile o picante? te preguntará el cocinero y te parecerá tan intrigante que mejor preguntarás, de qué tiene. Valentina, macha o habanero, te va a responder y quizá rías al notar lo parecido que son esos títulos entre sí, chance y te acuerdes de una canción. Luego de que decidiste que tipo de extra querías, el don, ya sabiendo si tu platillo es o para llevar o cenar aquí, lo introducirá en un micro horno que se esconde como caja bajo una tapa del carrito. En esos rápidos segundos que esperas, pasará el güerito, que es un niño de aproximadamente nueve años que habla como si tuviera trece y quiere regatear todo lo que encuentra, muy simpático el morrito.
Pocos pesos, tu orden queda servida, el hotdoguero satisfecho, y tú hambriento. Si se te ocurre comprar alguna bebida en el X-24, que sea un refresco o agua, no vayas a querer beber leche, yogurt o jugo muy agrio por querer ser más saludable, analiza que estás a punto de cenarte un embutido hecho a base de carne animal, picada, con las vísceras, la sangre y la grasa como ingredientes, envueltos en la piel del intestino para dar forma. Además, de que todos los otros condimentos del platillo ya perdieron sus propiedades en la metamorfosis de oruga fea a mariposa hotdoguera, y que el consumo excesivo de carnes procesadas aumenta un 21% de padecer cáncer. Casi vive comparándose con las consecuencias del tabaco. Cuando vayas a comer hot dog, hazlo al estilo Hollywood, con una bebida enlatada para acompañarlo, nada más seguro que lo que está bien sellado.
Pruébalo. Su sabor, es indescriptible, ya viste su preparación, ya percibiste sus olores. Ahora, saborea como en una mordida, lo sientes todo. Lo esponjosito del pan Bimbo, lo suave de la salchicha frita, lo crujiente y a la vez blando del tocino bien dorado. El conjunto de salsas, la kétchup y el tomate enlazándose en tu paladar, la mostaza invadiendo tus papilas, las verduras que ya no saben a verduras, el queso derretido que hace elástico todo en tu boca y, sobretodo, el habanero que hace que te arda hasta el espíritu de tan colosal exquisitez. Que rico son los hot dogs de la esquina de Teodoro Avendaño, allí en Xalapa.