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Sección: Estado de Veracruz

Libertas

Violencia

José Manuel Velasco Toro 19/03/2026

alcalorpolitico.com

He cruzado, como muchos colegas de mi edad, por diferentes tiempos en el acontecer diario de nuestro amado país. De niño jugamos en las calles durante el día y algunas horas del anochecer sin temor alguno, ni de autos ni de maleantes. Juegos que unían pues eran colectivos y nos hacían partícipes de alegría y recreación lúdica inigualable. De adolescente íbamos a eventos culturales y festejos sin temor alguno, pues después de estos caminábamos por las calles, no muy bien alumbradas, platicando, bromeando y expresando nuestros deseos futuros, antes de despedirnos para ir a nuestras casas. Ya en mi vida universitaria la asistencia al café para encontrarme con colegas y comentar el libro o los libros que estábamos leyendo, las parrandas de fin de semana o las excursiones a la playa o a la montaña, las hacíamos con gran tranquilidad y certeza de seguridad. Seguridad que también gozamos cuando, ya en familia, viajamos a distintas partes del país, desde el norte hasta el sur, conociendo y disfrutando de las maravillas arquitectónicas de las ciudades, los paisajes rurales de bosques, desiertos o llanadas, cuando frecuentemente decíamos vamos a pueblear para conocer el México rural y disfrutar de la riqueza culinaria y artesanal. En fin, la segunda mitad del siglo XX la vivimos inmersos en certezas de tranquilidad y seguridad, paz y una violencia que parecía más anécdota que realidad cotidiana. Sin embargo, todo ese mundo de paz y certeza cambió hacia uno de violencia e incertidumbre, inseguridad e injusticia. Hoy nos da miedo viajar por carretera pues no sabemos si nos pueden asaltar o si el camino es bloqueado por alguna u otra razón. Esas veladas caminado por las bellas calles y platicando o simplemente meditando ya no son posibles, pues en cualquier esquina puedes ser objeto de violencia para robarte e incluso perder la vida.

Salir de día de campo o acampar en la playa, ni pensarlo. Jugar en la calle es imposible, tráfico y posibles maleantes inhiben esos juegos colectivo y aglutinadores de calles y barrios. Ir a la escuela, como antaño lo hacíamos, solos y caminando, es riesgoso por ser umbral de secuestradores que acechan a niñas, niños, adolescentes y jóvenes. La violencia ha ocupado el lugar que le corresponde a la paz y al respeto. Desplaza la tranquilidad y descerraja la seguridad. Hora vivimos volteando hacia los lados y cuidando nuestras espaldas, vivimos a la defensiva en la calle y en nuestras casas que buscamos blindar con cerraduras dobles, cercos eléctricos, espirales alambradas con púas, iluminación por todos lados, cámaras y alarmas. Colocamos chips de GPS en teléfonos celulares y autos para mantener señal de localización. Estamos en contacto frecuente mediante mensajes con nuestros seres queridos cuando están fuera de casa o andan de viaje a fin de poder localizar su ubicación constantemente. Ponemos cámaras en los autos para registrar recorridos y posibles acontecimientos nefastos. Eso no es vida. Quienes vivimos tiempos de paz y tranquilidad sabemos lo que es el disfrute de un viaje, una caminata, un día en el campo, una acampada en la playa, una ronda nocturna platicando e imaginando futuros por realizar, sin el temor a ser asaltado, violentado, secuestrado, extorsionado o asesinado. ¿Cuándo nuestras hijas, hijos, nietas, nietos y futuras generaciones volverán a vivir tiempos de paz y seguridad? Siento que ya no me tocará volver a respirar esos aires de armonía social, pues lo que observo, como seguramente muchas y muchos de ustedes también lo hacen, es que el Estado y los gobiernos que tienen la responsabilidad de administrarlo en beneficio de la sociedad general, están tan coludidos con los malosos y tan corroídos por la corrupción que poco o nada hacen para establecer un régimen de ley, justicia, equidad y paz social.

Comento esto porque recientemente, al recorrer la feria del libro que periódicamente se coloca en el parque Juárez, me topé con un libro de Erich Fromm que no tenía, El Corazón del Hombre. Su potencia para el bien y el mal (FCE, 2015). Una obra que, pese a la distancia temporal en que fue escrita, posee muchos elementos que pueden ayudar a comprender y combatir la violencia existente hoy en día. Comentaré algunos aspectos que explica en el capítulo “II Diferentes formas de violencia”. Fromm fue psicoanalista, filósofo y sociólogo de origen judío-alemán que emigró a los Estados Unidos cuando observó el inminente ascenso del nacismo de Adolfo Hitler. Después, entre 1950 y 1973, vivió en México y ubicó su residencia en Cuernavaca. Fue aquí, en nuestro país, donde desarrolló el psicoanálisis humanista. Trabajó en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), institución de Educación Superior donde fundó la sección de psicoanálisis en la Facultad de Medicina. Buena parte de su obra fue publicada por el Fondo de Cultura Económica, Siglo XXI y editorial Paidós. Pero entremos en detalle. Desde su visión psicoanalítica, Fromm explica que la base de la forma maligna de la conducta humana emana de tres orientaciones que pueden estar interrelacionadas: el amor a la muerte, el narcisismo maligno y la fijación simbiótica-incestuosa. Las tres orientaciones, cuando se entrelazan, conducen al “síndrome de decadencia que mueve al hombre a destruir por el gusto de destrucción, y a odiar por el gusto de odiar” (p. 19), lo que estamos viviendo y padeciendo. Pero también resalta que hay otras formas de violencia menos patológicas que es útil conocer para entender y combatir las formas de destructividad que son gravemente patológicas y malignas.



Inicia explicando la violencia lúdica que es cotidiana, pero no patológica ni enfermiza. Esta consiste en la que se ejercita para ostentar destreza y no hay en ella, al menos en su inicio, odio ni malignidad. Tal es el juego que destaca cierto tipo de violencia como es la esgrima, el boxeo, la lucha cuerpo a cuerpo, judo, y otras artes deportivas en las que no hay sentido de destructividad, pese a la combatividad de fuerza por contacto con los cuerpos, sino de superación de uno sobre el otro gracias a la destreza de entrenamiento que se tenga y la habilidad física poseída. Luego, señala, existe la violencia reactiva que se “emplea en defensa de la vida, de la libertad, de la dignidad, de la propiedad” (p. 22), algo que también hoy observamos por lo que se desea poseer un arma en casa para defender familia y patrimonio. Su raíz se encuentra en el miedo y su finalidad es la conservación, no la destrucción. Lo peor, lo nefasto, lo indeseable inicia con la violencia por venganza que ocurre en reacción al daño que se ha provocado, no es defensiva, es ofensiva e irracional pues se “convierte en el fin predominante de la vida” para quien busca la venganza que es inversa a la fuerza del dañador. Otra fuente de destrucción que se ancla profundamente en la psique de la persona está relacionada con el quebramiento de la fe que, con frecuencia, ocurre en la vida del niño. “El niño oye mentir a sus padres sobre un asunto importante (...); presencia las relaciones sexuales de los padres, y el padre puede parecerle una bestia brutal; se siente desgraciado y temeroso, y ninguno de los padres, que están interesados, supuestamente, en él, lo advierten (...). Son numerosas las ocasiones en que se quebranta la fe originaria del amor, en la veracidad, en la justicia” (p. 28).

Así, el individuo desilusionado puede llegar a odiar la vida pudiendo convertirse en “un cínico destructor”, objetivo fácil de la delincuencia que lo introduce al ámbito de la violencia compensadora para vengarse de la vida porque ésta se le niega porque al no poder creer tiende a destruir deslizándose hacia el sadismo que radica en el “placer del dominio completo sobre otra persona”, conducta observada y padecida en las organizaciones criminales de ayer, hoy y siempre. “La violencia compensadora -señala Fromm- no está como la violencia reactiva, al servicio de la vida: es el sustituto patológico de la vida, indica la invalidez y vaciedad de la vida” (p. 33). En esta vaciedad de la vida también se expresa la violencia que tiene como fuente la “sed de sangre”, patrón observado en sicarios y asesinos seriales que, al tener miedo de moverse hacia adelante como seres humanos, lo hacen matando, pues así creen que trascienden en la vida. Para ellos “matar se convierte en la gran embriaguez, en la gran autoafirmación en el nivel más arcaico. Por el contrario, ser muerto no es más que la alternativa lógica de matar” (p. 34). La gran locura que brota a borbotones y cuya conducta patológica se manifiesta abiertamente ante situaciones sociales de decadencia cultural, educativa, ética y moral. Estos personajes de “sed de sangre” están enamorados de la fuerza bruta y de la muerte, del placer destructivo y privación de la libertad, se mueven inmersos en el placer de matar, y dice Fromm que pueden “(...) no matar a una persona, sino únicamente privarla de su libertad; quizá quiero solo humillarla o despojarla de sus bienes; pero haga yo lo que haga, detrás de todas esas acciones está mi capacidad de matar y mi deseo de hacerlo” (p. 43).

A lo anterior pregunto ¿hasta dónde un criminal, un homicida, un sicario, un secuestrador, un asesino se puede reconocer como humano cuando su gran hazaña no es dar vida sino destruirla? Es cierto que la violencia es una triste constante en la historia de la humanidad, en todas las culturas y en todas las sociedades ésta ha existido. Por ello la humanidad creo la ética, fundó principios morales, pero, sobre todo, creo la ley para regular la vida social y la justicia como base de armonía del conjunto social cual estructura de orden para garantizar el bien común. Cuando esto último se rompe como consecuencia del incumplimiento de la ley y la correcta impartición de justicia, todas las formas de violencia destructiva empiezan a aparecer y pronto invaden el tejido social y parecen gritar ¡Viva la muerte!