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Descendiente de fantasmas

Manuel Martnez Morales 05/12/2019

alcalorpolitico.com

Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Poseidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Poseidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
 
No soy más que un descendiente de fantasmas. De mis orígenes poco se sabe. Pues al inicio del relato que sobre mi figura andante escribió don Miguel de Cervantes, ni siquiera se afirma con certeza el lugar donde nací. La historia comienza con aquella vaga frase: En algún lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme… Mancha caprichosa, que marcó mi enloquecido andar en busca de los siniestros y bellos monstruos que siempre nos acechan y seducen: la verdad y la belleza, asombrosos y terribles a la vez.
 
Sólo soy un descendiente de fantasmas, pues de mi ascendencia no sé nada. ¿Cuántos antepasados tengo?
 
Todo lo que sé, a partir del bifurcante ramaje evolutivo y los árboles genealógicos es que, en principio, está claro que cada persona dispone de padre y madre, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, 16 tatarabuelos y así sucesivamente se duplica el número de ancestros en cada generación.
 
De este modo, teóricamente la séptima generación está compuesta por 64 personas, la décima generación por 512 personas y la decimoquinta por 16,384 personas. Sin embargo, llegados ya a este punto es imposible que no se hayan producido en la familia uniones entre personas con algún vínculo de consanguinidad, lo que reduce el número real de individuos que componen esa generación, un ejemplo:
 
La segunda generación de ascendentes de un matrimonio está formada en teoría por ocho personas (los cuatro abuelos de cada cónyuge).
 
Pero si se diera el caso que los cónyuges fueran primos hermanos entre sí y tuvieran por tanto dos abuelos comunes, la cifra de antepasados en la segunda generación de ascendentes se limitaría a seis y como consecuencia, esta alteración afectaría también a las generaciones más antiguas, además de manera exponencial.
 
Si estudiamos la genealogía ascendente de una persona nacida hacia la mitad del Siglo XX y tenemos en cuenta una media de 30 años por generación, debemos ubicar la vigésimo novena generación en el siglo XI.
 
Siguiendo con el cálculo teórico de duplicación de antepasados en cada generación, a la vigésimo quinta generación le corresponden unos 268 millones de personas. Pues bien, se calcula que en una época (siglo XI) sólo vivían en la Tierra unos 100 millones de personas. Esto se explica perfectamente por las uniones entre parientes con antepasados comunes, la mayoría de veces en un grado tan lejano que difícilmente se puede saber sin un estudio genealógico.
 
En tanto, ya no sé si soy el Hidalgo delirante de La Mancha, un sueño en la confundida mente de Cervantes, después de la batalla de Lepanto en que perdí una mano y ahora se levanta como miembro fantasma, empuñando mi lanza invencible, acompañado siempre del fiel Sancho, enfocando ahora nuestro ataque sobre los terribles monstruos de las tecnologías de la información y la comunicación: computadoras, celulares, “tabletas” y toda clase de dispositivos “inteligentes” que nos invaden y están conduciendo, junto al cambio climático, a catástrofes planetarias inimaginables, incluyendo la mutación o desaparición de la especie humana.
 
Solamente soy de las últimas ramitas de esta inmensa enramada de sufrientes, soñadores, fantasmas aún vivientes en mi ADN, en mis neuronas y en cada una de mis células.
 
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