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Sursum Corda

El Niño Dios calla, pero dice tanto. Su silencio es más elocuente

Pbro. Jos Juan Snchez Jcome 24/12/2018

alcalorpolitico.com

Antes las preguntas se vivían, se sufrían y se planteaban con él ánimo de abrirse a la verdad, al igual que reconociendo la capacidad y la buena voluntad de los demás para iluminarnos. Sólo en los momentos de prepotencia, arrebato y ofuscación se hacían preguntas para retar la inteligencia y la buena voluntad de los demás.
 
Ordinariamente se preguntaba para avanzar, para profundizar y saber vivir, no para pasarse de listos ni mucho menos para desacreditar la inteligencia de los demás.
 
Con el paso del tiempo las preguntas se han convertido en un mecanismo de rechazo más que en una actitud humilde de descubrimiento y reconocimiento de la verdad. Las preguntas sobre los aspectos más esenciales de la vida se plantean incluso de manera capciosa para desviar la atención del asunto más importante, para generar morbosidad en los mismos temas y para desgastar la cuestión principal.
 
Como si ya hubiéramos alcanzado la ciencia suficiente se deja de preguntar sobre los misterios de la vida y puede ser que con aires de prepotencia sigamos esperando una respuesta definitiva, como si las respuestas que se han dado estuvieran por debajo de nuestro coeficiente intelectual.
 
Esta actitud subjetiva y prepotente con la que nos paramos en la existencia rechaza de manera sistemática las respuestas que ya existen y que incluso Dios mismo nos ha dado para descubrir el sentido de la vida.
 
Tal parece que nos hemos limitado, en el mejor de los casos, al razonamiento como el único mecanismo que nos permite explicar la realidad y responder a las preguntas que planteamos. Fuera de esta forma dialéctica y discursiva no aceptamos otra forma de conocimiento.
 
Así como hemos avanzado en algunas facultades humanas, en otras lamentablemente nos vamos rezagando. Hablamos y argumentamos mucho, pero vamos perdiendo la capacidad para estar y apreciar el silencio. Y "La primera lengua de Dios es el silencio". Comentando esta bella intuición de San Juan de la Cruz, Thomas Keating escribe, en su libro Invitación a amar: "El resto es una pobre traducción. Para entender esta lengua debemos aprender a estar en silencio y a descansar en Dios".
 
Además de la razón nos hace falta la humildad y el amor para agradecer, emocionarnos y vibrar ante la verdad que se revela, no la verdad que uno descubre con su propia capacidad sino la verdad que a uno se le revela.
 
San Rafael Arnaiz decía que: "Solamente en el silencio se puede vivir, pero no en el silencio de palabras y de obras…, no; es otra cosa muy difícil de explicar… Es el silencio del que quiere mucho, mucho, y no sabe qué decir, ni qué pensar, ni qué desear, ni qué hacer… Sólo Dios allá adentro, muy calladito, esperando, esperando, no sé…, es muy bueno el Señor".
 
Thomas Merton estaba convencido del carácter fundamental del silencio y sostenía que: “… Hay mayor consuelo en la realidad del silencio que en la mera respuesta a una pregunta”.
 
Solo en el silencio Dios podrá revelarse y por lo tanto responder a las preguntas de nuestra vida, no sólo a las preguntas de tipo intelectual sino especialmente a las preguntas que provocan dolor en nuestro corazón.
 
La Navidad es la respuesta de Dios a muchas de nuestras preguntas. La respuesta definitiva de Dios es el Verbo que se revela en el Niño Jesús el cual no habla para provocar nuestra contemplación y alabanza. Este silencio de Dios resulta más elocuente que todas las palabras que podamos decir para explicar el misterio de la vida.
 
Decía Karl Rahner: “El Niño que nace es la Palabra, el Verbo de Dios, y sin embargo no habla. Los recién nacidos no hablan. Pero el silencio de este recién nacido vale tanto como el sermón de la Montaña… El Niño calla, pero ¡dice tanto!”
 
Qué oportunidad tan grande para encontrar a Dios, para lograr la paz y para comenzar una vida nueva. Todo lo que necesitamos, todo lo que quisiéramos alcanzar, todo aquello que anhela nuestra alma está a nuestro alcance en esta Navidad. Nos toca seguir la recomendación del papa Benedicto XVI:
 
"Si queremos encontrar al Dios que ha aparecido como niño, hemos de apearnos del caballo de nuestra razón «ilustrada». Debemos deponer nuestras falsas certezas, nuestra soberbia intelectual, que nos impide percibir la proximidad de Dios".
 
En Navidad el silencio de Dios es más elocuente que todos los razonamientos humanos y que todas las explicaciones eruditas de los misterios de la vida. Con amor y humildad contemplen estos días al Niño Jesús para que en el silencio Dios responda a sus inquietudes más que con palabras con una presencia que habite sus almas y encienda sus corazones.
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