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Hay una diferencia entre tener que salir por necesidad y hacerlo sólo por capricho o necedad

- Lectora pide a la población que se apegue a las medidas sanitarias para enfrentar la pandemia
- No piensen solo en ustedes. Nuestra sociedad funciona mejor cuando trabaja junta

17/05/2020

alcalorpolitico.com

Psicólogo Joaquín Rosas Garcés
Director General de Al Calor Político
P R E S E N T E
 
 
Estimado Psicólogo,
 
Antes que nada, quisiera agradecer el espacio que nos permite para expresar nuestra visión de la realidad que nos rodea y plasma su huella en nuestras vidas cotidianas. 
 
Escribo las siguientes líneas para suplicar a la población que se apegue a las medidas sanitarias recomendadas por las autoridades de manera puntual para enfrentar la pandemia de SARS-COV-2 que actualmente arrasa el planeta. Sé que son tiempos extremadamente difíciles para todos. La economía de nuestro país no nos permite a gran parte de la población sentarnos en nuestra casa sin hacer nada, y muchos tienen que salir a trabajar. Sin embargo, hay una diferencia muy grande entre tener que hacer algo y hacerlo solo por capricho o la necedad imperante en muchas personas. Me refiero a que hay gente que va al día, y es por eso que se ven obligados a salir a vender, ejercer sus labores o trabajar para llevar el sustento diario a su hogar. Ellos no tienen otra opción. Por otro lado, están aquellos que salen porque ya se aburrieron, porque van a una "fiesta clandestina" porque el virus "se las pela", porque no saben mantener la sana distancia cuando hacen fila si alguien no les pinta cruces rojas en la banqueta, que salen sin cubrebocas, que insisten que el virus no existe. A estos son a los que me dirijo.
 
Para comenzar le comento que, por causas ajenas a mi voluntad y hábitos de vida, tengo alto riesgo de morir si me contagio del virus. Por eso me he encerrado en mi casa, siendo mi esposo quien se encarga de hacer los mandados, cumpliendo en todo momento los preceptos de sanitización y sanidad postulados por la Secretaría de Salud. Llevo casi 4 meses de encierro (comencé voluntariamente el 23 de enero cuando ya se veía la pandemia en el horizonte), tiempo durante el cual ha habido días que siento que pierdo la cordura, pero me aguanto, porque allá afuera puede haber alguien que podría contagiarme y no estoy dispuesta a ser carne de cañón solo porque estoy chocada de ver las mismas 4 paredes.
 
Por otro lado, tengo una hija enfermera. Es mi hija mayor, y me cuesta mucho trabajo adaptarme a la idea de no verla durante muchos meses, y eso si no se contagia de la enfermedad, porque si eso sucede, corro el riesgo de nunca más volverla a ver. A mi hija la han insultado, la han agredido, la han bajado del camión, hay taxis que le han negado el servicio, gente que la mira con odio, gente que comenta a viva voz que es un foco de infección. Pero la realidad es otra. Mi hija llega todos los días a su casa con marcas en su hermoso rostro. Marcas provocadas por utilizar equipo de protección durante más de 8 horas seguidas. Horas durante las cuales no puede comer ni utilizar el sanitario porque, de hacerlo, tendría que ponerse equipo nuevo y es tal la escasez que mejor se aguanta. Ella, junto con sus compañeros, es la que está al pie de la cama de los enfermos de COVID-19, es quien los cuida y lucha por sus vidas. Les limpia secreciones, los acompaña, los consuela, les sostiene la mano, sabiendo que sus familias no pueden estar ahí. Mi hija, como miles y miles de [email protected] en todo el país, están sacrificando a sus propias familias y si, sus propias vidas también, para dar consuelo y tender una mano amiga a los enfermos. Y al parecer a nadie le importa porque siguen saliendo, siguen asistiendo a fiestas, siguen juntándose en las filas como si dos pasos largos hicieran la diferencia entre cobrar y no recibir nada.
 
Se los suplico, piensen en nosotras las madres del personal de salud, quienes aceptamos la vocación de nuestros [email protected] y callamos y nos aguantamos aun sabiendo que los podemos perder. Piensen en las marcas en los rostros de miles de ellos, el agotamiento, la frustración, y las lágrimas que ellos mismos lloran cuando la enfermedad les roba a sus pacientes. Su carga emocional es diez mil veces más pesada que la de ustedes, que de manera irresponsable ponen sus vidas en riesgo. Piensen que, si las tendencias continúan, podría no haber una cama de hospital con una enfermera como mi hija que los reciba. No saturen nuestro ya limitadísimo sistema de salud. No piensen solo en ustedes. Nuestra sociedad funciona mejor cuando trabaja junta, y esta pandemia es el pretexto perfecto para convertirnos en lo mejor que podemos ser, una sociedad donde un individuo piensa en los demás y no solo en su propia comodidad.
 
Gracias por la atención prestada y solicito de la manera más atenta se omita mi nombre para evitar que mi hija pueda tener (aún más) problemas.
 
Atentamente:
 
Nombre: (…)
Teléfono (…)
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