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Libertas

Inquisición

Jos Manuel Velasco Toro 08/04/2021

alcalorpolitico.com

La palabra santo tiene su origen en el latín sanctus que deriva del verbo sancire cuyo significado es consagrar, sancionar, por tanto, refiere a la consagración o sanción derivada de la aplicación de ciertas leyes o reglas establecidas con el fin de regular la vida social, sea en el ámbito que se corresponda. Fue en este sentido que se aplicó para llamar al Tribunal Inquisitorial Santa Inquisición, no por su perfección ejemplar o por ser un atributo divino de sabiduría y bondad como lo entendemos y aplicamos el concepto santo. No, de ninguna manera. El Tribunal Inquisitorial mejor conocido como Santo Oficio o Santa Inquisición se creó con fines de regla, de corrección, de sanción y persecución de la herejía que desde el siglo IV d. C. se le consideró contraria a la ortodoxia católica. Por su parte, el vocablo hereje tiene su raíz en la palabra griega heresis que significa opinión o toma de posición. Es decir, describe a quien opina de manera diferente, al que tiene otro punto de vista o manera de comprender las cosas, algo connatural en la cultura humana que ha sido, y será, base angular del libre pensamiento. Sin embargo, en la medida en que la Iglesia católica fue avanzando en el proceso evangelizador de los diversos pueblos europeos (esto fue entre los siglos IV y XI), surgieron numerosos grupos religiosos que se les denominó sectas, cuya doctrina presenta variantes del cristianismo como lo fueron los ofitas, cátaros, maniqueos, valdenses, severianos y muchos más cuyos principios se oponían a lo establecido por el dogma católico romano y opinaban de manera distinta con respecto a los sacramentos, no comían carne, estaban a favor de que las mujeres predicaran y administraran los sacramentos o buscaban retornar a la práctica cristiana de los primeros siglos de nuestra era. Estas sectas fueron consideradas herejes por profesar ideas contrarias a los principios de la Iglesia, por lo que se ordenó a los obispos, nos cuenta Úrsula Camba Ludlow en su extraordinario libro, Persecución y modorra. La inquisición en la Nueva España (Turner, 2019), que realizaran visitas a los pueblos para inquirir (de ahí el termino inquisidor), descubrir y castigar a los herejes, pues “se pensaba que la herejía naturalmente se escondía y era preciso encontrarla, aunque hubiese que escudriñar en los más profundo de los corazones”; pero no fue en los corazones donde se inquirió, sino en la tortura del cuerpo con saña inaudita hasta llegar a la muerte indignante de quienes fueron acusadas y acusados de herejía, de practicar artes maléficas o simplemente de delitos que, a juicio subjetivo del inquisidor, eran de orden moral cuando en los soterrado del poder fue de carácter político. Así, el concepto herejía adquirió la connotación de error por lo que se aplicó para diferenciar a quienes opinaban o tenían una voz propia distinta a la voz impuesta por la Iglesia que sólo aceptaba como verdad el dogma establecido en los textos sagrados; actitud que dominó durante la Edad Media y hasta bien entrada la época Moderna (aunque con los nacionalismos a ultranza parece reavivarse esa tentación al ahogo de toda opinión que no coincida con lo supremo). Y para castigar al hereje (en esa época el enemigo político) el rey san Luis creó en Francia el Tribunal Inquisitorial o Santo Oficio en 1184. Quien opinara distinto al dogma romano y se comportara fuera de las normas de la Iglesia (y del poder monárquico), fue considerado hereje, culpa que debía ser castigada por haberse desviado del cumplimiento de sus deberes cristianos. El primer inquisidor fue Robert de Bougre, dominico, cuya vocación inquisitorial le condujo a una despiadada búsqueda, persecución, tortura y muerte de personas que fueron acusadas de herejía. Milagro infernal que de ninguna manera devino del milagro celestial que es amor, cuidado y comprensión. Pasajes de persecución cruel y sanguinaria que recientemente han sido tomados como temática en diversas obras cinematográficas que retratan la caza inquisitorial en los países nórdicos. Al siglo siguiente, en el año 1249, se replicó en el reino de Aragón en la península Ibérica y, en 1478, el Santo Oficio fue creado en los reinos de León y Castilla por los Reyes Católicos con la encomienda de proteger la ortodoxia católica de las prácticas judaizantes atribuidas a judíos conversos en el reino de Andalucía. Es decir, de todo judío que públicamente se había convertido al catolicismo, pero que en la práctica de su intimidad mantenía creencias y costumbres de su tradición religiosa. Con esta actitud de intolerancia hacia lo diferente, hacia aquello que cuestiona el orden establecido, hacia la libertad de pensar o creer libremente, el Santo Oficio llegó a la Nueva España, Perú y Colombia. La principal encomienda fue castigar cualquier conducta hereje, de apostasía (rechazo del cristianismo), gentilidad, blasfemia y criptojudaísmo (si cambiamos los conceptos de hereje por libre pensador, apostasía por oposición, gentilidad por pluralismo político, blasfemia por protesta, observaremos ciertas similitudes de conducta que tienden a reprimir, controlar y eliminar a todo aquel que tiene, en el sentido literal de la palabra hereje, una opinión o manera diferente de percibir y reflexionar los asuntos públicos. El hereje de ayer es el libre pensador de hoy, dialógica de oposición frente al poder avasallador).
 
Los inquisidores redactaron diversos manuales de procedimientos cuyas normas fueron recopiladas por Tomás de Torquemada (primer inquisidor de Castilla y Aragón que persiguió implacablemente a los judíos conversos), bajo el título de Compilación de las Instrucciones del Oficio de la Santa Inquisición. Código “moral” al que debía ceñirse el inquisidor para castigar las diversas prácticas que, a su juicio, alteraban no sólo la creencia establecida, sino también el equilibrio político del régimen, aunque la venganza personal y el revanchismo público no fueron la excepción, lo cual estaba muy alejado del sentido profundo de justicia (que es la calidad de obrar y juzgar respetando la verdad). Las instrucciones inhumanas combinaron crueles procedimientos: aislamiento del acusado (imputado), negación de revelarle de qué estaba acusado (omisión antijurídica), tormento para que confesara su pecado (tortura), confiscación de bienes (extinción de derechos de propiedad), penas pecuniarias (multa), infamia (afectación del honor o prestigio social), y otras lindezas contrarias a la dignidad humana. El castigo que se aplicaba al juzgado culpable variaba dependiendo del tipo de pecado o falta cometida. Si se calificaba de moral (casi siempre con implicación política), sexual, blasfemia, herejía o civil como fue la lectura de libros prohibidos, se le imponía a la personas vestir el hábito de sambenito, prenda burda con la cruz de San Andrés en la espalda, infamia que debía portar por el tiempo que durase el castigo, o bien, la picota que consistió en exponer a la persona a la vergüenza pública y humillación amarrándola a una columna, sea en el centro de la población o a la entrada de ésta (denigración y humillación que ahora se hace presente en las redes sociales). Pero si era contra la ortodoxia cristiana, la pureza de fe o brujería, el castigo era la excomunión y muerte, fuera por garrote o quemado en la hoguera, en este caso el Santo Oficio entregaba al sentenciado a la autoridad civil para que fuera ella la que ejecutara la sentencia, pues hipócritamente, se decía, el Tribunal Inquisitorial no podía mancharse de sangre, aunque ya lo hubiera hecho al torturar a las víctimas. Crímenes humanos que parecen repetirse producto de las ideas en el poder, las cuales van en sentido opuesto a la libertad, la dignidad humana y búsqueda de justicia en equidad universal (recordemos la Gestapo en la Alemania nazi, cuyo objetivo era eliminar las tendencias contrarias al Estado y a los judíos; la KGB en la Unión Soviética que reprimió cualquier acto o idea considerada de subversión interna; o la CNI de Pinochet en Chile que persiguió, secuestró y asesinó a opositores al régimen, sólo como funestos parangones del Santo Oficio). Pero la necedad humana parece replicarse cual virus en cada momento de la historia, pues ante las verdades esenciales los estúpidos y malévolos oponen sus creencias anquilosadas y reafirman sus dogmas con actitudes retrógradas que transitan de la violencia verbal a la violencia física; de la imposición bruta a la eliminación sistemática del hereje, del que busca libertad en la igualdad, equidad en la fraternidad, justicia en la paz, educación en el bienestar y conocimiento en el progreso. ¿Hasta cuándo?
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