José Antonio Pagola (Añorga, Guipúzcoa, 1937) es teólogo por la Universidad Gregoriana de Roma, biblista graduado en el Instituto Bíblico de Roma y por L´École Biblique et Archéologique Française de Jerusalén. Como historiador ha dedicado gran parte de su atención al estudio cristológico, conocimiento que le conduce a pensar una propuesta pastoral y espiritual que brota del ser histórico de Jesús. Recién conocí de su libro al leer una reseña y despertó mi curiosidad de historiador. Lo adquirí de inmediato proveniente de Colombia, gracias al extraordinario sistema de compra digital existente. La inquisición intelectual que deseaba conocer el lado histórico de Jesús, cual ser humano, y no ya la parte repetida contenida en la historia de la cristiandad fue satisfecha con creces en la medida en que avanzaba a lo largo de sus 553 páginas, todas llenas de inusitada información. Páginas que nos revelan la vida cotidiana de un ser extraordinario cuya espiritualidad es más que asombrosa, es, como el mismo Pagola lo menciona, “lo mejor que ha dado la humanidad”.
Jesús. Aproximación histórica (Colombia, PPC, Séptima reimpresión, 2025), apareció por primera vez en el año 2013. La obra es resultado de un concienzudo y riguroso análisis histórico soportado por diversas fuentes de orden literario como son los evangelios, los escritos de los historiadores romanos Flavio Josefo, Tácito y Plauto, los manuscritos de Qumrán, los evangelios apócrifos y la literatura rabínica.
La arqueología con sus enormes hallazgos provenientes de diversas excavaciones que han aportado mucha información sobre la época y el entorno en el que vivió Jesús, lo mismo que los estudios antropológicos cuya luz aporta conocimiento de las características culturales, sociales, idiosincráticas y políticas de la época. No deja de lado la ciencia-ficción en torno a Jesús, y como historiador y teólogo, señala que carece de vinculación alguna con los datos aceptados por expertos y exegetas, pues “la imagen de Jesús que se expone en estas obras nada tiene que ver con el Jesús que vivió en Galilea a comienzos del siglo 1” (p. 529). Todas las fuentes consultadas las analizó, como buen historiador, con la lupa de los criterios de historicidad que impone todo proceder investigativo: el criterio de dificultad mediante el cual se somete a análisis la información contradictoria, el criterio de discontinuidad para identificar y distinguir los elementos culturales de su época de aquellos que son posteriores, el criterio de testimonio múltiple que permite converger la información procedente de diversas fuentes y el criterio de coherencia para identificar la validez de las fuentes históricas.
Todo un trabajo metódico y sustentado con fuentes fidedignas. En fin, su investigación nos conduce a conocer la vida de Jesús como persona en Galilea, como vecino de Nazaret, como miembro de una familia judía, como artesano que habitó un mundo rural, como parte del pueblo que vivió entre la gente del campo, que hablaba arameo y comprendía el habla griega, que sintió en carne propia la pobreza y la enfermedad del pueblo, que vio la injusticia y explotación ejercida por judíos y romanos hacia el pueblo de Galilea, es, en pocas palabras, un trabajo extraordinario por el rigor histórico y por la revelación de conocimiento de Jesús humano que “conoció la ternura, experimentó el cariño y la amistad, amó a los niños y defendió a las mujeres”, lo mismo que luchó por los más débiles y humillados. Una pasión que brotó de Dios para con sus hijas e hijos más pobres. Una pasión, y aquí agitó mi saber proveniente de la historia religiosa, que surgió cuando Él tenía aproximadamente 28 años, ya adulto. Pagola señala que no se sabe “cuándo y en qué circunstancia, pero, en un determinado momento, Jesús deja su trabajo de artesano, abandona a su familia y se aleja de Nazaret. No busca una nueva ocupación. No se acerca a ningún maestro acreditado para estudiar la Torá o conocer mejor las tradiciones judías.
No marcha hasta las orillas del mar Muerto para ser admitido en la comunidad de Qumrán. Tampoco se dirige a Jerusalén para conocer de cerca el lugar santo donde se ofrece sacrificio al Dios de Israel. Se aleja de toda tierra habitada y se adentra en el desierto” (p. 73). En ese andar hacia el desierto se encuentra con Juan el Bautista en el Jordán, río en el cual realizaba el rito de purificación de las personas para despojarlas de la maldad. El rito del bautismo no era parte de la tradición judía, éste fue ideado y practicado por el Bautista para erradicar la impureza y significaba un llamado para renovar al pueblo de Israel. Jesús escuchó al bautista, se dejó bautizar por él y se sumó a su grupo. Durante su permanencia con el Bautista ocurrió el gran cambio en su perspectiva que activó la intuición de creyente, sembró la confianza y el amor en la misericordia de Dios. Revelación que le impulsó a abandonar el desierto para salir a recorrer Galilea y ofrecer a todos, sin exclusión de nadie, la misericordia de Dios. Y aquí el supremo y radical cambio en la visión salvífica de Jesús que explica con gran precisión Pagola. Jesús predicó que Dios no es un juez, es un salvador que invita a la purificación del pecado. Una invitación que puede ser o no acogida por las personas, pues cada uno decide su destino. Otro cambio radical que rompe con la tradición judía es que sale a predicar en las aldeas, en el campo, entre la gente pobre y marginada para mostrar, en su vida itinerante, que Dios viene como Padre para establecer una vida digna entre sus hijos.
Rompió con recias tradiciones judías que consideró producían daño a las personas al hundirlas en la desesperanza, por no provenir de Dios. Esta posición “quedó grabada para siempre en un aforismo inolvidable: <El sábado ha sido instituido por amor al hombre, y no el hombre por amor al sábado>” (p. 329). Se negó a utilizar vestimenta ritual y vistió de manera sencilla con ropa blanca. Celebró comidas abiertas a todos para acoger la vida nueva, protegió e incorporó a la mujer cual igual en celebraciones y enseñanzas, practicó la misericordia curando enfermos, aliviando el dolor de la gente abandonada, acariciando con ternura a leprosos, abrazando a los niños y, lo más radical para su época, incluyó en sus enseñanzas y comidas a despreciados: recaudadores de tributo, prostitutas, endemoniados y samaritanos. Para Él, cual lo pregonó en su andar de dos años por tierras de Galilea, “Dios no otorga a nadie una situación de privilegio sobre los demás; no da a nadie un poder religioso sobre el pueblo, sino fuerza y autoridad para hacer el bien”, por eso Jesús despierta el amor, no el resentimiento (pp. 329-330). La compasión es su filosofía porque reconoce el sufrimiento ajeno, es predica porque se conmueve por el otro y es práctica porque se moviliza para aliviarlo. La compasión es búsqueda de un mundo más humano y de una vida más amable. Jesús inició su predica itinerante cuando tenía alrededor de treinta y dos años. No inició en Nazaret, sino en Cafarnaúm de donde partió para recorrer diversas aldeas y difundir la noticia del reino de Dios.
Siempre se movió entre pueblos de campesinos y pescadores, no se acercó a los grandes centros urbanos como Tiberiades y Séforis. Vida itinerante que es símbolo de libertad y fe en el reino de Dios, clave para captar el sentido de compasión y amor. Pagola señala que Jesús no enseñó una doctrina religiosa, cual se interpreta erróneamente en la actualidad. Por el contrario, anuncia “un acontecimiento para que aquellas gentes lo acojan con gozo y con fe. (...)” (p. 98). Jesús fue, y será, un profeta apasionado por alcanzar una vida digna para la humanidad. Un profeta que pregona el ejercicio cotidiano de la compasión, cual actitud preferente de Dios, para sacudirnos la indiferencia y acercarnos a las personas como seres humanos en igualdad e inclusión, en acogida de su ser y no con actitud sectaria. Por eso recurrió a un lenguaje poético, sencillo que conectaba con el mundo rural. Un lenguaje inconfundible en el que la palabra refleja el trabajo, las fiestas, las preocupaciones, las alegrías. Un lenguaje lleno de imágenes y comparaciones mediante bellas metáforas. Pero, sobre todo, recurrió a la parábola para ejemplificar, enseñar, mostrar el amor de Dios e invitar a la compasión a partir de ahondar en su propia experiencia. En dos años de predica itinerante, Jesús no creó “una escuela, al estilo de los filósofos griegos, para seguir ahondando en la verdad última de la realidad. Tampoco pensó en una institución dedicada a garantizar en el mundo la verdadera religión” (p. 477), como sucedió después torciendo la verdadera enseñanza y sentido de compasión pregonado por Jesús. Tras su crucifixión, Jesús resucita en sus enseñanzas radicadas en el corazón de discípulos y seguidores, por lo que afirma Pagola: “Jesús puso en marcha un movimiento de seguidores que se encargaran de anunciar y promover su proyecto de <reino de Dios>” (p. 477). Extraordinario libro e impactante conocimiento que se nos ofrece de Jesús histórico, a la par de ser invitación para vivir con compasión, sacudir las abstracciones teóricas, rechazar dogmatismos y superar la indiferencia.