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Sección: Va Correo Electrnico

La codicia frenética y virulenta desquicia al Mundo

Jorge Salazar Garca 24/05/2022

alcalorpolitico.com

No obstante ser considerada negativa en los ámbitos de lo religioso y filosófico, la codicia parece haberse posesionado del alma de las nuevas generaciones cuyo sentido de existencia lo han centrado en la acumulación de dinero. Gracias a la sistemática propagación de la forma de vida norteamericana y del modelo de mercado (intensificadas a partir de la caída del muro de Berlín en 1989), el narcisismo consumista es inducido desde los centros educativos, donde la doctrina de competencia salvaje sentó sus lares. De manera sumamente exitosa excluyeron la Filosofía y la Ética de la Educación facilitando el surgimiento de gurúes en las redes sociales que dicen poder hacer ricos a todos sus seguidores.

¿Qué es la codicia?

Un concepto simple, parafraseando al Diccionario la describe como el deseo sublimado de acumular riquezas; conformada esta última por el conjunto de bienes, derechos, propiedades, ahorros que un individuo posee. Para algunos la codicia es innata; para otros es un producto social.



Lo anterior lleva a revisar los aspectos relacionados con el origen y la orientación maniquea de los conceptos involucrados (codicia y riqueza).

Sobre esto último el Diccionario Filosófico de Voltaire describe la riqueza como el bien supremo porque con ella se pueden comprar todos los demás bienes; se deduce, entonces, que su ausencia es el mal mayor. Con esta caracterización maniquea coincide el salmo 112:3 del Antiguo Testamento al considerar que la riqueza es para los buenos y la pobreza para los malvados; es decir, la primera es un Don y la segunda un castigo, otorgados por Dios (Proverbios 13:18). Más tarde, en el Nuevo Testamento, tal concepción cambia. Es el caso del salmo 19:24 de Mateo que dice de los ricos: “es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios”. Claro, es una alegoría dirigida a quienes rinden culto a la riqueza, entregando su alma al demonio Mammón, símbolo de la codicia.

Esa fijación por la riqueza ha sido objeto de estudio en Psicología y otras áreas del conocimiento, los cuales han demostrado que las manías (la codicia lo es) tienen su origen en trastornos previos del sujeto. Por ejemplo, Erich Fromm describe la codicia (El Miedo a la Libertad) como una forma de egoísmo extremo originado por la frustración del Yo. Y agrega: “en tal condición el sujeto nunca alcanza satisfacción real; (siempre) está angustiado, preocupado de sí mismo, inquieto, torturado por el miedo de no tener bastante, de perder o ser despojado de algo. Se consume de envidia por todos aquellos que logran algo más”.

Freud, por su parte, afirma que la codicia esta originada en la retención de las heces vivida en la fase anal (0-3 años) lo cual la conecta con el pecado capital de la avaricia.

Generalmente la combinación de codicia y avaricia (deseo de acumulación sin compartir) conduce al sujeto hacia la infelicidad debido a su incapacidad de dar y amar. Se convierte en un ser necrófilo, lleno de odio e ira, dispuesto a robar, destruir y matar con tal de enriquecerse más. Creyendo llenar vacíos, los incrementan (B. Franklin). Sobre los capitalistas, confirmando la necrofilia de estos, Carlos Marx dijo que su tendencia es destruir sus dos fuentes de riqueza: la naturaleza y los seres humanos. Posiblemente Esteve Jobs (fundador de Apple) sea el más reciente ejemplo público que echa por tierra el mito de que el hombre para ser feliz debe acumular riquezas. Antes de morir (2011), en su última carta expresó:No dejar de perseguir la riqueza, sólo puede convertir a una persona en un ser retorcido, igual que yo”.

Debe insistirse, sin embargo, que la riqueza no es una maldición, mucho menos si esta es fruto del trabajo productivo, innovador, arduo y tenaz. Es su acumulación vaciada de sentido social o productivo lo que la convierte en condenable del mismo modo que las formas criminales de su obtención la hacen “maldita”. Porque, además de “retorcer” la existencia de quien la posee, lleva sufrimiento a quienes les es despojada.



Desde una perspectiva de sobrevivencia, la ambición y el egoísmo, previos a la codicia, son necesarios para evitar ser devorados por los lobos del capitalismo. El reto es no caer en la codicia ni la egolatría.

Si bien somos producto de los genes (que luchan por sobrevivir), el comportamiento egoísta no está fatalmente determinado por ellos. La conducta implica emociones e impulsos vitales, tal como Richard Dawkins lo reconoce en su obra “El Gen Egoísta” (1976). Aunque en la información cromosómica sí esté determinada la evolución de cada gen, hasta el momento nadie ha probado que estos nos hagan pensar y actuar con el mismo egoísmo despiadado que les atribuye Dawkins. Lamentablemente, debido a que la contribución de este autor ha sido calificada como lo más próximo a la realidad respecto a la evolución de los genes y es compatible con la teoría Darwinista, en eso de la sobrevivencia del más fuerte, ha sido utilizada por el neoliberalismo para justificar su doctrina de competencia y de sobrevivencia del más apto.



Esto de compararnos con las bestias es a todas luces injustificable e insultante (para los animales diría yo). La grandes fortunas, generalmente, no son producto de una competencia de talentos sino fruto de la fuerza, la mentira, el fraude y, sobre todo, del control político. Desde ahí desparraman sobre la sociedad sus valores egoístas fundados en la explotación irracional de la Tierra y el hombre.

Si bien el egoísmo pudiese provenir del impulso inconsciente de sobrevivencia, la codicia no. Esta es un aprendizaje social que los glorificadores de la libre empresa promueven en los medios de comunicación, dándole movilidad propia, frenética, virulenta y desquiciando el mundo.

Nunca será mucho repetir que el modelo actual de concentración de la riqueza es insostenible para el planeta. Es una locura que la inhumana y descomunal inequidad que perjudica al 99% de la población mundial alimente la codicia de las criminales y autodestructivas corporaciones, las cuales son responsables del calentamiento global que hoy amenaza nuestro hogar común.