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La diversidad en la investigación

Manuel Mart?nez Morales 17/08/2012

alcalorpolitico.com

Si la diversidad en la naturaleza es garantía para mantener el equilibrio ecológico, también en muchos asuntos humanos la diversidad es deseable pues promueve el enriquecimiento social y cultural de los miembros de una comunidad dada. Por ello, todos los intentos por homogeneizar la ideología, los modos y costumbres de vida y los perfiles personales están condenados al fracaso. Pero parece que en el caso de la educación y la investigación científica esto se olvida y se pretende educar y formar investigadores siguiendo moldes rígidos, pretendiendo uniformizar –como si de producción en serie se tratara- a educandos e investigadores.

En mi formación, cuando realicé estudios de posgrado en dos universidades extranjeras, tuve la oportunidad de percatarme de la riqueza que encierra la diversidad de enfoques y estilos en la investigación científica. En estas universidades me llamaba la atención la gran diversidad de personalidades entre los investigadores; los había muy formales en su forma de vestir y en su trato, pero también había quienes vestían de mezclilla y tenis, usaban el pelo largo y gustaban de contemporizar con los estudiantes. Todos ellos académicos de primera línea en el campo en que trabajaban.

En lo que se refiere al estilo de trabajar, había quien se pasaba sus horas de trabajo en su escritorio o frente a la computadora, en tanto que había otros que deambulaban por los pasillos o los corredores del campus tomando un cafecito o una chela por ahí. En cuanto a la docencia también eran notorias las diversas formas de ejercerla; por ejemplo, tuve un profesor –Clyde Martin- quien en aquella época pertenecía a los investigadores de vanguardia, a nivel mundial, en el área de la teoría del control. Este profesor vestía de mezclilla y botas vaqueras (era texano), usaba barba y el pelo largo. Llegaba a clase y durante media hora exponía desordenadamente el tema del día, luego respondía algunas preguntas y dejaba un montón de tarea, aclarando que nunca revisaba ésta y que era nuestra responsabilidad hacerla para que nosotros mismos nos diéramos cuenta de nuestras deficiencias. Casi nunca estaba en su cubículo, pero aprendí bastante en sus cursos –Métodos Numéricos- y me enteré que era uno de los investigadores más productivos (en cuanto a publicaciones) y de los que más proyectos financiados conseguían.

Por otra parte, había investigadores que se dedicaban a la educación, por ejemplo habiendo escrito –dos de mis profesores- un libro de texto de Álgebra moderna que fue empleado por años como el texto básico en los cursos de álgebra de varias universidades estadounidenses. Estos profesores eran reconocidos y apreciados, al mismo nivel que Clyde Martin y otros, por su trabajo aunque no investigaban ni publicaban nada especializado.

Podían reconocerse también profesores muy exigentes y otros más bien “barcos”, pero de alguna manera todos eran apreciados y respetados, en cuanto a su trabajo académico, por todos los demás.

En un terreno más general puedo citar el trabajo de Robert K. Merton, sociólogo de la ciencia, quien en una de sus obras dice que es muy difícil establecer un patrón único de medida para evaluar el trabajo científico, debido precisamente a la diversidad existente.

Dice Merton que hay grandes variaciones individuales en cuanto a capacidades e intereses y a las condiciones sociales en las cuales se desenvuelven los investigadores. Establece cuatro grandes grupos en los cuales puede clasificar a los estudiantes de ciencia y a los investigadores: (1) El tipo que sube rápidamente hasta alcanzar un máximo y luego muestra un decrecimiento en sus facultades; (2) Aquel que velozmente alcanza un máximo y se mantiene ahí por mucho tiempo. Éste es el tipo de persona consistente y confiable, aunque no muy brillante; (3) El tipo que muestra una tendencia a acrecentar sus facultades de manera muy lenta, no se espera mucho de él aunque es un trabajador persistente; (4) Finalmente se tiene al sujeto que sufre altibajos a lo largo de su carrera. Tiene periodos muy brillantes seguidos de otros poco productivos. A los sujetos de este tipo con frecuencia se les tiene poco en cuenta.

Esta clasificación no implica que alguno de estos tipos sea mejor que los otros, sino que simplemente apunta a diferencias individuales que pueden sesgar los sistemas evaluativos. Merton señala que hay otra categoría de hombres de ciencia, quienes si bien no son muy creativos, ni su producción científica alcanza a ser relevante, juegan un importante papel como “catalizadores” en la formación de investigadores.

Al no tomar en cuenta criterios como éstos, resultan absurdos los esquemas de evaluación impuestos por el CONACYT y el SNI que lejos de fomentar la diversidad la aniquilan con el consiguiente perjuicio a la investigación científica.
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