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Casas Carpin

Seccin: Estado de Veracruz

La peluquería

Sergio Gonzlez Levet 10/01/2019

alcalorpolitico.com

Por razones de tiempo y espacio, tuve necesidad de ir a cortarme el pelo en una ciudad alejada de Xalapa y también me vi obligado a solicitar los servicios de alguien diferente al maestro Jorge, el extraordinario peluquero que logra domar los cabellos de innumerables caballeros y niños que acuden a su negocio en el Pasaje Enríquez.
 
Como yo estaba lejos y el pelo había crecido, busqué en calles ignotas hasta que di con una “barbería tradicional”, y sin más entré a solicitar un “Corte de pelo y barba” que se ofrecía en el menú de servicios del extraño lugar.
 
Digo que es extraño porque estaba adornado con motivos rocanroleros: la foto de los Beatles mientras atraviesan el crucero de Abbey Road, dos guitarras eléctricas atrapadas en una alcayata, un póster de Freddy Mercury, etc.
 
Y junto a los motivos, el outfit del barbero: ropa con variaciones de telas y cuero en negro, peinado estrambótico, alguno que otro piercing, tatuajes varios y anatomía rellenita, de gordito.
 
Me puso una bata de salón de belleza, me sentó en el sillón y me hizo la pregunta que nunca he sabido contestar: “¿Cómo quiere el corte?” Mascullé algunas indicaciones del tipo de “Sólo quiero que me dé forma… Que sea corto abajo y un poco más largo arriba… Corte cuadrado atrás…
 
En ese momento me hizo una pregunta que de plano me hizo vacilar: “¿La vereda es natural?”
 
Lo primero que pensé fue que me estaba probando de alguna manera (en esos lugares nunca se sabe de qué viene la cosa), y se me ocurrió decirle: “No, la vereda no es natural, ¡la vereda es tropical!”, recordando la famosa canción de Gonzalo Curiel que fue un exitazo a finales de los años 30 del siglo pasado. Tan famosa fue, que -me platicaba mi santa madre- en aquellos tiempos y en el Puerto de Veracruz se usó poner letreros en las casas que decían: “Solicito sirvienta que no se sepa la Vereda Tropical”.
 
Lo cierto es que atiné a entender que lo que me preguntaba el modernísimo fígaro era que si usaba “la raya” natural o quería que me la marcara con la rasuradora.
 
Entre mis dudas y el extraño ambiente culminó por fin la peluqueada y cuando me vi en el espejo suspiré de alguna forma aliviado, porque el corte se veía casi normal y podría salir a la calle sin el peligro de sentirme ridículo.
 
En mis tiempos, la peluquería era un lugar de regocijo, donde se podían leer/devorar revistas picantes o la infaltable edición semanal de Siempre!, y los clientes se enteraban de los últimos chismes del pueblo o la ciudad, según el caso.
 
Ahora ya no sé qué son.
 
Y entretanto, gloria al maestro Jorge de Xalapa, que sigue siendo un peluquero a la vieja usanza. En su local se respira la historia ida y perviven los mejores recuerdos de nuestras infancias.
 
Pásele, joven…
 
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