Fue en el año de 1088 cuando nació la Universidad en la ciudad-estado de Bolonia en el norte de Italia. En ese momento, Bolonia poseía una dinámica económica derivada del comercio y la producción artesanal, situación que facilitó el desarrollo de las artes y el conocimiento. Su autonomía municipal y el dinamismo económico fueron factores esenciales para que en ella se imaginara, ideara y surgiera la primera Universidad de Occidente con carácter autónomo de maestros y estudiantes. Los grados otorgados fueron el de Bachiller, Maestro y Doctor. A Bolonia siguieron las universidades de París (1150), Oxford (1096), Salamanca (1218) y Cambridge (1209). Desde entonces, la Universidad se constituyó como universal, se ha desarrollado y consolidado a lo largo de poco más de novecientos años, en una institución con carácter autónomo, requisito fundamental para impulsar la generación de conocimiento en el que radica la investigación científica y tecnológica, la formación académica formadora de los diversos cuadros profesionales, la extensión y divulgación de las artes y el saber que es esencia vinculante de la Universidad con la sociedad. Investigación, docencia, extensión y divulgación, son las tres funciones clásicas y sustantivas que caracterizan a toda Universidad en el contexto mundial. Desde su origen se planteó que esa corporación autónoma de maestros y estudiantes tenía, y sigue siendo así, la tarea de buscar la verdad mediante la investigación, proceso de indagación en el que el
logos, cual razón que ordena y explica, constituye el primer paso en el sistema formal de investigación, pues organiza la estructura de orden y razón esencial para acceder a la inteligibilidad de la verdad. Otro elemento propio de la Universidad, que es razón de ser desde su nacimiento y deberá seguir siendo, lo constituye la libertad intelectual para generar conocimiento y propiciar el aprendizaje de la ciencia, las humanidades y el arte.
Esto significa que el hacer cognitivo no debe estar sujeto a mandatos ideológicos o proyectos de orden político hegemónico que pretendan orientar su función en menesteres partidistas alejados de la fecundación de la verdad científica, la cualidad pensante en la formación académica de los estudiantes y el vínculo cultural con la sociedad. Cuando sucede la enajenación política de la Universidad, ésta degrada la formación estudiantil, pierde preminencia científica y la precariedad intelectual se apodera de ella, reduciéndola a simple escuela de adoctrinamiento porque pierde su capacidad crítica, reflexiva, plural y buscadora de la verdad, para ser convertida en un instrumento unidireccional del poder en turno que la alinea para cumplir directrices de interés político que aniquilan la curiosidad gnoseológica y el pensar creativo. Y claro, cuando eso ocurre se propicia el retroceso intelectual científico y tecnológico en la sociedad que lo sufre. Ejemplo histórico lo tenemos en China. Cuando triunfó la Revolución al mando de Mao Zedong y propició la llamada Revolución Cultural, se llevó a cabo la destrucción de la educación superior al ser remplazada la función generadora de conocimiento por la reproducción de la ideología maoísta, lo cual desembocó en una profunda precarización intelectual que también impactó en lo material, pues la pobreza adquirió niveles dramáticos durante la fase de la “Gran hambruna“ (1959-1961), periodo en la que murieron más de 30 millones de personas. Al convertir a la Universidad en un espacio de movilización política, se ocasionó la destrucción de laboratorios y bibliotecas, deteniéndose bruscamente la investigación científica y tecnológica lo que ocasionó el retroceso tecnocientífico de China. Tras la muerte de Mao (septiembre de 1976) y el arresto de la “Banda de los cuatro”, dirigida por su esposa e integrada por tres consultores que fueron responsable de la Revolución Cultural, se inició una profunda reforma conocida como la era Deng por su impulsor Deng Xiaoping, etapa en la que la educación superior universitaria volvió a ser prioridad del régimen.
Paulatinamente se inició la apertura hacia Occidente con el objetivo de adquirir el conocimiento científico y tecnológico de punta. Así, se enviaron a estudiantes chinos a formarse en universidades europeas y de Estados Unidos a la par de que se fue abriendo la economía al mercado exterior para atraer empresas que invirtieran y suministraran tecnología. La transferencia tecnológica se convirtió en prioridad a grado tal que “Esta política tan astuta fue otra de las claves del éxito económico de China”, narra en su novela autobiográfica Jung Chang,
Vuelan los cisnes salvajes (Lumen, 2026), pues en cinco décadas China ha logrado ubicarse como la segunda economía mundial y es el país que, insertado en la sociedad del conocimiento y la economía digital, registra más patentes al año superando a los Estados Unidos en campos de generación científica, invención tecnológica, modelos de utilidad e industriales. Por ello es que la Universidad debe conservar su carácter mundial donde la libertad de conocer y aprender siga siendo el espíritu que le anima para buscar la verdad y trasmitir esa verdad. Búsqueda y transmisión entrelazan investigación y aprendizaje, indagación y enseñanza lo cual ocurre en el binomio docencia-aprendizaje, docente-alumno, donde uno y otro, con libertad, curiosidad y creatividad persiguen el fin universitario: querer saber, buscar la verdad, trasmitir conocimiento, formar para lo futuro y contribuir al desarrollo social. Cuando estos principios se deterioran se precariza la función intelectual de la Universidad, se minan los cimientos que le dan libertad para pensar y crear, se corrompe la autonomía que tiende a girar el sistema de gobierno hacia el autoritarismo patrimonial lo que impacta negativamente en su ecosistema de producción de conocimiento y precariza la formación profesional. En el mundo actual que se mueve dentro de una sociedad del conocimiento sustentada por la economía digital, la Universidad no puede permitirse retroceder en su función integral por razones partidistas, ideológicas o por intereses mezquinos de grupúsculos retrógrados que buscan poder.
De ocurrir ello la felonía es contra la sociedad, contra las generaciones de hoy y mañana de jóvenes que buscan un desarrollo profesional y científico. Es contra del espíritu de libertad que la vio nacer y todo sentido de avance hacia lo futuro, un futuro que requiere de pensamiento crítico y complejo, curiosidad creativa para inventar e innovar, espíritu de búsqueda de la verdad, producción de conocimientos para propiciar riqueza sostenible e impulsar derechos humanos y de la naturaleza. La Universidad, como señala Karl Jaspers, no debe perder la idea universal de su esencia originaria que es “querer saber” pues “el conocer es fin en sí mismo”. Y enfatiza: “En la universidad, la investigación no solo tiene su lugar porque proporcione los fundamentos para la educación científica en las profesiones prácticas, sino porque la universidad existe para la investigación, en esta cumple su sentido”, social y cognitivo (
La idea de la Universidad, EUNSA, 2022, p. 75).