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La ciencia desde el Macuiltpetl

Mané descubre que es un autómata finito

Manuel Martnez Morales Xalapa, Ver. 28/12/2019

alcalorpolitico.com

Era una ciudad de plástico, de esas que no quiero ver, de edificios cancerosos y un corazón de oropel, donde en vez del sol amanece un dólar, donde nadie ríe, donde nadie llora, con gente de rostro de polyester, que escucha sin oír y miran sin ver.
 
 
Luego de varias semanas de estancia en la ciudad de Nueva York –financiado por la beca que se auto asignó con recursos de la tanda del barrio, administrada por el mismo-  Mané se percató que la gran manzana era como un gigantesco autómata funcionando a partir de la interacción de pequeños autómatas individuales. Lo que en inteligencia artificial se conoce como un agente colectivo.
 
             En la gran metrópoli todo es predecible, ya sea en forma determinista o probabilista, como ocurre con los autómatas finitos.
 
            Sus habitantes siguen rutinas definidas: se levantan, toman su acostumbrado desayuno y salen rumbo a sus trabajos, de 9 am a 5 pm siguiendo a diario la ruta de siempre, puede ser que, con alguna incertidumbre, caracterizada probabilísticamente. De tal manera que es posible afirmar cuál es el promedio del número de personas viajando por la línea 3 del metro a las 8 de la mañana.
 
            Los desviados pensamientos de Mané se vieron confirmados cuando conoció y se enamoró de una sinuosa rubia de ojos azules. En su locura amorosa tuvo el atrevimiento de acercarse a ella en un bar, invitándola a bailar, lo cual la hermosa mujer con amabilidad aceptó. Con alegría, Mané la abrazó y comenzaron a bailar. Al tenerla en sus brazos, nuestro personaje tuvo la sensación de bailar con un maniquí, recordando la canción “De cartón piedra” interpretada por Joan Manuel Serrat.
 
            Sintió que el rostro de la mujer, sus pechos y su trasero eran absolutamente de silicón, lo cual lo desilusionó llevándolo al borde de la locura.
 
Son lindas, delgadas, de buen vestir, de mirada esquiva y falso reír.
 
            La conducta de esas chicas plásticas era del todo predecible, como la de un autómata; un autómata de plástico. Lo mismo sucedía con las demás personas que Mané conoció.
 
            No te dejes confundir, busca el fondo y su razón, recuerda se ven las caras, pero nunca el corazón.
 
Fue entonces que Mané recordó la ocasión en que uno de sus mejores y generosos maestros de física puso en sus manos una copia del artículo Autómatas finitos, de Luis Estrada, destacado investigador y divulgador de la ciencia. Al comenzar a leerlo le sorprendió que la descripción de un autómata en términos teóricos partiera de una formulación matemática abstracta.
 
En dicha conceptualización un autómata como un aparato con tres componentes básicas: una entrada por medio de la cual el autómata recibe estímulos e información del exterior; un conjunto de estados internos del autómata y una salida por medio de la cual el autómata responde en formas específicas a los estímulos procesados por la configuración de sus estados internos.
 
Lo maravilloso es que bastan dos sencillas funciones para describir y predecir el comportamiento y evolución del autómata en tiempo discreto, es decir en segundos, nanosegundos, etcétera: t(1), t(2), t(3),…
 
Las funciones son:
 
F(i,e) que arroja la salida (conducta) con que el autómata responderá, en el tiempo (t+1) cuando recibió el estímulo i, y se encontraba en el estado en el tiempo (t).
 
La otra función es:
G(i,e) que proporciona el estado interno al cual el autómata transitará en el tiempo (t+1), cuando se encontraba en el estado e y recibió el estímulo i en el tiempo (t).
 
Con estas dos funciones (el chiste es conocerlas o descubrirlas) a partir del estado actual y el estímulo que en este momento recibe el autómata, es posible predecir ya sea determinísticamente (el sueño de Laplace) o en forma probabilista,  el comportamiento futuro del autómata.
 
En su distorsionada mente, Mané concibe entonces que desde una ínfima partícula hasta el universo entero son simplemente autómatas finitos.
 
Un escalofrío recorre su espalda, el cual de inmediato suprime bebiéndose un caballito doble de tequila y una chela bien helada.
 
Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.
 
https://youtu.be/XhGyTp3duEY
 
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