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Sursum Corda

Mi Primera Comunión... después del confinamiento

Pbro. Jos Juan Snchez Jcome 12/10/2020

alcalorpolitico.com

Se habla menos del impacto que la pandemia ha tenido en la vida espiritual, aunque también en esta dimensión los hermanos se han visto muy afectados. Así como el desgaste y las emergencias se notan en otros aspectos de la vida, también la pandemia provoca dolor y desconcierto en nuestros fieles que durante meses no han podido retomar las actividades habituales en su vida de fe.
 
Incluso los que no estaban familiarizados con la santa misa sienten en este tiempo el impulso de ir a la Iglesia y desean tener la oportunidad de estar más cerca de Dios, reconociendo que con la libertad y facilidades que tenían, durante mucho tiempo no lo hicieron.
 
No es algo indiferente quedar limitados para ir a la Iglesia y sobre todo no poder recibir los sacramentos, como estábamos acostumbrados. Para algunos podrá ser incomprensible e insignificante, pero se trata de una cuestión tan íntima y vital que cuando no se tiene provoca tristeza y un dolor en el alma.
 
Al principio aceptamos confiados el confinamiento sin pensar que se prolongaría tanto, al grado de llegar a sentir la asfixia en el alma porque nos falta el Señor y la comunidad de hermanos en la fe. De todas formas, hemos reaccionado desde la fe haciendo una lectura espiritual de lo que está pasando para reconocer a Dios en medio de la contingencia y llegar a aceptar esta tribulación.
 
Reconocemos la cercanía y maternidad de la Iglesia que durante este tiempo nos ofrece opciones y caminos para hacer oración y canalizar nuestra necesidad de Dios, sobre todo a través de los servicios pastorales en las redes sociales, lo cual nos ha permitido constituir comunidades virtuales para vivir la santa misa, meditar la Palabra de Dios, rezar el santo rosario, seguir procesos de catequesis y muchas otras cosas.
 
Pero con todo esto -que por la gracia de Dios hemos tenido- no es lo mismo. Se siente la nostalgia por la Casa de Dios y se cuentan los días para regresar a la Iglesia, para cantar en comunidad, para encontrarnos con los hermanos y sobre todo para recibir a Jesús en la hostia consagrada. ¡Qué dolor tan grande no haberlo recibido durante tanto tiempo! Constatamos en nuestras comunidades hambre de Dios y sed de eucaristía.
 
Era inconcebible imaginar que fuéramos a pasar por un largo ayuno eucarístico. Nunca pensamos que tuviéramos que pasar por una prueba como ésta, ya que no concebimos la vida cristiana sin los sacramentos. Por lo que se cuentan los días y esperamos el momento de la primera comunión, después del confinamiento.
 
Los niños también se han visto afectados de muchas maneras, incluida su vida espiritual. Han tenido que terminar su catecismo en línea y próximamente estarán recibiendo los sacramentos de confirmación y eucaristía en grupos muy pequeños, observando todas las disposiciones sanitarias.
 
Se acerca el día de la primera comunión de tantos niños que ahora sienten más hambre de Dios y de su palabra, después de este confinamiento que también a ellos les ha dejado muchas lecciones.
 
Pero también se viene para muchos hermanos el día de la primera comunión, después del confinamiento. La primera comunión después de meses de encierro y de anhelar a Jesús eucaristía. La primera comunión que nos devolverá la vida y la esperanza. La primera comunión que saciará el hambre de Dios. La primera comunión que provocará una estrecha e íntima unión con Jesús. La primera comunión que en muchos casos se vivirá con más emoción y entrega, que la que recibimos en la niñez. La primera comunión que, después de lo que hemos vivido, nos llevará a cuidar más nuestra alma eucarística.
 
Creo que ahora que añoramos tanto recibir la comunión, experimentamos algo similar a lo que decía Santa Teresita. Para ella, el día de su primera comunión fue: "El primer beso de Jesús a mi alma".
 
Además del fervor con el que nos preparamos para recibir la hostia consagrada también el sufrimiento que estamos pasando nos permite estar en comunión con Jesús. Como decía San Alberto Hurtado: “Muchos cristianos se quejan de la tibieza de sus comuniones, del poco fruto que obtienen de su contacto con Cristo. Olvidan que la verdadera preparación a la Comunión no se reduce a simples actos de fervor, sino que consiste principalmente en una comunión de sufrimientos con Jesús. El que quiere comulgar con provecho, que ofrezca cada mañana una gota de su propia sangre para el cáliz de la redención”.
 
Ese día que anhelamos será, como dice Santa Teresita, el beso de Jesús en nuestra alma. Estaremos más conscientes y agradecidos de tener la dicha de participar de la mesa del Señor para nunca prescindir de ella y para vivirla con el asombro, la emoción y la entrega de los santos.
 
Como dice el P. José F. Rey Ballesteros: "Cuando vayas a misa, mira fijamente la sagrada Hostia mientras la eleva el sacerdote. ¿Sabes lo que hubiese dado Moisés por mirar ese nuevo maná, en el cual está escondido el propio Dios? ¿Imaginas cómo hubiera llorado de alegría al ver a Dios tan cerca de él? ¿Sabes que él murió sin entrar en la tierra prometida, mientras tú te sientas a la mesa del Señor? ¡Bienaventurado tú!"
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