Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia.
Aldous Huxley
Hablemos hoy de un hermoso parque, el parque Juárez, y de una ciudad nacida siglos atrás. Hoy la conocemos como Xalapa-Enríquez, la capital de nuestro Estado: Veracruz. Resumiendo su historia, podemos decir que la fundación de la ciudad estuvo a cargo de grupos de filiación totonaca, siendo los toltecas quienes le dieron el nombre de
Xalla-a-pan, que significa “agua en el arenal”, ya que de todos sus barrios, entre las pendientes arenosas, brotaba el agua en abundancia.
Hay quien señala a 1313 como el año en que se fundaron los cuatro primeros asentamientos prehispánicos, que posteriormente dieron origen a la ciudad. Según esta teoría, los cuatro sitios se situaban alrededor de los manantiales que llevan su nombre: “Xallitic”, “Tlalnecapan”, “Techacapan” y “Tecuanapan”. En 1519 sus pobladores, secundando la política pacifista de los totonaca de Cempoala, recibieron y dieron hospedaje a Hernán Cortés y a su ejército, quienes de ahí habrían de partir a la conquista de la gran Tenochtitlán.
En 1555, se concluye el Convento Franciscano de Xalapa, ordenado por el mismo Hernán Cortés, el segundo más importante de la Nueva España. El 18 de diciembre de 1791, el rey Carlos IV categorizó a Xalapa como Villa y le entregó su propio Escudo de Armas. En 1795 se instala el Primer Ayuntamiento de la ciudad.
En 1804, Alexander von Humboldt visitó Xalapa y la bautizó con el nombre de “la Ciudad de las Flores”. Se la conoce también como “La Atenas Veracruzana”, porque a finales del siglo XIX se crearon varias instituciones educativas incluyendo la primera Escuela Normal en México. En 1892, la ciudad recibe el epónimo de Jalapa de Enríquez, en honor al recién fallecido ex gobernador don Juan de la Luz Enríquez, quién promovió ante la legislatura del Estado que la ciudad de Xalapa fuera la capital del Estado de Veracruz.
Pero hablemos ahora de uno de sus parques: el Parque Juárez. Se trata de un hermoso lugar de recreo público, nacido hace muchos años. Se inauguró en 1892 y recibió su nombre en honor del Benemérito de las Américas: don Benito Juárez García ¿Ha sido siempre un parque? ¡No, por supuesto que no!
Siglos atrás, en el lugar, se erigió el Convento de San Francisco, cuya construcción se inició en 1534 por indicaciones del mismo Hernán Cortés, concluyéndose en 1556; fue el segundo convento construido en México. El claustro de San Francisco servía, además, de fortaleza para facilitar la vigilancia y conquista de los cuatro barrios más antiguos de Xalapa, que ya hemos mencionado: Xallitic, Techacapan, Tecuanapan y Tlalnecapan. El inmueble fue duramente lacerado durante un violento sismo y reconstruido en 1556. El monasterio muchos años prestó servicio religioso y, más tarde, militar.
Cuando los clérigos fueron trasladados a otro sitio en 1830, el inmueble se deterioró. El gobierno del general Juan de la Luz Enríquez, en 1889, ordenó demoler las ruinas del monasterio, porque “constituían un peligro para los habitantes”. En ese amplio terreno se construyó el parque Juárez. “La inauguración del Parque se llevó a cabo el 16 de septiembre de 1892 por el Gobernador Interino Leandro Alcolea. Se amplió y mejoró estéticamente durante el gobierno de don Teodoro Dehesa. En el devenir de los años, se le agregó la escalinata de lajas y, sobre el arcaico Teatro Victoria, se edificó la explanada que hoy tanto disfrutamos.”
Dicho parque se ubica en el centro histórico de la ciudad sobre una terraza al poniente del Palacio de Gobierno y a solo unos pasos del Palacio Municipal y de la Catedral Metropolitana. El lado que ve hacia el sur, ofrece el espectáculo de los cerros de Coatepec y de Xico. Más allá, y apenas visible, el Volcán de San Martín, emplazado en la sierra de Los Tuxtlas. Hacia el sureste, se aprecia la Sierra Madre Oriental; a la derecha, el Cofre de Perote y en las mañanas despejadas, el majestuoso Pico de Orizaba.
En 1921, la Cámara de Comercio de Xalapa, presidida por William K. Boone, propuso, diseñó y construyó una rampa para facilitar el acceso de vehículos al centro de la ciudad desde la (antigua) estación del tren. Para 1930, esta rampa se convirtió en el Paseo del Ayuntamiento y después en el Paseo de la Constitución.
Aún hoy, en sus prados crecen enormes y centenarias araucarias, que fueron obsequiadas por el embajador de Chile, como regalo a México en tiempos de don Porfirio Díaz, para conmemorar el cuarto centenario del primer viaje de Cristóbal Colón… pero, además, crecen y florecen espléndidas jacarandas, que, cuando florean, forman un dosel azul-violeta y, a nuestros pies, depositan una mullida alfombra de los mismos colores y texturas.
¿Que cuándo conocí y me enamoré del parque? Creo haber tenido unos cinco o seis años. Recuerdo entre sueños esa tarde de neblina y chipi-chipi, en que mi padre me llevó hasta él, porque esperábamos la visita del tío Samuel, su hermano menor. El tío llegaría en un camión de pasaje cuya terminal estaba a unos metros del parque. Recuerdo haber corrido libremente entre los prados y recogido las flores caídas de las jacarandas: con ellas hice un hermoso ramillete, que al llegar a casa, entregué orgullosa a mi madre. Y más orgullo sentí cuando ella cariñosa las olió, suspiró y las puso en un pequeño jarrón de porcelana. Por eso y mucho más… quiero al parque Juárez… Así como era, como debe seguir siendo. Un lugar de sano esparcimiento, donde las aves entonan sus más bellos trinos, donde los niños juegan y el color de los globos se mezclan con el alegre colorido del lugar… Continuará…
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