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Columnas y artículos de opinión
De Interés Público
Mujeres
Emilio Cárdenas Escobosa
8 de marzo de 2013
alcalorpolitico.com
Para las hermosas y aguerridas mujeres de mi casa

Como cada año, al celebrarse el Día Internacional de la Mujer se pone en la mesa de discusión de los medios y en todos los foros públicos el tema de la equidad de género y los avances alcanzados en nuestro país en la materia. En esta efeméride abundan los discursos, análisis y manifiestos que reivindican la lucha social y política de ellas para garantizar la igualdad de derechos.

En los años recientes se ha dado un importante impulso al tema que ha marcado por igual las discusiones académicas que a los movimientos sociales de todo signo ideológico. Hoy es políticamente correcto abrazar la causa de las mujeres, aunque en el terreno de los hechos, los gobiernos, los partidos y la sociedad en general hayamos avanzado muy poco.


¿Por qué nos cuesta tanto trabajo hacerlo? Se ha dicho que las resistencias que obstaculizan la construcción social de la equidad de género como principio organizador de la democracia obedecen a varios factores, entre ellos, la inercia de sistemas de valores y de conocimiento construidos por y para los hombres, el rechazo del personal masculino a la competencia femenina en sus espacios públicos y privados, y, en gran medida, la resistencia de los hombres a aceptar que la irrupción de la mujer en la vida pública cuestiona en buena medida los contenidos atribuidos a la masculinidad y las prácticas sociales que se le asocian: el poder del jefe de familia, la fortaleza, inteligencia, audacia y sagacidad del hombre, el espíritu de competencia, entre muchos etcéteras que sería prolijo referir.

La realidad cotidiana nos muestra que aún nos falta mucho camino por recorrer. Al ser una cuestión fundamentalmente cultural, la búsqueda de la equidad de género choca con las visiones y prejuicios de los sectores dominantes, de los grupos de poder y con nuestras propias ataduras mentales. Véase si no, por citar algunos ejemplos, cómo los medios de comunicación y la Iglesia en sus mensajes y discursos reproducen invariablemente los estereotipos de desigualdad contra la mujer. Sea la utilización de ellas como objetos sexuales y decorativos o los llamados a rechazar su libre determinación reproductiva. Las mujeres, según estos cánones, además de incorporarse al mercado laboral, deben hacerse cargo del hogar y del cuidado de los hijos, vestidas a la moda y embellecidas para sus parejas, para cumplir con lo que pareciera su "obligación biológica".

De acuerdo a denuncias de destacadas activistas a favor de los derechos de la mujer, las recomendaciones de la Plataforma de Beijing, emitidas hace casi 20 años, orientadas a prohibir el uso de la imagen de la mujer como un estereotipo sexista o denigrante, no han sido acatadas por la autoridad mexicana e incluso otros protocolos internacionales suscritos por el gobierno de nuestro país, como los acuerdos de Toronto de 1987 o los establecidos en el año 2000 por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) en la ciudad de Lima, Perú, no han sido atendidos, para que a través de los medios de comunicación se promoviera la igualdad y la equidad para la mujer. Seguimos con los talentos de televisión, las chicas de calendario, las de los reallity shows, las buenas y villanas de telenovela, entre un sinfín de estereotipos que lastran el cambio de percepciones deseable sobre lo femenino.


Mientras, de acuerdo a datos del INEGI, en el 76 por ciento de los hogares de este país existe violencia contra la mujeres, ya sea física, sicológica o emocional y, en el colmo de los colmos, la mayoría de la población considera esas agresiones como algo natural. Aunque ha habido avances en la tipificación de delitos como el feminicidio, sin duda, como se ha visto en infinidad de casos, persiste la impunidad y la complejidad para llevar ante la justicia a los agresores u homicidas de mujeres.

En otro frente, el político, en México si bien las mujeres obtuvieron el derecho a votar en 1947, y a ser votadas en 1953, los gobiernos y partidos políticos no se interesaron mayormente en ellas hasta que se descubrió su potencial electoral. Las mujeres representan el 51.68 por ciento de los votantes en nuestro país, aunque es evidente que elección tras elección no obtienen una representación proporcional a su participación o a los estándares establecidos por la ONU que estipulan que deben ocupar el 30 por ciento de los cargos públicos.

En el terreno de las oportunidades profesionales, sea en la empresa privada, la academia u otras organizaciones, invariablemente laboran en desigualdad de condiciones de salario, de seguridad en el empleo y de posibilidades de desarrollo profesional y personal.


El reto que enfrentamos para lograr la equidad de género en nuestra sociedad es, pues, enorme. Se requieren grandes transformaciones que no limiten nunca más el papel de la mujer en las esferas social, económica, política y familiar.

Hoy, es claro que ninguna sociedad puede considerarse genuinamente plena, si no respeta el compromiso de la inclusión plena de la mujer en todos los aspectos de la vida nacional.

La lucha política de las mujeres es una lucha inacabada, que exige de las instituciones públicas, los partidos políticos y de todas las organizaciones y sectores, contribuir a hacer realidad los cambios legales que posibiliten construir una nueva dinámica de relaciones sociales y culturales.


Tenemos una agenda pendiente que debe ser abordada con seriedad y compromiso por todos los actores públicos. Asuntos tales como la educación y cultura de la equidad; la salud sexual y reproductiva; la prevención de la violencia intrafamiliar; la incursión en los nuevos terrenos tecnológicos y de la economía, no pueden obviarse en el estudio y en las acciones orientadas a la equidad de género.

No basta sólo con la creación de instituciones u organismos públicos para las mujeres, o con asignarles determinadas cuotas al interior de los partidos políticos. No es con discursos falaces sobre el “empoderamiento” de las mujeres, o con políticas públicas enfocadas en lo asistencial y, desde luego, en la rentabilidad electoral, como se va a avanzar en este sinuoso camino.

Comprometerse en la lucha por la equidad de género es tarea de hombres y mujeres. Es manifestación de una genuina voluntad de cambio. De dejar a un lado los estereotipos, de suprimir el lenguaje discriminatorio, de combatir el acoso sexual y el abuso de poder, de redistribuir equitativamente las actividades entre los sexos en los ámbitos público y privado, de valorar con justicia los distintos trabajos que realizan hombres y mujeres, de modificar las estructuras sociales, los mecanismos, reglas, prácticas y valores que reproducen la desigualdad, en suma, de fortalecer el poder de gestión y decisión de las mujeres.


La igualdad de género es un factor elemental para la modernidad de un país y su desarrollo democrático. Sin ellas no lo lograremos.

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