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Sección: Estado de Veracruz

El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (III)

- A lo largo de miles de años en el Istmo se generaron vastos yacimientos minerales y diversidad de microclimas y ecosistemas

- Era paso obligado en el continente y nicho de asentamiento poblacional

- Su milenaria riqueza natural y étnica, patrimonio de la humanidad, obliga a preservarla y acrecentarla

Vctor A. Arredondo 25/09/2023

alcalorpolitico.com

El contexto Istmeño cuenta con condiciones culturales y naturales muy vulnerables a políticas que no sean debidamente planeadas y monitoreadas. Sus 98 municipios (33 de Veracruz, 46 de Oaxaca, 5 de Tabasco y 14 de Chiapas) se ubican en una región de 2.5 millones de hectáreas. Al norte y noroeste, se ubica la Sierra de los Tuxtlas o de Santa Martha, una reserva de la biósfera con 3,885 km2 de extensión, parcialmente amenazada por la ganadería extensiva y la desforestación. Al seguir la configuración orográfica del Itsmo hacia su extremo oriental se encuentra el volcán Chichonal de la selva zoque que forma parte de la Sierra del Norte de Chiapas y las cañadas del río Tonalá.

Al centro, confluyen la Sierra Madre de Oaxaca, la Sierra Madre del Sur y la Sierra Atravesada, donde destaca la selva de los Chimalapas por su inmensa riqueza y diversidad biológica. El tránsito por la Sierra Atravesada es más expedito en el municipio de Asunción Ixtaltepec cuyo cruce se encuentra a 30 metros al nivel del mar. Y al sur, se encuentra la planicie de Juchitán junto con el Sistema Lagunar Huave, conformado por las lagunas Mar Tileme, Inferior, Oriental, Occidental y Zapoteca o Superior, cuyas demasías desembocan en el Golfo de Tehuantepec.

La lenta configuración del Itsmo de Tehuantepec, a lo largo de miles de años de la era Mesozoica, creó un terreno estriado con montañas, declives y llanos de múltiples composiciones geológicas que propiciaron una vasta acumulación de yacimientos minerales, una enorme diversidad de microclimas y ecosistemas que resguardan miles de especies, así como el asentamiento de poblaciones humanas que han transitado, durante siglos, entre los dos extremos del continente.



Los estudios etnográficos ilustran la variedad de culturas y lenguas que han cohabitado ahí durante más de tres milenios: la cultura mixe-zoque-popoluca en Veracruz, Oaxaca, Tabasco y Chiapas que se ha entreverado con grupos étnicos zapoteco-mixtecas, mazatecos, náhuatls, chontales, chocholtecos, huaves, chinantecos, choles, tzotziles, tzeltales y mayas. Su composición multiétnica se ilustra con su gran diversidad idiomática: “ahí se hablan al menos 33 idiomas mesoamericanos en 3,137 localidades, sin tomar en cuenta las variantes dialectales”.

Aunque algunas poblaciones antiguas se asientan aún en territorios apartados de las sierras de Santa Martha, Chimalapa, Mixe Baja, Cintalapa; en cobijos ubicados en Catemaco, Uxpanapa, Las Choapas, Cintalapa, Ocozocualtla; y en las selvas de El Ocote y la Sepultura, la migración forzada conduce a que no haya grandes extensiones de un grupo étnico en particular. La mayoría de sus poblaciones han producido un crisol multiétnico a través de sus mercados, plazas públicas y zonas marginales de vivienda. A mediados del siglo pasado, Miguel Covarrubias ilustró mediante una excelente etnografía, la labor de los zapotecos para comercializar productos provenientes de comunidades del Valle de Oaxaca, de las zonas lagunares huaves, de los bosques zoques de los Chimalapas, de la sierra mixteca, de los territorios chontales de Tabasco, de las comunidades indígenas chiapanecas, entre otras.

En nuestros días, aún se observan esas relaciones comerciales entre las diferentes etnias en los mercados regionales de Juchitán-Tehuantepec, Matías Romero y Minatitlán-Coatzacoalcos, en donde los zapotecos representan la elite comercial debido a su gran capacidad de adaptación a lo largo del sistema colonial, independentista, postrevolucionario y de industrialización y reacomodo poblacional de los últimos 100 años, cuyo efecto ha sido atroz en el equilibrio de las poblaciones originarias con sus ecosistemas, sus formas de organización y su calidad de vida.



Impacto de los hidrocarburos, la minería y la energía renovable

Desde que en 1863, Manuel Gil y Sáenz intentó explotar el yacimiento superficial “Mina de Petróleo de San Fernando” en Tabasco, se inició gradualmente la apuesta hacia los hidrocarburos con la perforación en 1868 de pozos cerca de Papantla, la reactivación de la mina de San Fernando en 1883 y la expedición al año siguiente del Código de Minas de los Estados Unidos Mexicanos que trasladó el derecho de explotación a los propietarios de los subsuelos. Ello propició la vorágine extranjera de explotación, refinación y comercialización de ese recurso no renovable, causando enormes daños ecológicos.

La expansión de la red ferroviaria nacional que había sustituido el carbón por el petróleo, del sistema de carreteras alfálticas y de la planta automotriz, llevó a un consumo galopante de combustibles; lo que a su vez produjo una gran presión en los campos petroleros, en sus entornos y en las comunidades que recibían la migración de trabajadores de ese imparable sector. Con el acto expropiador del presidente Cárdenas, se consolidó Petróleos Mexicanos, se descubrieron nuevos yacimientos de gas y petróleo en el sureste, se construyeron nuevas refinerías y se multiplicaron los empréstitos bancarios ante la expectativa de convertir a México en una potencia energética. La modernización de la infraestructura nacional iba aparejada con el consumo de combustible.



Esto empezó a romper el balance nacional entre producción y consumo, a pesar de que se continuaron explotando nuevos pozos de petróleo y gas en Tampico, Reynosa, Poza Rica, Nuevo Laredo, Chiapas y Tabasco. Al contrastar la situación imperante antes y después de la expropiación petrolera, se advierte que los daños ecológicos del sector de hidrocarburos han persistido hasta nuestros días. Sus enclaves rodeados de zonas rurales e indígenas impusieron procesos de transformación urbano-industrial sin controles. Los petroleros, que estaban amparados por prebendas gubernamentales, influyeron en la organización del territorio urbanizado, creando servicios públicos modernos y también, brotes de anomias sociales y desforestación por la improvisada llegada de industrias que provocaron devastación de zonas selváticas, manglares, pantanos, regiones agrícolas y recursos hídricos, “ciudades perdidas”, prostitución y conflictos étnicos.

En contraste, las comunidades rurales e indígenas iban quedando proscritas del “desarrollo modernizador”. El fin de la bonanza petrolera en la década de los ochenta volvió a golpear violentamente los territorios dedicados a los hidrocarburos, acompañada ahora de mayores tensiones sociales por la liberalización económica que abandonó la inversión de proyectos públicos y por movimientos sociales de resistencia y a favor de la descentralización del poder territorial. El cierre de empresas y liquidaciones masivas se agudizó con los miles de empleos perdidos por la simultánea reestructuración de los sistemas portuarios y aduanales. Su impacto afectó en cadena al resto de la economía, incluyendo la actividad agrícola; lo que acentuó el desempleo abierto, la migración, la desintegración familiar y las consecuentes crisis económicas y sociales.

Otra fuente de afectación ha sido la minería irracional que usa enormes cantidades de energía y causa afectaciones graves en la atmósfera, suelo y mantos acuíferos, siendo su impacto ambiental mucho mayor, a medida que los recursos minerales son más complejos de procesar porque implican elementos sumamente tóxicos para su extracción y depuración. Es en este sector donde se observa la mayor tensión entre las poblaciones originarias del Istmo y las empresas que buscan su explotación.



La investigación etnográfica indica que estos conflictos tienen raíces profundas, derivadas de una cosmovisión indígena basada en la soberanía territorial desde sus ancestros, en el equilibrio que mantienen con la naturaleza y en que su sentido de pertenencia comunitaria conlleva la acción colectiva en defensa de sus derechos. Ese activismo explica también la oposición a la industria eólica que se ha asentado desde la década de los noventa y que es operada mayoritariamente por empresas europeas. El enorme potencial de las fuentes de energía renovable en la región, por la intensidad solar y de sus vientos, se desdibuja con la imposición vertical de este tipo de proyectos. El asunto de fondo radica en que no se toma en cuenta el punto de vista ni los intereses de las comunidades debido a que prevalece la premisa de obtener la máxima rentabilidad del capital por encima de la naturaleza y de la gente.

El balance de tales afectaciones no sólo implica remediar los impactos nocivos anteriores, sino una regulación escrupulosa sobre el funcionamiento de los nuevos servicios e industrias, de modo que cumplan cabalmente con requisitos como los de la triada ambiente-sociedad-gobernanza que impone la cero emisión de carbono y demás contaminantes, la “economía circular”, la responsabilidad social y una gobernanza basada en la rentabilidad integral -esto es, aquella que genera beneficios para inversionistas, empleados, comunidades aledañas y la ecología. Entonces, la aplicación de planes que ofrezcan certidumbre social sobre el cumplimiento de las nuevas normas conlleva la formación de recursos humanos, el uso de tecnologías, sistemas y procesos de acompañamiento, la puesta en marcha de servicios comunitarios de acción intersectorial en cada localidad, la evaluación, los ajustes necesarios y la certificación experta.


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Artículos de este serie:
El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (I)
El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (II)
El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (III)
El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (IV)
El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (V)
El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (VI)
El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (VII)
El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (VIII)
El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (IX)
El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (X)
El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (XI)
El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (XII)
El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (XIII)
El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (XIV)
El gran desafío veracruzano en el Istmo de Tehuantepec (XV)