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Columnas y artículos de opinión

Festejos presidenciales

Causas y efectos

Por: Alfredo Ríos Hernández

01/07/2019

alcalorpolitico.com

*Voto de castigo y hastío
*¿Sabiduría en comicios?
*Tolerancia y corrupción
 
Hoy el Presidente de México, intenta involucrar a todo el país en “los festejos o celebración” por la derrota electoral que infligió al PRI y al PAN, así como a los “demás” candidatos, precisamente en julio de hace un año, elecciones en las cuales los mexicanos incuestionablemente sufragaron mayormente en contra de las hegemonías partidistas conformadas primordialmente por el priismo y el panismo, referencias del castigo popular hacia tricolores y azulados, claramente registradas por especialistas en la materia, que culminaron en el histórico arribo de don Andrés Manuel López Obrador a la más elevada magistratura de nuestro país.
 
El festejo de hoy en la Plaza de la República no es correcto calificarlo como una celebración nacional, que no sea el vinculado con la clara vigencia en nuestro territorio del respeto en las urnas a la voluntad mayoritaria de los electores, escenarios que privan desde tiempo atrás, cuando el PRI (y los otros) fueron derrotados por el Partido Acción Nacional en la contienda electoral en donde el candidato azulado Vicente Fox, dejó “tendido” al PRI y “compañías” para, posteriormente, doce años después, al término de la administración del Presidente Felipe Calderón (también azul celeste), retornar el tricolor a la Presidencia de la República en la (hoy polémica) figura de Enrique Peña Nieto.
 
Las líneas anteriores en referencia, constituyen un ejemplo (contrario a lo que sostiene el actual Presidente de México) en el sentido de que el pueblo “es precisamente sabio”, porque en realidad la colectividad reacciona no en base a la sabiduría sino a las emociones que le embargan, mucho más ante las urnas electorales, en tanto que en la actualidad la intención del sufragio entre los mexicanos está cifrada en tres factores con influencias determinantes: Uno lo es el hastío, el segundo es el castigo y, el tercero lo constituye la esperanza.
 
Es más, no olvidemos ni ignoremos que, si alguna expresión popular tiene vigencia en evaluaciones sobre el sentido del sufragio en nuestro país, lo es aquel refrán que establece con recurrencia la expresión popular que apunta “más vale malo por conocido que bueno por conocer”.
 
Si en tales escenarios ubicamos los pasados comicios federales efectuados en México hace un año, lo que hoy deberíamos de celebrar, es que pese al marco desilusionante que durante décadas han sido (unas más que otras) los últimas administraciones federales, los mexicanos no olvidan pasadas administraciones públicas de efectos sangrientos, escenarios que la colectividad ha evitado por muchas décadas, rechazando la vía de violencia para acceder al poder (como fue el dramático caso de Luís Donaldo Colosio) reclamo de paz y respeto a la legalidad que ya representa invalorable avance, en tanto que nuestra historia está plagada de intrigas, revueltas e incluso movimientos armados con estelas de horror, muerte y estancamiento en el desarrollo social.
 
Pero una de las recurrentes escenografías en el marco del poder público, que han sustituido a la sanguinaria violencia como vías para obtener el poder (al margen de la terrible violencia delincuencial que priva en México) lo ha sido la manipulación tanto de los recursos económicos destinados a obras y servicios, como de los programas de asistencia social, renglones que con recurrencia son utilizados para inducir la voluntad del electorado hacia una tendencia partidista determinada, obviamente estrechamente vinculada con quienes detentan las riendas de las administraciones municipales, estatales y federales, prácticas que podrían ser acreditadas, sin duda alguna, en los ámbitos de todos los que hoy y en las últimas décadas, se han aislado en significativa dimensión de actos violentos de represión, para mantener los hilos del poder por vía de la tolerancia y la corrupción.
 
Sin embargo, inmersos en un sistema “pluripartidista” que por sus propios orígenes financieros, que constituyen una determinación dictada por el Congreso de la Unión, integrado precisamente por quienes forman parte de ese “pluripartidismo” o sea, legislado exactamente por “los mismos” que reciben los multimillonarios recursos, nuestro sistema partidista se ha convertido, incuestionablemente, en un “negocio de grupos de poder” cuyo costo, de manera íntegra y bastante “bondadoso”, lo cubre el mismo pueblo que en sectores conformados por millones de mexicanos, viven en rangos ya no sólo de marginación, sino de aguda tendencia hacia el asistencialismo gubernamental, rangos en el cual también se cultivan dádivas oficiales por vía de programas para el bienestar.
 
Pero debe apuntarse que tales escenarios no son acreditables en sus orígenes (aunque no están ausentes en sus prácticas y utilidad) a la “Cuarta Transformación”, que apenas lleva seis meses con las riendas del poder, sin embargo y por lo mismo, porque tales efectos tienen de alguna forma orígenes interconectados con el pasado, con la misma causa registrada en el marco de nuestro sistema político desde décadas atrás, obligados estamos a reflexionar y valorar, si un triunfo electoral “tan democrático” al amparo de “nuestro estilo”, como lo fue el de Vicente Fox (PAN), Felipe Calderón (PAN), Enrique Peña Nieto (PRI) y ahora Andrés Manuel López Obrador (MORENA), resulta lógico y apropiado el celebrarlo con campanas al vuelo.
 
La interrogante sería ¿Qué celebraríamos?... ¿Qué PRI, PAN, MORENA, VERDE y todas las demás organizaciones partidistas y candidatos, sufragados económicamente de manera “muy generosa” con el erario del pueblo mexicano, respetaron la mayoría de los sufragios emitidos por el electorado en los pasados comicios federales?...
 
Tales renglones no merecen celebración, dado que constituyen una obligación tanto de las autoridades como del pueblo, sea del partido que sea, incluyendo a los apartidistas, respetar los resultados de un proceso electoral y, lo que hoy, después de un año de los comicios en referencia, sí se está obligado a cumplir, es que se extinga la sangrienta violencia y actividad delincuencial que privan en el país; que se incrementen de manera clara y puntual las fuentes de trabajo; que se estimule el poder adquisitivo de todos los mexicanos, pero primordialmente de los sectores mayormente desprotegido en éstos renglones; que se brinden mejores servicios de salud y se impulse hacia niveles de eficacia al sector educativo; que se eviten escenarios en tierras nacionales en los cuales pareciera que se fomenta la migración de “ilegales” hacia Estados Unidos, que se abran mayores espacios para productos nacionales en el mercado internacional, que se mejoren vías de comunicación, que no exista desempleo y se incrementen los ingresos de “quienes trabajan” (así, entrecomillado) y sobre todo, de manera especial y emergente, que se eliminen las causas y los efectos que originan los niveles delincuenciales que ensombrecen al país.
 
Por el momento, no se advierten avances significativos que no sean los electorales, para realmente entusiasmarnos y celebrar los efectos derivados de un proceso electoral registrado hace un año… Está claro que existen visos, que se advierten algunas esperanzas, privan estilos diferentes para administrar y dirigir al país, pero el estancamiento en materia de desarrollo integral persiste y, lo que precisamente debemos buscar es que impere la democracia no sólo en lo referente a partidos políticos y sus candidatos, sino que se expanda y palpite en el marco del desarrollo integral de los mexicanos, para que todos avancemos hacia un mejor nivel y panorama de vida pero y… La verdad: Tales escenarios siguen aún pendientes… Ahí la dejamos.
 
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