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Legado del 68: ¿Hemos aprendido la lección?

El 2 de octubre del 68 provocó la frustración y la actitud vacilante sobre la verdadera transformación en México

Vctor A. Arredondo 09/10/2018

alcalorpolitico.com

(Primera de 3 partes)
 
En los primeros meses de 1968, cuando iniciaba la carrera de Actuaría en la Facultad de Ciencias de la UNAM, después de haber estudiado antes, sólo en instituciones particulares, me sorprendió sobremanera el activismo cultural que se respiraba en el entorno de Ciudad Universitaria (CU). La amplia y diversa oferta de conferencias, presentaciones y pre-ventas de libros, cine debates, audiciones musicales, obras de teatro y seminarios abiertos al público sobre temáticas diversas, correspondía cabalmente a la pluralidad ideológica y riqueza intelectual de una universidad pública, en pleno apogeo.
 
La intensa actividad en la Facultad de Ciencias no se quedaba atrás. El alto nivel de sus docentes y cursos se traducía en célebres cátedras multitudinarias en su auditorio principal. Aunque ese formato didáctico desatendía las diferencias académicas de cada alumno, esto se buscaba corregir con el apoyo de asistentes de los catedráticos que tenían a su cargo grupos pequeños de estudiantes para resolver sus dudas y ofrecer orientación en el estudio.
 
Otro aspecto distintivo de nuestro método de aprendizaje, eran las espontáneas dinámicas de grupo entre compañeros de la misma carrera para colaborar en el repaso de notas y el cumplimiento de tareas pendientes. En lo personal, esa modalidad me resultaba imperiosa, porque mi perfil académico de entrada no estaba a la altura de la exigencia de aquellos cursos. Yo venía del Colegio México de Orizaba, una preparatoria particular que ofrecía un programa de estudio de dos años, con un rigor académico menor en el campo de las matemáticas.
 
Ese hecho me ponía en obvia desventaja para seguir el paso a mis compañeros, quienes en su mayoría eran egresados de las prepas de la UNAM y que llegaban con una formación sólida en esa área del conocimiento y en otras. Mis evidentes lagunas las debía resolver con un mayor empeño para no quedarme rezagado en el mundo de los cálculos diferenciales y las proyecciones dinámicas.
 
Tal desafío escolar me empezaba a causar frustración. Pero la compensaba con otra fuente de estímulos en mi formación personal: las discusiones intelectuales con mis compañeros y la lectura de libros, carteles y recortes de la “prensa clandestina” que inundaban a diario los estantes y muros de la propia Facultad y del resto de las instalaciones de CU. En las pausas entre clase y clase, pude conocer sobre los diversos y trágicos acontecimientos causados por la represión gubernamental contra líderes sociales, sindicatos independientes y movimientos de reivindicación ciudadana en México y otros países. Dicha información no era más que un anticipo premonitorio de lo que meses después sucedería en nuestro país.
 
El entorno universitario de esa época cumplía cabalmente con el precepto de la formación integral, al tiempo que desnudaba la decepcionante experiencia de pertenecer a un país cuyo gobierno practicaba la censura, el control de la información y la represión contra quienes calificaba como “opositores al régimen”.
 
Ahí aprendí también lo aberrante de una sociedad que mantenía desinformada a la mayoría de su población, cancelando con ello la posibilidad de promover el pensamiento crítico y reflexivo sobre nuestras graves desigualdades, así como los valores de la autoeficacia y la solidaridad social, indispensables para transformar nuestra realidad nacional.
 
Fue en ese estado de cosas, cuando en una de mis clases matutinas, un grupo de compañeros de semestres avanzados de la Facultad de Ciencias, ingresó al salón para informarnos sobre la importancia de reorganizarnos como base estudiantil y oponernos a la reelección de los directivos del consejo estudiantil del momento: había evidencias irrefutables de que sus líderes estaban afiliados al MURO, la organización de extrema derecha que mostraba un extraño activismo de propósitos encubiertos.
 
Del grupo de alumnos que ese día intervinieron en el salón, la participación de Gilberto Guevara Niebla es la que recuerdo como la más convincente. Aún tengo en la memoria algunas de sus premisas: “Ante la actitud represiva del gobierno contra la pluralidad ideológica y la vida democrática, ante el silencio de los medios y de otras organizaciones sociales, la universidad pública no puede ser sorda ni muda… México necesita un cambio a partir de las nuevas generaciones… Los universitarios tenemos la palabra”… Tales conceptos, expresados en términos mucho más elocuentes y emotivos me dejaron perplejo… Y en efecto, había que hacer algo.
 
Empecé por afiliarme a su planilla –denominada entonces la planilla negra- al registrarme como vocal del grupo matutino de primer semestre al que pertenecía… Mi labor consistía, junto con la de otros compañeros, en transcribir mensajes en carteles para su divulgación en todos los espacios universitarios disponibles, así como hacer proselitismo con miras a las elecciones venideras de la nueva mesa estudiantil de la Facultad de Ciencias.
 
La reacción de los dirigentes estudiantiles impugnados no se hizo esperar: iniciaron la contraofensiva mediante una persistente campaña en contra de Gilberto Guevara y otros compañeros. Recuerdo muy bien aquella asamblea estudiantil convocada por la mesa directiva perteneciente al MURO, en el Auditorio de Ciencias, para solicitar la firma de un documento dirigido a Rectoría, donde se solicitaba su expulsión de la UNAM por ser un “provocador comunista entrenado en Cuba”.
 
Como era de esperarse, la mayoría de los ahí convocados no tenían información de los verdaderos intereses que la mesa directiva se estaba jugando, así que al inicio, el ánimo de la asamblea se inclinaba a su favor. De pronto, a media discusión se presentó Gilberto para pedir la palabra en su defensa y la reacción inicial no le fue favorable. Sin embargo, dado que era inadmisible juzgar a alguien en un espacio universitario sin otorgarle el derecho de voz, finalmente se le concedió.
 
En esa ocasión, realizó una intervención memorable que no solo cambió el voto del pleno de la asamblea sino que llevó al repudio y destitución de esa mesa directiva. Ahí se sentaban las bases para el despegue de uno de los indiscutibles líderes del Comité Nacional de Huelga y del movimiento que estaba por iniciar… Y también, el inicio de una represión feroz adicional: aquella contra los jóvenes. Ser estudiante, tener el cabello largo y vestir ropa estropeada o de mezclilla era objeto suficiente de sospecha y represión por parte de la policía o el ejército.  
 
El 2 de octubre del 68 no solo dejó una cicatriz indeleble en nuestra historia, también provocó la frustración y, en algunos miembros de nuestra generación, una actitud vacilante sobre la perspectiva real de una verdadera transformación en México.
 
En mi caso, me llevó a inscribirme, en 1969, a la carrera de Psicología de la UNAM. Con ello, tenía la expectativa de hallar un camino de reencuentro personal y obtener herramientas, a través de la educación, para colaborar con la convicción de que la solidaridad era clave para el cambio social. Dos años después, me trasladaría a Xalapa para estudiar Psicología Educativa en la Universidad Veracruzana. El reconocimiento internacional que había alcanzado su plan de estudios y el intenso y atrayente activismo cultural universitario, que ahora extrañamos, fueron dos razones de gran peso para dejar la ciudad de México.

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Presentado en “Jornadas Académicas: De Tlatelolco a Ayotzinapa, un paso adelante y tres atrás”. Auditorio del IIHS, UV. Octubre 8, 2018.
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