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Columnas y artículos de opinión

Desde la cuarentena (VI)

Diario de un reportero

Por: Miguel Molina

23/04/2020

alcalorpolitico.com

Vivir para ver. Este miércoles hace cuarenta y seis días que me asomo al mundo desde mis ventanas o lo veo en el breve trayecto al supermercado o a los contenedores donde se depositan los desechos orgánicos: dos cuadras para un lado o dos cuadras para el otro. Y ya. Por el momento, es el espacio en el que vivo.
 
Es más que suficiente, si uno piensa que el mal grande anda por las calles y se esconde en las cosas que hasta hace poco eran parte de la vida común y corriente. El organismo de uno ya no está para filigranas, y el ocio – por llamarlo de alguna manera – me permite leer lo que se había ido acumulando en mi buró y en otros lados. Oigo a Chopin sin prisas.
 
Pero ver es educativo y entretenido. Por ejemplo, el lunes vi que la vecina del primer piso del edificio de enfrente sacó una mesita a su balcón, puso una máquina de coser sobre la mesita, y empezó a trabajar. A media tarde, su hijo de unos nueve o diez años estaba aprendiendo a usar el aparato, y antes de que oscureciera cosechó el fruto de sus labores: una bolsa para ir al mercado.
 
El regocijo de ver cómo aprendía el niño no me duró mucho. El martes me enteré de que el secretario de Gobierno de Veracruz, Eric Cisneros, amenazó con sancionar – aunque no dijo cómo – a los alcaldes que no permitan el ingreso (de personas, se entiende) y el libre tránsito en sus municipios.
 
No sé si el funcionario – que es ingeniero agrónomo – aproveche la pandemia para leer, pero sería bueno que le diera una vuelta a la Ley Orgánica del Municipio Libre, que expresamente confiere a los Ayuntamientos la atribución de velar por la salud pública municipal, y les obliga (artículo 49, apartado referente a la Comisión de Salud, y artículo 60, apartado referente a la Comisión de Población) a implementar acciones para la prevención de factores de riesgo, y para combatir la propagación de epidemias y plagas.
 
La ley no dice que tienen que esperar a que les digan de arriba lo que deben hacer, sobre todo porque la cosa ya cambió y el gobierno de ahora no es como los de antes... Lo que están haciendo los municipios que restringen la entrada de quienes vienen de otras partes es limitar la posibilidad de contagios.
 
Los viajeros – cuyo derecho al libre tránsito no es mayor que el derecho de la mayoría a estar a salvo de contagios – tienen que quedarse en sus casas, o donde estaban viviendo cuando los agarró la cuarentena, porque las indicaciones del gobierno federal son precisas: no salgan, quédense en su casa. Y hay que hacerle caso al doctor López Gatell o a Javier Alatorre.
 
Ninguna precaución sobra, porque el país y el mundo viven en una situación de emergencia extraordinaria. La advertencia del funcionario implica que el gobierno de Veracruz está dispuesto a permitir que los contagios se disparen porque la autoridad superior no dice que se pueda restringir al paso a visitantes en lugares donde por suerte no ha habido casos de Covid-19.
 
Y luego fue miércoles.
 
Nadie en el mediodía
 
Me asomo por una ventana. El parquecito de mi calle está vacío. Me asomo por la otra. Hasta donde puedo ver, en este caso la rue du Bois, la escuela provisional más allá, la plaza de Château-Bruyant y el Callejón de la Testosterona (le decimos así porque ahí hacen ejercicio muchachos y muchachas de músculo variopinto y sudoroso) todo está vacío.
 
De vez en cuando pasa un carro, una camioneta, una paloma. Quién sabe qué hay más allá. Del otro lado del mundo, en Estados Unidos, la arrogancia y la ignorancia han sacado a la calle a quienes, incitados por Donald Trump, no creen – como si las enfermedades fueran una cuestión de creer – que la enfermedad del coronavirus sea cierta.
 
En México pasa casi lo mismo. He oído y he leído a quienes dicen que la pandemia no es cierta porque no han visto a nadie morirse de Covid-19, ni se saben los nombres de los que han muerto ni nada, y andan de aquí para allá como si todo fuera como antes. Basta visitar los mercados de Xalapa para darse cuenta.
 
Los peores son los que todavía pierden el tiempo discutiendo si las cifras oficiales están manipuladas (como si eso fuera importante), aunque su arrogancia ignorante – o su ignorancia arrogante – va a desaparecer en el momento en que se empiecen a morir sus familiares y sus amigos. Para entonces será tarde.
 
En fin. Me concentro en los muslos de pollo que van a alegrar la cena en una cama de papas y cebolla con un chorrito de vino blanco y hojas de tomillo. Mañana será otro día. Yo me quedo en mi casa.

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