20 de marzo de 2026
alcalorpolitico.com
No soy el primero ni seré el último en señalar que la reforma electoral que propone el plan B de la presidenta Claudia Sheinbaum busca destruir – no sé si a propósito o por descuido – la estructura federalista que se creó hace más de cien años. Para el proyecto político de la señora, los estados que antes eran soberanos y los municipios que antes eran libres tendrían que cumplir las órdenes de la Presidencia y nada más.
Tampoco soy el primero ni seré el último en preguntar quién redactó el plan B del proyecto presidencial, y en qué pensaba cuando tuvo la ocurrencia de invadir áreas que no son de la competencia de ninguno de los tres poderes de la Nación, en busca de un ahorro que sólo servirá para pagar el creciente gasto del gobierno federal en programas clientelares.
El gobierno central plantea establecer topes presupuestales para los congresos estatales, y disminuir el número de regidurías en los gobiernos municipales, por ejemplo. Poco falta para que se repita la idea de desaparecer los estados para convertirlos en departamentos, cuyos gobernadores (y gobernadoras) y legislaturas eran nombrados por el centro.
Esa era la vaina que establecía la Constitución de 1836, promulgada por el presidente interino José Justo Corro, pero orquestada por Antonio López de Santa Anna, quien disfrutaba en su rancho una de las muchas licencias que pidió cuando era el hombre fuerte. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero la Reforma y la Revolución nos enseñaron que no hay ley que dure cien años, ni cargo que los resista.
Y está lo del petróleo
No el que México enviaba o sigue enviando a Cuba, sino del que llegó a las costas veracruzanas. Nadie sabe de dónde viene. O sí sabe: viene de un buque privado – y anónimo en estos tiempos de transparencia cuatroteísta – que hacía trabajos de exploración en el Golfo de México, y las autoridades no dudaron en declarar que Petróleos Mexicanos no era responsable.
Sabemos que Petróleos Mexicanos no es responsable, porque es el gran contaminador de fuentes de agua del país, pero no ha asumido su responsabilidad en la contaminación, ni recibido ninguna sanción que lo haga corregir sus descuidos ni pagar los daños que causan. Si hay multas, el dinero que viene de los fondos públicos de la paraestatal va a las arcas del gobierno. Los verdaderos perjudicados no reciben un quinto, ni una explicación, ni una disculpa, ni nada.
Y la fauna y la flora del mar, como la de los ríos y los arroyos y las lagunas, muere poco a poco, cubierta de chapapote ante los ojos mismos de quienes tienen la obligación de cuidarlas y no hacen nada aunque la Nación se los demande, porque la Nación es cada vez más lo de menos.
Desde el balcón
Por fin, uno se puede sentar en el balcón y poner la copa en la mesa amarilla que cruzó media Europa, y disfrutar la malta, el bullicio y la paz, al mismo tiempo. El bullicio es de los niños que juegan y se ríen en el paseo de la Corredera, y la paz es lo que viene con las risas puras y la luz que suavizan algunas nubes. La malta sigue siendo la de siempre, porque hay cosas que no tienen por qué cambiar.
El sol es tímido y la brisa es fresca. Uno sabe que pronto será primavera. Y uno sabe también que del otro lado del mundo hay unos ocupados de lo que dicen otros, y buscan significados que no estaban ahí y encuentran mensajes ocultos en las palabras de quienes tienen el poder y de quienes no lo tienen, en un ejercicio inútil y constante. Uno toma un sorbo de malta. Y luego otro, antes de que vuelva a haber elecciones de lo que sea.
Tampoco soy el primero ni seré el último en preguntar quién redactó el plan B del proyecto presidencial, y en qué pensaba cuando tuvo la ocurrencia de invadir áreas que no son de la competencia de ninguno de los tres poderes de la Nación, en busca de un ahorro que sólo servirá para pagar el creciente gasto del gobierno federal en programas clientelares.
El gobierno central plantea establecer topes presupuestales para los congresos estatales, y disminuir el número de regidurías en los gobiernos municipales, por ejemplo. Poco falta para que se repita la idea de desaparecer los estados para convertirlos en departamentos, cuyos gobernadores (y gobernadoras) y legislaturas eran nombrados por el centro.
Esa era la vaina que establecía la Constitución de 1836, promulgada por el presidente interino José Justo Corro, pero orquestada por Antonio López de Santa Anna, quien disfrutaba en su rancho una de las muchas licencias que pidió cuando era el hombre fuerte. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero la Reforma y la Revolución nos enseñaron que no hay ley que dure cien años, ni cargo que los resista.
Y está lo del petróleo
No el que México enviaba o sigue enviando a Cuba, sino del que llegó a las costas veracruzanas. Nadie sabe de dónde viene. O sí sabe: viene de un buque privado – y anónimo en estos tiempos de transparencia cuatroteísta – que hacía trabajos de exploración en el Golfo de México, y las autoridades no dudaron en declarar que Petróleos Mexicanos no era responsable.
Sabemos que Petróleos Mexicanos no es responsable, porque es el gran contaminador de fuentes de agua del país, pero no ha asumido su responsabilidad en la contaminación, ni recibido ninguna sanción que lo haga corregir sus descuidos ni pagar los daños que causan. Si hay multas, el dinero que viene de los fondos públicos de la paraestatal va a las arcas del gobierno. Los verdaderos perjudicados no reciben un quinto, ni una explicación, ni una disculpa, ni nada.
Y la fauna y la flora del mar, como la de los ríos y los arroyos y las lagunas, muere poco a poco, cubierta de chapapote ante los ojos mismos de quienes tienen la obligación de cuidarlas y no hacen nada aunque la Nación se los demande, porque la Nación es cada vez más lo de menos.
Desde el balcón
Por fin, uno se puede sentar en el balcón y poner la copa en la mesa amarilla que cruzó media Europa, y disfrutar la malta, el bullicio y la paz, al mismo tiempo. El bullicio es de los niños que juegan y se ríen en el paseo de la Corredera, y la paz es lo que viene con las risas puras y la luz que suavizan algunas nubes. La malta sigue siendo la de siempre, porque hay cosas que no tienen por qué cambiar.
El sol es tímido y la brisa es fresca. Uno sabe que pronto será primavera. Y uno sabe también que del otro lado del mundo hay unos ocupados de lo que dicen otros, y buscan significados que no estaban ahí y encuentran mensajes ocultos en las palabras de quienes tienen el poder y de quienes no lo tienen, en un ejercicio inútil y constante. Uno toma un sorbo de malta. Y luego otro, antes de que vuelva a haber elecciones de lo que sea.