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Columnas y artículos de opinión
Diario de un reportero
Ya no cabe nada más bajo la alfombra
Miguel Molina
29 de enero de 2026
alcalorpolitico.com
            Lo que hemos visto en los últimos siete años confirma que uno vota con la esperanza en vez de hacerlo con la experiencia. El Movimiento de Regeneración Nacional y su líder nos prometieron que serían diferentes, que no harían lo que hicieron el Partido Revolucionario Institucional ni el Partido Acción Nacional, que acabarían con la corrupción y la impunidad, que eliminarían la violencia, que habría atención médica y medicinas para todos, que los mexicanos viviríamos en el paraíso.
            No fue así. La realidad se encarga de poner las cosas en su lugar, más allá de las palabras que a diario se empeñan en decirnos que todo va bien y pronto irá mejor, porque el pueblo es primero. Pero no, no, no. Una y otra vez hemos dicho en este espacio – y otros han dicho lo mismo, antes o después – que el discurso oficial no es suficiente para ocultar la verdad. Ya no cabe nada más bajo la alfombra.
            Petróleo, camionetas, poderes          
            Tres hechos recientes sirven de ejemplo. El primero es el asunto del petróleo que México regaló a Cuba durante varios años sin autorización y tal vez sin conocimiento del pueblo bueno, en una operación que se distinguió por su opacidad y por la que nadie rindió cuentas. Esta semana, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció que los envíos se suspendieron por decisiones contractuales de Pemex y no de un giro político o presiones externas, como si nadie supiera que las amenazas de Donald Trump ya no se pueden ignorar después de la intervención de Estados Unidos en Venezuela.
            El segundo asunto es el de las camionetas de la Suprema Corte de Justicia, que pusieron en evidencia su sentido de la austeridad comprando camionetas blindadas de más de dos millones de pesos para los Ministros – y más de quinientos vehículos para el Poder Judicial –, pagando trescientos mil pesos en togas, y un millón y algo en una ceremonia religiosa (que aunque fuera en honor a Quezalcoátl era religiosa), además de cosas que todavía no salen a la luz.
            El presidente de la Suprema Corte defendió los gastos diciendo que la seguridad no es un lujo, y declaró que él puede ir a trabajar en el metro o en el transporte público. En serio. Lo que todavía no se explica es por qué se van a gastar sesenta y cinco mil pesos mensuales en alimentos para cada ministro. Según el discurso oficial, la Suprema Corte y sus ministros son iguales al resto de los mexicanos, pero no tanto.

            Y el tercer asunto tiene que ver con las declaraciones de la presidenta sobre cincuenta y nueve privilegios que tenía la Suprema Corte de antes, entre otros los apoyos para reparación de refrigeradores (en serio), para compra de despensa y alimentos a domicilio, y camisetas y bordado de ropa, para mantenimiento de elevadores en los domicilios de los ministros.
            También se eliminaron los apartados de lugares en estadios de futbol y beisbol, las reservas de mesa en restaurantes, para traslado de amistades y traslado urgente de objetos personales dejados en sus domicilios por olvido, para conseguir autógrafos de artistas, boletos o lugares preferenciales en un evento, para asignar a personal de oficina para hacer guardia en sus domicilios privados o para cuidar a los niños.
            Se acabó el uso de vehículos oficiales para festejos en eventos privados, el uso de personal para labores de limpieza y carga en domicilios particulares, y para traslado de familiares a consultas médicas. Ya no habrá apoyos para comprar boletos de avión, para hoteles y para salones de fiesta, para compra de flores y coronas en funerales, para inscripción en escuelas y pago de colegiaturas, y cosas así, que hacían a los ministros mexicanos privilegiados por sobre todas las cosas.
            Nadie estaría de acuerdo en que la Suprema Corte del morenismo conservara esos placeres. Pero el discurso oficial sobre el despilfarro ajeno para ocultar el propio se saltó la división de poderes, porque el Ejecutivo no tiene por qué meterse en los asuntos del Judicial, aunque sean del mismo partido. Eso hacían los gobiernos neoliberales, cuando la figura presidencial era omnipotente y omnipresente.
            Desde el balcón
            Uno se asoma, malta en mano, y comprueba que sigue lloviendo. Uno llegó aquí con las lluvias de Francis, y sintió las de Goretti, las de Harry, las de Ingrid y las de Joseph. Más tarde vinieron las lluvias de Kristin, y después quién sabe. Hubo carreteras bloqueadas por la nieve, ríos desbordados, ventarrones que soplaban a más de cien kilómetros por hora, olas de nueve metros de altura, y una mujer murió en Torremolinos cuando le cayó encima una palmera tronchada por el viento.

            De pronto sale el sol, y el mundo brilla. Uno ve las nubes, los molinos de viento en Portugal, la luz del mediodía, las calles húmedas, y alza la copa y toma un sorbo de malta y piensa que el Diluvio Universal duró menos que las borrascas recientes y las que vienen. Y toma otro sorbo de malta, y luego otro.

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