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Columnas y artículos de opinión
Diario de un reportero
El mismo infierno
Miguel Molina
26 de febrero de 2026
alcalorpolitico.com
         La presidenta Claudia Sheinbaum declaró esta semana que el país está en plena normalidad después de las furiosas reacciones del narcotráfico a la muerte de Nemesio Oseguera.
         Al menos once estados sufrieron bloqueos de carreteras, y vivieron horas de miedo y de incertidumbre ante la violencia de la respuesta de los delincuentes que se quedaron sin jefe por un momento.
         No hubo detenidos por ninguno de estos hechos violentos. Y luego – según la señora Sheinbaum – México volvió ser normal. La normalidad en este caso es lo que los mexicanos viven desde hace veinte años: miedo, asesinatos, secuestros, desapariciones, extorsiones, asaltos...
         Esta nueva normalidad nacional comenzó un miércoles de septiembre hace dos décadas, cuando un grupo armado arrojó cinco cabezas humanas en la pista de baile del centro nocturno Sol y Sombra de Uruapan, y dejó un mensaje firmado por La Familia Michoacana.
         Tres meses después de ese día, a petición del gobernador Lázaro Cárdenas Batel – hoy cercano colaborador de la presidenta Sheinbaum – el entonces presidente Felipe Calderón lanzó el Operativo Conjunto Michoacán, y pasó lo que todos sabemos.
         No hay paz. No ha habido paz desde entonces. Tres gobiernos (el de Calderón, el de Enrique Peña Nieto, y el de Andrés Manuel López Obrador) han fracasado en su intento de acabar con la violencia que se extiende cada vez más por el territorio nacional.

         Uno entiende que el discurso político tiene que ser optimista. Pero en el México de nuestros días no hay mucho lugar para el optimismo. La experiencia ha demostrado que cuando cae la cabeza de una organización criminal surgen otras diez, otra veinte, muchas.
         Poco cambia. Esta vez, con la caída de El Mencho, muchos se apresuraron a declarar que por fin comenzaba el gobierno de Claudia Sheinbaum, y que asistíamos al principio del fin del gobierno del señor que se fue a su rancho. Puede ser.
         Es claro que se acabaron los abrazos, tan claro como que el gobierno de Estados Unidos tuvo mano negra en el operativo contra Oseguera. Muchas voces no oficiales cuestionaron la participación estadunidense sin pensar que esa intervención funcionó.
         No han faltado las teorías que aseguran que el narcotraficante fue asesinado para evitar que hablara sobre sus relaciones políticas en México y en otras partes. Por supuesto, falta que caigan los narcopolíticos.
         Por lo pronto, se reforzó la seguridad en Palacio Nacional, porque, pese a todo, México sigue siendo presa de los grupos delincuentes, y con la muerte de El Mencho vamos a vivir en el mismo infierno pero con diferentes diablos. Eso sí.
         Qué le dice a su familia

         Durante el tiempo que viví en Ginebra – casi trece años – fui asesor de medios de varios presidentes del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Parte de mi trabajo era prepararlos para sus relaciones con la prensa internacional.
         Invariablemente, sus equipos de comunicación me advertían que no hiciera conversación trivial con esos altos funcionarios, que estaban ocupados en asuntos importantes. Invariablemente, mi primera pregunta era qué les decían a sus hijos o a sus hijas cuando llegaban a su casa después de un día de trabajo.
         ¿Hablaban de lo que habían visto, de lo que habían oído, de los les habían dicho? ¿Compartían con su familia sus ideas, sus reflexiones, sus preocupaciones, sus decisiones? ¿Cómo reaccionaban sus familias, qué les decían, qué les aconsejaban?
         Pero eso no tiene que ver con los medios, me dijo un día el asesor de comunicación de la presidencia del Consejo. Al contrario, le dije. Si el embajador o la embajadora habla con los medios como habla con su familia, si cuenta las cosas como si estuviera hablando para personas, se entendería mejor lo que hacen, y los motivos que tienen para hacerlo.
         Es que los personajes públicos hablan para la posteridad – o para la posterioridad, como dijo un periodista xalapeño en una afortunada errata – y no para las personas...
         Sería interesante saber qué le dice la presidenta Sheinbaum a su familia y a sus amigos, y cómo les dice lo que les dice. Y qué le dicen a ella sus familiares y sus amigos.

         Desde el balcón
         Este viernes, cuando esté amaneciendo en México, uno abrirá la puerta del ventanal y por última vez saldrá al balcón que mira al muro de árboles todavía pelones, oirá el alboroto de los pájaros y el ruido de los niños que van al parque, y verá el alto cielo azul.
         No habrá malta. Alguien tocará el timbre de la puerta, saludará, revisará los rincones del apartamento, y uno entregará las llaves de la casa de una vez y para siempre. El sábado, uno se irá a otra parte, a otros balcones, y se sentará con una copa de malta a ver cómo se pasa la vida, tan callando.

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