2 de abril de 2026
alcalorpolitico.com
Vamos a olvidar por hoy las gotas de chapapote que ensucian las playas y matan animales marinos, aunque en el discurso oficial sólo hubo una tortuga varada y sin manchas de petróleo. Según Rocío Nahle, la gobernadora de Veracruz, "la tortuga estaba revolcada en un sitio, nosotros la vimos y se regresó al mar", y las versiones sobre delfines muertos no son ciertas.
La fuente de la señora Nahle es Ángel Carrizales, el procurador de Medio Ambiente del Estado, quien fue a tomarse la foto en una playa un mes después del derrame cuyo origen nadie –ni la Presidenta misma– ha logrado explicar. Cada día tienen una versión distinta que no alcanza a aclarar qué pasó ni quién es responsable del derrame. Pero las fechas no están para seguirse ocupando de mentiras oficiales ni de ninguna otra clase de cuentos.
Por hoy, haré una reflexión personal. Este mes comenzó con la noticia de que la librería Iris cerró sus puertas para siempre después de cuarenta años. Yo la visité por primera vez cuando decidimos dejar Ginebra y venir a esta punta de Galicia al pie del Miño, a dos pasos –es un decir– de Portugal, y encargué un libro, no recuerdo cuál.
Las dueñas eran, son, tres hermanas, señoras mayores, cuya generosidad llegó al punto de darme un recetario de cocina gallega como regalo de navidad. Con ellas conseguí El arte de leer las calles (un ensayo sobre el flâneur, palabra que no me atrevo a traducir, pero designa a una persona que se pasea sola por las calles de las ciudades y para comprenderlas mejor se mezcla con la gente sin llegar a ser parte de la muchedumbre, como explica alguna parte del prólogo).
Me dijeron que no lo tenían pero lo iban a encargar. Les di mi dirección y les dije que también podían salir a la puerta de la librería y verme en el balcón del otro lado de la calle cualquier tarde. Así fue hasta el día que cerraron. Creo que no las he vuelto a ver. Y ahora sé que –como dice Pérez Reverte– llega una edad en que las librerías son más útiles que las farmacias.
El asunto de los flâneurs me hizo pensar en otro tipo de personaje que busca las multitudes sin mezclarse con ellas: los políticos, sobre todo los políticos mexicanos.
Solos en la multitud
Uno los ve venir: largas caravanas de vehículos a gran velocidad, docenas de guardaespaldas que impiden el paso a la gente del común y la empujan o la golpean si tratan de acercarse a quien en teoría representa a todos y decide por todos. A veces, el personaje se detiene unos segundos para decir algo, para prometer cualquier cosa, para oír sin escuchar, y sigue su camino sin obstáculos.
Los políticos no van a ver a la gente, que es una masa informe, un conjunto de rostros anónimos. Tampoco van a comprenderla, porque para eso tienen asesores. Van a que los vean, a que los oigan –aunque no les importa si la gente se va a medio discurso–, a decir que todo va bien y estará mejor gracias a los planes y programas del partido.
Y terminan de decir lo que iban a decir y se van por donde vinieron, seguidos por una nube de vehículos llenos de guardaespaldas. Estuvieron –están, estarán– solos en la multitud, porque esa es la condición de quienes tienen el poder. Aunque no se den cuenta, están fuera y ya no podrán volver a ser lo que fueron, si es que alguna vez fueron.
Desde el balcón
Ah, la primavera. Uno sale y se sienta al sol que baña el balcón de la sala, a ver quién pasa por la calle mientras la malta se entibia en la copa. Y uno se siente como un flâneur inmóvil que en vez que salir a pasear contempla a los que pasean en la Corredera, donde ya comenzaron a florear los castaños. Esta noche, en el alto cielo de Galicia, brillarán Júpiter y Sirio y muchas otras estrellas, pero sobre todo la luna llena del miércoles. Y habrá música en alguna parte. Así cualquiera.
La fuente de la señora Nahle es Ángel Carrizales, el procurador de Medio Ambiente del Estado, quien fue a tomarse la foto en una playa un mes después del derrame cuyo origen nadie –ni la Presidenta misma– ha logrado explicar. Cada día tienen una versión distinta que no alcanza a aclarar qué pasó ni quién es responsable del derrame. Pero las fechas no están para seguirse ocupando de mentiras oficiales ni de ninguna otra clase de cuentos.
Por hoy, haré una reflexión personal. Este mes comenzó con la noticia de que la librería Iris cerró sus puertas para siempre después de cuarenta años. Yo la visité por primera vez cuando decidimos dejar Ginebra y venir a esta punta de Galicia al pie del Miño, a dos pasos –es un decir– de Portugal, y encargué un libro, no recuerdo cuál.
Las dueñas eran, son, tres hermanas, señoras mayores, cuya generosidad llegó al punto de darme un recetario de cocina gallega como regalo de navidad. Con ellas conseguí El arte de leer las calles (un ensayo sobre el flâneur, palabra que no me atrevo a traducir, pero designa a una persona que se pasea sola por las calles de las ciudades y para comprenderlas mejor se mezcla con la gente sin llegar a ser parte de la muchedumbre, como explica alguna parte del prólogo).
Me dijeron que no lo tenían pero lo iban a encargar. Les di mi dirección y les dije que también podían salir a la puerta de la librería y verme en el balcón del otro lado de la calle cualquier tarde. Así fue hasta el día que cerraron. Creo que no las he vuelto a ver. Y ahora sé que –como dice Pérez Reverte– llega una edad en que las librerías son más útiles que las farmacias.
El asunto de los flâneurs me hizo pensar en otro tipo de personaje que busca las multitudes sin mezclarse con ellas: los políticos, sobre todo los políticos mexicanos.
Solos en la multitud
Uno los ve venir: largas caravanas de vehículos a gran velocidad, docenas de guardaespaldas que impiden el paso a la gente del común y la empujan o la golpean si tratan de acercarse a quien en teoría representa a todos y decide por todos. A veces, el personaje se detiene unos segundos para decir algo, para prometer cualquier cosa, para oír sin escuchar, y sigue su camino sin obstáculos.
Los políticos no van a ver a la gente, que es una masa informe, un conjunto de rostros anónimos. Tampoco van a comprenderla, porque para eso tienen asesores. Van a que los vean, a que los oigan –aunque no les importa si la gente se va a medio discurso–, a decir que todo va bien y estará mejor gracias a los planes y programas del partido.
Y terminan de decir lo que iban a decir y se van por donde vinieron, seguidos por una nube de vehículos llenos de guardaespaldas. Estuvieron –están, estarán– solos en la multitud, porque esa es la condición de quienes tienen el poder. Aunque no se den cuenta, están fuera y ya no podrán volver a ser lo que fueron, si es que alguna vez fueron.
Desde el balcón
Ah, la primavera. Uno sale y se sienta al sol que baña el balcón de la sala, a ver quién pasa por la calle mientras la malta se entibia en la copa. Y uno se siente como un flâneur inmóvil que en vez que salir a pasear contempla a los que pasean en la Corredera, donde ya comenzaron a florear los castaños. Esta noche, en el alto cielo de Galicia, brillarán Júpiter y Sirio y muchas otras estrellas, pero sobre todo la luna llena del miércoles. Y habrá música en alguna parte. Así cualquiera.