4 de junio de 2026
alcalorpolitico.com
Mientras la presidenta de México y la clase política de la cuarta transformación se llenan la boca con la soberanía, y culpan de todos los males del país a los conservadores de aquí y de Estados Unidos, la nación sigue sufriendo estragos que todos conocemos desde hace años: asesinatos, secuestros, extorsiones, robos mayores y menores, fraudes, corrupción dentro y fuera del gobierno, ostentación de lo que ahora tienen los nuevos ricos de este régimen y del anterior.
Las estadísticas no sirven de nada. El discurso oficial declara que hay cincuenta asesinatos diarios en México, menos que en otros años, pero no se da cuenta de que los muertos no son números sino personas. Puede que haya menos asesinatos relacionados con el narcotráfico, pero todavía hay. Y a las familias de las víctimas no las ayuda la soberanía. Somos y seremos un país soberano donde las organizaciones criminales hacen y deshacen a su antojo. Bonita cosa. Nada más falta que digan que los criminales son malos pero son nuestros criminales...
Lo que uno ve desde lejos es que parece que en los pasillos del poder ya comenzaron a darse cuenta de que una cosa es gobernar y otra cosa es mandar. La palabra presidencial, tan desgastada por las mañaneras (Fernando Gutiérrez Barrios me explicó una vez que la voz de quien manda debe escucharse sólo en ocasiones especiales, para que le gente entienda que se trata de algo serio e importante), es casi frívola y banal. Y si a eso le agrega uno el desangelado estilo oratorio de la señora Sheinbaum, puede entender por qué pasa lo que pasa.
La presidenta quiso prohibir el nepotismo, ofreció mayor transparencia – pero no levantó el secreto del gasto en los proyectos inútiles del señor que se fue a su rancho –, promovió "reformas" al Poder Judicial, y ordenó combatir los privilegios. No le hicieron caso. No le hacen caso. Gobierna pero no manda. O manda pero no gobierna. O ninguna de las dos cosas. Lo que le queda es el recurso de la soberanía, que no necesariamente hará más (sic) felices a los mexicanos. Ni a las mexicanas.
Una periodista más
Roxana Ramírez, directora general del portal Pulso Informativo del Sureste, fue secuestrada por hombres armados que la sacaron de su casa en Nanchital el martes, y no se ha vuelto a saber de ella. La Fiscalía investiga. Los colegas, las organizaciones de periodistas, las organizaciones de la sociedad civil, protestan. El gobierno de Veracruz – estado que se considera el más peligroso de México para ejercer el periodismo – no ha dicho nada.
Desde el balcón
Un solo de trompeta llenó la mañana del martes en la Corredera. Uno se asomó a ver y vio casetas con niños de veinticuatro escuelas del municipio que exhibían lo que han hecho y lo que hacen en sus escuelas sobre los objetivos de desarrollo sostenible. Uno camina entre las casetas y se emociona con los trabajos, los proyectos, y los juegos que crearon estos niños (nenos y nenas en gallego) cuando estaban en clases. Son asuntos serios que se presentan de manera ingeniosa.
Uno llega a la casa, pone la bolsa con pan y vino en la mesa, y sale al balcón de la cocina con una copa donde la malta tiembla. Abajo pasan turistas, peregrinos, gente que va a la misa, y a veces es como ir a un cine privado en el que uno crea los diálogos de los que pasan, como hacía uno en el parque cuando era estudiante y se terminaba el dinero. Nunca hay un momento aburrido.
Pero la música llega al balcón de la cocina, y uno oye el alboroto, y siente gusto por lo que ha habido, por lo que hay, por lo que tal vez habrá. Anochece. Por ahí andan ya los vencejos. Lázaro – o Lázara – entre ellos.
Las estadísticas no sirven de nada. El discurso oficial declara que hay cincuenta asesinatos diarios en México, menos que en otros años, pero no se da cuenta de que los muertos no son números sino personas. Puede que haya menos asesinatos relacionados con el narcotráfico, pero todavía hay. Y a las familias de las víctimas no las ayuda la soberanía. Somos y seremos un país soberano donde las organizaciones criminales hacen y deshacen a su antojo. Bonita cosa. Nada más falta que digan que los criminales son malos pero son nuestros criminales...
Lo que uno ve desde lejos es que parece que en los pasillos del poder ya comenzaron a darse cuenta de que una cosa es gobernar y otra cosa es mandar. La palabra presidencial, tan desgastada por las mañaneras (Fernando Gutiérrez Barrios me explicó una vez que la voz de quien manda debe escucharse sólo en ocasiones especiales, para que le gente entienda que se trata de algo serio e importante), es casi frívola y banal. Y si a eso le agrega uno el desangelado estilo oratorio de la señora Sheinbaum, puede entender por qué pasa lo que pasa.
La presidenta quiso prohibir el nepotismo, ofreció mayor transparencia – pero no levantó el secreto del gasto en los proyectos inútiles del señor que se fue a su rancho –, promovió "reformas" al Poder Judicial, y ordenó combatir los privilegios. No le hicieron caso. No le hacen caso. Gobierna pero no manda. O manda pero no gobierna. O ninguna de las dos cosas. Lo que le queda es el recurso de la soberanía, que no necesariamente hará más (sic) felices a los mexicanos. Ni a las mexicanas.
Una periodista más
Roxana Ramírez, directora general del portal Pulso Informativo del Sureste, fue secuestrada por hombres armados que la sacaron de su casa en Nanchital el martes, y no se ha vuelto a saber de ella. La Fiscalía investiga. Los colegas, las organizaciones de periodistas, las organizaciones de la sociedad civil, protestan. El gobierno de Veracruz – estado que se considera el más peligroso de México para ejercer el periodismo – no ha dicho nada.
Desde el balcón
Un solo de trompeta llenó la mañana del martes en la Corredera. Uno se asomó a ver y vio casetas con niños de veinticuatro escuelas del municipio que exhibían lo que han hecho y lo que hacen en sus escuelas sobre los objetivos de desarrollo sostenible. Uno camina entre las casetas y se emociona con los trabajos, los proyectos, y los juegos que crearon estos niños (nenos y nenas en gallego) cuando estaban en clases. Son asuntos serios que se presentan de manera ingeniosa.
Uno llega a la casa, pone la bolsa con pan y vino en la mesa, y sale al balcón de la cocina con una copa donde la malta tiembla. Abajo pasan turistas, peregrinos, gente que va a la misa, y a veces es como ir a un cine privado en el que uno crea los diálogos de los que pasan, como hacía uno en el parque cuando era estudiante y se terminaba el dinero. Nunca hay un momento aburrido.
Pero la música llega al balcón de la cocina, y uno oye el alboroto, y siente gusto por lo que ha habido, por lo que hay, por lo que tal vez habrá. Anochece. Por ahí andan ya los vencejos. Lázaro – o Lázara – entre ellos.