21 de mayo de 2026
alcalorpolitico.com
El asunto no es nuevo. La presidenta Claudia Sheinbaum lleva años insistiendo en que los militantes de Morena y los funcionarios públicos deben caracterizarse por su honestidad y su honradez. "Tenemos que ser un ejemplo siempre, nada de privilegios, nada de andar con guaruras, camionetotas, estamos siempre cerca del pueblo, eso caracteriza a un gobernante de la Cuarta Transformación", dijo en el Congreso Nacional de su partido el año pasado.
La presidenta también pidió a sus correligionarios comportarse con humildad y sencillez, "porque es mucho lo que está en juego". Pero no le hacen caso. Muchos morenistas siguen ostentando cosas que no corresponden con lo que ganan, están desconectados de sus comunidades, y contradicen el principio de "primero los pobres".
Cuando todavía era presidenta de Morena, Luisa María Alcalde Luján pidió que la clase política morenista viviera en la justa medianía juarista, evitando lujos innecesarios y cualquier otra cosa que pudiera dañar la reputación de su movimiento. No sirvió de nada.
Cualquiera comprende que las declaraciones de la señora Sheinbaum se deben a que no hay mucha honestidad ni mucha honradez, a que hay funcionarios y funcionarias que no se han dado cuenta del número de guardaespaldas que traen, y que no tienen idea del número de camionetotas que van en vanguardia y en retaguardia para impedir que un extraño enemigo ataque a señoras y señores en el poder.
Si todo fuera como dice el discurso morenista, no habría lugar para esas advertencias, ni habría habido ni habría lugar para corruptos ni deshonestos ni arrogantes en las filas de la cuarta transformación. Tampoco habría para personajes que hace menos de diez años apenas tenían para llevar una vida más o menos decorosa y ahora tienen residencias, empresas, caballos, yates, vainas de esas.
Repito
Ya lo dijeron otros, pero la repetición es importante. En el caso del yate que se quemó en Boca del Río, hay preguntas que no ha respondido nadie. ¿Es – o era – del diputado Zenyasén Escobar? ¿En verdad pasaba por ahí justo en el momento del incendio? Y las familias de las cuatro mujeres que iban en la nave, ¿dónde estaban, dónde están?
Desde el balcón
Malta en mano, uno ve pasar a los peregrinos desde el balcón de la cocina. Algunos preguntan cómo llegar a la catedral, otros se limitan a saludar y siguen su camino, y otros caminan sin notar la muralla que Fernando II mandó construir hace ochocientos cincuenta y seis años sin saber que uno saldría al balcón de la cocina a verla sin cansarse de verla.
Uno toma un trago de malta y mira. Pero no puede dejar de pensar en los medicamentos que la secretaría de Salud de Veracruz dejó caducar en una bodega cuando todavía no expiraban. Uno no necesita leer las declaraciones huecas que advierten que se castigará a los culpables para saber que, si acaso, detendrán a dos o tres personas pero dejarán en paz a quienes son los verdaderos responsables.
No se necesita un título para darse cuenta de que el discurso oficial jamás acepta ninguna responsabilidad, y culpa a los medios que cuentan la historia de lo que pasa, como si diarios y estaciones de radio y sitios de internet hubieran mandado embodegar las medicinas que se echaron a perder. La malta no borra el mal sabor de la mala noticia.
Horas después, tarde en la tarde pero temprano en la noche, uno encuentra un volumen viejo de Cicerón, y ahí estaba lo que dijo el octavo día de noviembre de hace mil novecientos sesenta y tres años, como a estas horas: ¿Hasta cuándo, Catilina, vas a abusar de nuestra paciencia?
La presidenta también pidió a sus correligionarios comportarse con humildad y sencillez, "porque es mucho lo que está en juego". Pero no le hacen caso. Muchos morenistas siguen ostentando cosas que no corresponden con lo que ganan, están desconectados de sus comunidades, y contradicen el principio de "primero los pobres".
Cuando todavía era presidenta de Morena, Luisa María Alcalde Luján pidió que la clase política morenista viviera en la justa medianía juarista, evitando lujos innecesarios y cualquier otra cosa que pudiera dañar la reputación de su movimiento. No sirvió de nada.
Cualquiera comprende que las declaraciones de la señora Sheinbaum se deben a que no hay mucha honestidad ni mucha honradez, a que hay funcionarios y funcionarias que no se han dado cuenta del número de guardaespaldas que traen, y que no tienen idea del número de camionetotas que van en vanguardia y en retaguardia para impedir que un extraño enemigo ataque a señoras y señores en el poder.
Si todo fuera como dice el discurso morenista, no habría lugar para esas advertencias, ni habría habido ni habría lugar para corruptos ni deshonestos ni arrogantes en las filas de la cuarta transformación. Tampoco habría para personajes que hace menos de diez años apenas tenían para llevar una vida más o menos decorosa y ahora tienen residencias, empresas, caballos, yates, vainas de esas.
Repito
Ya lo dijeron otros, pero la repetición es importante. En el caso del yate que se quemó en Boca del Río, hay preguntas que no ha respondido nadie. ¿Es – o era – del diputado Zenyasén Escobar? ¿En verdad pasaba por ahí justo en el momento del incendio? Y las familias de las cuatro mujeres que iban en la nave, ¿dónde estaban, dónde están?
Desde el balcón
Malta en mano, uno ve pasar a los peregrinos desde el balcón de la cocina. Algunos preguntan cómo llegar a la catedral, otros se limitan a saludar y siguen su camino, y otros caminan sin notar la muralla que Fernando II mandó construir hace ochocientos cincuenta y seis años sin saber que uno saldría al balcón de la cocina a verla sin cansarse de verla.
Uno toma un trago de malta y mira. Pero no puede dejar de pensar en los medicamentos que la secretaría de Salud de Veracruz dejó caducar en una bodega cuando todavía no expiraban. Uno no necesita leer las declaraciones huecas que advierten que se castigará a los culpables para saber que, si acaso, detendrán a dos o tres personas pero dejarán en paz a quienes son los verdaderos responsables.
No se necesita un título para darse cuenta de que el discurso oficial jamás acepta ninguna responsabilidad, y culpa a los medios que cuentan la historia de lo que pasa, como si diarios y estaciones de radio y sitios de internet hubieran mandado embodegar las medicinas que se echaron a perder. La malta no borra el mal sabor de la mala noticia.
Horas después, tarde en la tarde pero temprano en la noche, uno encuentra un volumen viejo de Cicerón, y ahí estaba lo que dijo el octavo día de noviembre de hace mil novecientos sesenta y tres años, como a estas horas: ¿Hasta cuándo, Catilina, vas a abusar de nuestra paciencia?