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Columnas y artículos de opinión
Diario de un reportero
Soberanía
Miguel Molina
7 de mayo de 2026
alcalorpolitico.com
            Soberanía. La palabra sale de la boca presidencial y después sale de otras bocas, cientos de bocas, miles de ellas, y más temprano que tarde llega a los medios, que la repiten sin pensar en lo que están repitiendo. Para comenzar, la soberanía es un concepto que adopta la forma de quien lo usa. Y se ha usado de muchas formas, y se ha definido de muchas formas durante muchos siglos.
            El error de los morenistas y su gobierno – porque el gobierno es exclusivo de ellos, para ellos y para nadie más – es creer que sólo ellos representan la soberanía nacional. Más allá de la cuarta transformación, hay sesenta y tantos millones de mexicanos que no votaron por Morena y no representan nada, o representan a los conservadores, a los neoliberales, a cualquier cosa que vaya contra el dogma de la cuarta transformación, como traidores a la patria, o hijos de la chingada, según donde se diga.
            Habría que ver qué tipo de soberanía es esa. México ha firmado convenios y acuerdos con instituciones internacionales en los que se compromete a seguir un protocolo común hasta que no le conviene, como es el reciente caso del reporte de los expertos del comité de las Naciones Unidas contra las Desapariciones, aunque el Estado mexicano se haya comprometido a observar los procedimientos del comité.
            Según esta lógica, el país estaría a punto de renunciar a todos los compromisos que lo someten a la revisión internacional. México saldría de las Naciones Unidas y de la Organización de Estados Americanos, y de cualquier otro organismo cuyas reglas obliguen a los estados miembros a seguir los acuerdos firmados.
            Hasta donde sé, la soberanía consiste en que un estado se gobierne sin intervención externa. Cumplir con los acuerdos firmados no significa sumisión sino voluntad soberana de someterse a la revisión de sus pares, algo imposible en el México de nuestros días, donde la soberanía pertenece a quien grita más fuerte.
            El que firme, que se calle

            Según la gobernadora Rocío Nahle, los trabajadores de la Universidad Popular Autónoma de Veracruz ya recibieron los pagos que les adeudaba la institución, y lo único que queda pendiente para que todos sean felices es formalizar las relaciones laborales mediante la firma de contratos. Pero aclaró que "si quieren seguir trabajando y dando clases, firman su contrato; si ya no quieren, no hay problema, se busca otro catedrático".
            Pero sí hay problema, porque los contratos que ofrece el gobierno de Veracruz reducen los pagos por clases, eliminan prestaciones y antigüedad, y limitan la libertad de expresión. Los documentos que les presentaron a los profesores establecen que no hay ninguna relación laboral con la Upav, y elimina la seguridad social, los aguinaldos, y las vacaciones.
            Y encima de todo, el modelo de contrato oficial prohíbe a los empleados hablar de la institución, hacer manifestaciones y dar entrevistas. De ese tamaño es la desvergüenza del gobierno morenista de Veracruz: el que firme, que se calle. Que nadie les diga que la ley es la ley. A eso hemos llegado. Solo Veracruz es bello.
            Desde el balcón
            Uno se maravilla ante el vuelo de los vencejos que cada año vienen a trazar laberintos en el aire frente al balcón de la cocina. Son aves tímidas y veloces que vuelan sin sobresaltos y pían sin cesar de ida y vuelta a la muralla de enfrente, que levantó Fernando II hace casi novecientos años. La malta va y viene en silencio por respeto a todo ese tiempo.
            Y uno piensa en Fernanda Martínez, una gimnasta xalapeña que en el último año ha sido campeona panamericana en equipo, y este año ganó una medalla de oro por lo que sabe hacer. Y va a Pamplona, aunque todavía no junta lo del pasaje y la estancia, porque la cuarta transformación da asilo a los hijos de funcionarios de Morena pero no ayuda a quienes de verdad representan a México.

            La tarde anochece. Luscofusco, le dicen acá. Uno piensa. Uno piensa. A esto también hemos llegado. No hay veinte mil pesos para lo mejor, aunque el dinero no sea problema.

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