06 de agosto de 2026
alcalorpolitico.com
"Si hubiéramos querido censurar ya lo hubiéramos hecho, porque están los instrumentos, incluso la interpretación legal", declaró la presidenta Claudia Sheinbaum a finales de julio, cuando aseguró que los lineamientos sobre los derechos de las audiencias no buscan callar a nadie, ni siquiera a los medios más críticos del gobierno, como si la censura dependiera de su antojo.
Esa sola declaración habla volúmenes sobre el estado mental del gobierno, o cuando menos de la señora. Pero la ley es la ley, aunque no les guste a quienes mandan: toda persona tiene derecho al libre acceso a información puntual y oportuna, así como a buscar, recibir y difundir información e ideas de toda índole por cualquier medio de expresión, como dice el artículo sexto de la Constitución.
Los lineamientos no se han convertido en ley, pero poco les falta. Cuando eso pase, el gobierno será quien decida qué cosa es verdad, qué cosa es inexacta, qué postura merece sanción. Y de ahí en adelante, aunque la vaina se disfrace de autorregulación y todo queda bajo control de un organismo oficial – no autónomo – que decidirá sobre la verdad y la mentira.
Están frescos en la memoria los episodios de las mañaneras en las que el señor que se fue a su rancho dio a conocer datos personales de periodistas que consideraba incómodos, y no se olvida que nadie, ningún organismo, ninguna oficina, alzó la voz para protestar por esa violación a la ley, y sobre todo que nadie hizo nada para sancionar al parlanchín mandatario. Y ahora estamos como estamos.
Por supuesto, las mentiras y las difamaciones que hay en las mañaneras no están sujetas al mismo mandamiento porque – según la señora Sheinbaum – no se trata de un medio privado, cuando precisamente por ser un medio público la mañanera y quienes la hacen tendrían que estar obligados a informar sin opiniones. La ley no faculta a los funcionarios públicos a usar medios públicos para opinar.
Muchas cosas se han cometido en nombre de la verdad. Y los lineamientos sobre los derechos de las audiencias son una de esas cosas. Nadie los pidió, tal vez porque no son necesarios.
La imitación es mala consejera
Y como hay que seguir el ejemplo de la señora en el Palacio Nacional, en Veracruz, la gobernadora Rocío Nahle anunció que se va a hacer un censo de periodistas en el Estado. Según ella, hubo periodistas que pidieron que se hiciera ese censo, aunque no dijo quiénes ni cuándo. Pero no dijo para qué van a servir las ganas de saber cuántos. No dijo por qué es útil, por qué es importante, por qué es necesario contar a quienes ejercemos el oficio de contar la historia de lo inmediato.
Es verdad que la historia absorberá a la gran mayoría de los personajes – y personajas – que hoy están en el poder, porque no significan nada en el contexto de la historia del Estado o del País. Pero lo que hacen mientras están en sus cargos tiene consecuencias.
Al parecer, la inefable Comisión Estatal para la Atención y Protección de los Periodistas se hará cargo del censo. Allá ellos y ellas. Lo que falta es ver quién se atreverá a dar sus datos personales en un Estado en que ser periodista es un trabajo de alto riesgo. Nadie garantiza dónde van a parar – o pueden ir a parar – esos datos. Ya se acabó la poca confianza que había en las instituciones y quienes las dirigen. Como en el romance de García Lorca, se acabaron los gitanos que iban por el monte solos. Y ahora quieren que uno les diga casi todo.
Desde el balcón
Se fue julio y con el mes se fueron los vencejos. La primera mañana de agosto, mientras uno tomaba el café en la cama, leyendo los diarios de siempre, dejó lo que estaba haciendo y salió al balcón y vio que la calle estaba a oscuras y lo aturdió el silencio. El paseo de la Corredera también estaba a oscuras, y podía oírse el rumor de la fuente en la plaza. Los vencejos que llenaban la madrugada y el anochecer con sus píos se habían ido. Así pasó el día.
Al atardecer, uno salió al otro balcón con un gin&tonic dispuesto a aprovechar el frescor de la brisa, y tampoco oyó nada. En el silencio, uno leyó que la gobernadora Nahle asegura que responde a los cuestionamientos sin importar quién los haga: "A mí, cuando alguien me pregunta, yo contesto", dijo la señora con una gramática enrevesada. "Yo tengo que contestarles a todos los veracruzanos".
Y uno bebió un sorbo de su trago y pensó que la Gobernadora necesita tener una conversación larga con doña Lutgarda Madrigal Valdez, quien desde hace año y medio cobra cincuenta mil pesos al mes como encargada interina de la Comisión Estatal de Búsqueda de los Desaparecidos, y dijo no hace mucho que no da entrevistas ni responde a medios de comunicación. Doña Lutgarda se irá, como los vencejos de esta historia, y en su lugar quedará el silencio y el recuerdo de su arrogancia.
Y uno saldrá al balcón, beberá un sorbo de lo que haya, y recordará, porque el oficio también consiste en recordar.
Esa sola declaración habla volúmenes sobre el estado mental del gobierno, o cuando menos de la señora. Pero la ley es la ley, aunque no les guste a quienes mandan: toda persona tiene derecho al libre acceso a información puntual y oportuna, así como a buscar, recibir y difundir información e ideas de toda índole por cualquier medio de expresión, como dice el artículo sexto de la Constitución.
Los lineamientos no se han convertido en ley, pero poco les falta. Cuando eso pase, el gobierno será quien decida qué cosa es verdad, qué cosa es inexacta, qué postura merece sanción. Y de ahí en adelante, aunque la vaina se disfrace de autorregulación y todo queda bajo control de un organismo oficial – no autónomo – que decidirá sobre la verdad y la mentira.
Están frescos en la memoria los episodios de las mañaneras en las que el señor que se fue a su rancho dio a conocer datos personales de periodistas que consideraba incómodos, y no se olvida que nadie, ningún organismo, ninguna oficina, alzó la voz para protestar por esa violación a la ley, y sobre todo que nadie hizo nada para sancionar al parlanchín mandatario. Y ahora estamos como estamos.
Por supuesto, las mentiras y las difamaciones que hay en las mañaneras no están sujetas al mismo mandamiento porque – según la señora Sheinbaum – no se trata de un medio privado, cuando precisamente por ser un medio público la mañanera y quienes la hacen tendrían que estar obligados a informar sin opiniones. La ley no faculta a los funcionarios públicos a usar medios públicos para opinar.
Muchas cosas se han cometido en nombre de la verdad. Y los lineamientos sobre los derechos de las audiencias son una de esas cosas. Nadie los pidió, tal vez porque no son necesarios.
La imitación es mala consejera
Y como hay que seguir el ejemplo de la señora en el Palacio Nacional, en Veracruz, la gobernadora Rocío Nahle anunció que se va a hacer un censo de periodistas en el Estado. Según ella, hubo periodistas que pidieron que se hiciera ese censo, aunque no dijo quiénes ni cuándo. Pero no dijo para qué van a servir las ganas de saber cuántos. No dijo por qué es útil, por qué es importante, por qué es necesario contar a quienes ejercemos el oficio de contar la historia de lo inmediato.
Es verdad que la historia absorberá a la gran mayoría de los personajes – y personajas – que hoy están en el poder, porque no significan nada en el contexto de la historia del Estado o del País. Pero lo que hacen mientras están en sus cargos tiene consecuencias.
Al parecer, la inefable Comisión Estatal para la Atención y Protección de los Periodistas se hará cargo del censo. Allá ellos y ellas. Lo que falta es ver quién se atreverá a dar sus datos personales en un Estado en que ser periodista es un trabajo de alto riesgo. Nadie garantiza dónde van a parar – o pueden ir a parar – esos datos. Ya se acabó la poca confianza que había en las instituciones y quienes las dirigen. Como en el romance de García Lorca, se acabaron los gitanos que iban por el monte solos. Y ahora quieren que uno les diga casi todo.
Desde el balcón
Se fue julio y con el mes se fueron los vencejos. La primera mañana de agosto, mientras uno tomaba el café en la cama, leyendo los diarios de siempre, dejó lo que estaba haciendo y salió al balcón y vio que la calle estaba a oscuras y lo aturdió el silencio. El paseo de la Corredera también estaba a oscuras, y podía oírse el rumor de la fuente en la plaza. Los vencejos que llenaban la madrugada y el anochecer con sus píos se habían ido. Así pasó el día.
Al atardecer, uno salió al otro balcón con un gin&tonic dispuesto a aprovechar el frescor de la brisa, y tampoco oyó nada. En el silencio, uno leyó que la gobernadora Nahle asegura que responde a los cuestionamientos sin importar quién los haga: "A mí, cuando alguien me pregunta, yo contesto", dijo la señora con una gramática enrevesada. "Yo tengo que contestarles a todos los veracruzanos".
Y uno bebió un sorbo de su trago y pensó que la Gobernadora necesita tener una conversación larga con doña Lutgarda Madrigal Valdez, quien desde hace año y medio cobra cincuenta mil pesos al mes como encargada interina de la Comisión Estatal de Búsqueda de los Desaparecidos, y dijo no hace mucho que no da entrevistas ni responde a medios de comunicación. Doña Lutgarda se irá, como los vencejos de esta historia, y en su lugar quedará el silencio y el recuerdo de su arrogancia.
Y uno saldrá al balcón, beberá un sorbo de lo que haya, y recordará, porque el oficio también consiste en recordar.