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Columnas y artículos de opinión

El gigante enterrado

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

07/12/2017

alcalorpolitico.com

Inmediatamente que un lector empedernido conoce la elección de un escritor como Premio Nobel de Literatura, la propensión es ir a la librería más cercana (a unos cien kilómetros…) y pedir el título que sea, pero que sea del galardonado. Primer error. Un lector cauto, prudente y ya con ciertas canas en las barbas, no debe precipitarse. Debe esperar, porque las editoriales saben su juego: te ofrecen, muchas veces, el libro menos vendido del premiado y reservan los mejorcitos para después. A mi entender, eso es lo que ha sucedido con Kasuo Ishiguro, el japonés-británico galardonado con ese montón de dólares que es el Premio Nobel. Y me explico: El gigante enterrado es una enorme novela de 364 páginas que cuenta una historia que bien pudo resumirse en unas 200, siendo generosos.
 
En síntesis se trata de una obra ubicada en la legendaria Inglaterra (Britania, para los romanos) de los siglos séptimo u octavo, después de la disipación del Imperio Romano de Occidente (476 d.C.), cuando se produjeron los violentos enfrentamientos entre britanos y sajones por el dominio de aquella isla.
 
La novela arranca con una imagen nostálgica y hasta tierna: un par de ancianos, Beatrice y Axl, britanos ellos, viven en una cueva, añorando al hijo que partió para no regresar jamás. Los ancianos, en medio de una bruma que obnubila sus cabezas: un olvido generalizado e inexplicable, no recuerdan los motivos de la desaparición del hijo y, aun así, emprenden un fatigoso viaje en su busca. La desmemoria es tal que todos, tanto britanos como sajones, no recuerdan casi nada de su pasado. El autor se guarda unas 200 páginas para revelarnos a qué se debe esa amnesia generalizada: aparece, como un deus ex machina, un misterioso ser: Querig, un dragón hembra que vive en una hondonada, en la cima de una montaña, y desde ahí, con su funesto hálito, sume a todos en el olvido.
 
Los ancianos, en su penoso periplo en busca del hijo, se encuentran a misteriosos personajes: Wistan, un guerrero sajón que rastrea aquella alimaña para exterminarla y que vuelvan a las molleras de todos los recuerdos perdidos; aparecen también unos extraños monjes, medio ascetas y medio sanguinarios, que expían culpas personales y ajenas mediante rituales escabrosos; Gawain, un sir (¡oh, rancias noblezas de anacrónicos abolengos!), familiar del rey Arturo, sí, aquel de los caballeros de la Mesa Redonda y del mago Merlín, cuya misión (lo sabremos casi al final de la novela) es exactamente la contraria de la de Wistan: proteger a la decrépita dragón hembra; Edwin, un jovenzuelo, medio protegido y medio traidor, que se vuelve compañero de Wistan y su posible sucesor; y, para completar el elenco: ogros, duendes, brujos, trolls, una especie de minotauro, solo que con cuerpo de toro y cabeza de lobo, y un enigmático barquero (¿Caronte redivivo?) que se encarga de llevar a los mortales a una misteriosa isla luego de atravesar un proceloso lago-mar (¿la laguna Estigia?) previo examen a los aspirantes a la travesía para ver si son dignos de ser llevados allá. Si son pareja, para permanecer juntos allende la laguna deben comprobar a carta cabal su absoluta fidelidad.
 
Después de un sinnúmero de aventurillas con estos y otros personajes, la pareja de ancianos presencia la muerte de la decrépita dragona a manos de Wistan, quien, después de descontar, sin despeinarse siquiera, a su oponente sir Gawain, la decapita como quien descabeza un pollo.
 
Entonces, después de más de 340 páginas, una vez muerta la malvada dragona Querig, la memoria ha vuelto a todos, britanos y sajones, y resulta que esa amnesia era ¡una bendición!, pues a todos había librado de recordar las viejas y sangrientas rencillas entre las tribus rivales. Ahora renacerán las guerras, y britanos y sajones volverán a ser feroces y sanguinarios enemigos, cuando durante la bienhechora existencia de la dragona habían convivido como entrañables vecinos y amigos: «Tú y yo deseábamos la muerte de Querig, pensando solo en nuestros queridos recuerdos. ¿Pero quién sabe qué viejos odios aflorarán ahora por estas tierras? […] El gigante, en un tiempo bien enterrado (en referencia al odio olvidado), ahora se revuelve… Los hombres quemarán las casas de sus vecinos por la noche. Colgarán a los niños de los árboles al alba. Los ríos apestarán por los cadáveres tumefactos después de días a la deriva. Y, a medida que avancen, nuestros ejércitos crecerán, hinchados por la ira y la sed de venganza. Para vosotros los britanos, será como una bola de fuego rodando hacia vosotros. Deberéis salir corriendo o morir Y, región tras región, esto se convertirá en una nueva tierra, una tierra sajona, y no quedará más huella de vuestro paso por estas tierras que uno o dos rebaños de ovejas vagando desatendidos por las colinas» (341s).
 
Para terminar la novela, los ancianos, que en toda la novela se presentan como una pareja impecablemente unida y amorosa (Axl nunca dejar de llamar “princesa” a su mujercita), ya recuperada la memoria, se percatan que su hijo fue una de las incontables víctimas de aquellas guerras cuasifratricidas y piden al barquero sin nombre que los lleve juntos a la isla (¿El Averno?) para reencontrarse con la sombra de su vástago. El barquero los examina por separado y descubre que, allá, años atrás, había habido una insignificante falla de fidelidad y…
 
Literariamente, el premiado Ishiguro demuestra ser un excelente conocedor de la técnica narrativa y buen armador de relatos, así como ingenioso e imaginativo fabulador, aunque el texto no deja de ser demasiado rebuscado en los recursos y, si la obra pretendió ser alegórica, lo único que la podría justificar es el simbolismo de la fatídica dragona, quizá prototipo de esos gobiernos que encubren, deforman y falsean la historia de un pueblo para perseverar en sus aborrecibles formas de ejercer su autoridad.
 
De ahí en fuera, los cuentos de dragones, caballeros legendarios, duendes y brujas los podemos dejar para la fantasía de los niños…
 
Y, de Ishiguro, leeremos otra obra.
 
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