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Columnas y artículos de opinión

La casa de las bellas durmientes

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

14/06/2018

alcalorpolitico.com

«No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido... Y le ruego que no intente despertarla, aunque no podría, hiciera lo que hiciese. Está profundamente dormida y no se da cuenta de nada… Continuará dormida y no se dará cuenta de nada, desde el principio hasta el fin. Ni siquiera de quién ha estado con ella. No debe usted preocuparse».
 
Eguchi es un hombre de 67 años, casado y con tres hijas. Por recomendación de un amigo, acude a esa misteriosa posada, en donde la dueña y administradora le da las recomendaciones de rigor para que él pueda ser considerado un «hombre de confianza» y pueda ser admitido otras veces.
 
La casa de las bellas durmientes es un sitio muy particular. En ella, jovencitas vírgenes son contratadas para pasar la noche con ancianos que solo buscan la compañía y el calor de las bellas durmientes. La regla más estricta es que no deben tener ningún contacto con ellas, ni siquiera poner el dedo en la boca de las adolescentes, como le advierte la dueña del lugar.
 
Eguchi se siente particularmente impresionado por esta primera y otras sucesivas experiencias, que le harán ir recordando una multitud de sensaciones y vivencias de tiempos pasados. Especialmente el olor que despiden aquellos cuerpos adolescentes le hará evocar impresiones suaves y placenteras de su larga vida, como las flores que brotan espontáneamente en cada primavera y que dan aroma y luz al campo, mientras aguardan la inaplazable llegada de la nieve invernal, como las etapas de la vida misma. Por ello, cuando llega ese doble invierno, el de la estación y el de la vida, cuando la mujer de la casa lo recibe diciéndole: «es de agradecer su visita en una noche tan fría», Eguchi replicará: «Por eso he venido. Morir en una noche como esta, con la piel de una muchacha para calentarte, debe ser el paraíso para un anciano».
 
Eguchi vive la soledad de la vejez y cada noche que llega de visita al lugar, antes de tomar uno de los somníferos que le proporcionan, hará un recuento de muchos episodios de su vida, especialmente de las mujeres que le han proporcionado placer o compañía: su esposa, sus amantes, sus amigas. Sin embargo, ahora, en el cercano invierno de su vida, encontrará que su indómita soledad es la más fiel de sus compañeras y nada ni nadie ha podido sujetarla. Por ello, antes de morir, quiere hacer un último esfuerzo recurriendo a este placebo, sucedáneo efímero y engañoso de una felicidad que siente le ha sido negada. Y por eso llegará, incluso, a violar alguna de las estrictas reglas de la posada. Esta sensación rematará su experiencia la última noche en que visita la misteriosa casa de las bellas y juveniles durmientes…
 
Escrita con finura y delicadeza aunados a un sutil erotismo, como un sugestivo y enigmático haikú o una acuarela lograda con finísimo pincel, esta pequeña novela de Yasunari Kawabata es una de las obras más pulidas y sugestivas que nos ha dado él, particularmente, y otros artistas japoneses, expertos en expresar en pocas palabras y trazos (como sucede con sus pintores que tanto influyeron en los impresionistas) toda la complejidad de los sentimientos humanos y de las maravillas de la naturaleza, ambos elementos perfectamente entreverados, como siendo reflejos unos de los otros.
 
Esta obra, que García Márquez trató de emular (fallidamente, hay que decirlo aunque suene a herejía) en su Memorias de mis putas tristes es, sin duda de lo mejor de Kawabata, «niño sin familia ni hogar» como él mismo se definía, y quien este día 14 de junio cumple 119 años de su nacimiento, 46 de su suicidio y 50 de haber recibido el Premio Nobel de Literatura.
 
De las tres obras que de él he leído, incluyendo El rumor de la montaña (2007) e Historias en la palma de la mano (2008), La casa de las bellas durmientes es la más impresionante, sugestiva y bien lograda, por todos los recursos literarios y los humanamente experimentados que Yasunari Kawabata emplea en su elaboración y nos transmite generosamente. Un libro imprescindible.
 
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