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Columnas y artículos de opinión

Libros envenenados

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

12/07/2018

alcalorpolitico.com

En una nota publicada por el diario El País, se da cuenta de un extraño descubrimiento: en la biblioteca de la University Southern de Dinamarca se han encontrado tres libros antiguos que presentan, en sus cubiertas, altas concentraciones de arsénico, veneno potentísimo, mortal. Al ver los temas de los volúmenes uno concluye que, muy posiblemente, nadie haya sido envenenado por tratar de leerlos. Solo los nombres de los autores y su temática bastan para desalentar a cualquier bibliófilo o simple curioso: Polydorus Vergilius, Johannes Dubravius y Georg Maior y son libros de historia de los siglos XVI y XVII. Si no se leen los actuales menos aquellas antiguallas. Los investigadores por poco caen en el embrujo: les llamó la atención que los tres libros tenían en sus cubiertas fragmentos de manuscritos medievales que los encuadernadores usaban algo así como para decorar las pastas de los libros. Cuando trataron de leer e interpretar esos fragmentos de pergamino, se los impidió una sustancia verde que los encubría. Y resultó arsénico,
 
Este suceso nos recuerda, como lo hace la periodista Berta Tena en su nota (https://elpais.com/internacional/2018/07/06), la novela El nombre de la rosa, de Humberto Eco, en que se narra las maldades de Malaquías, el bibliotecario de la abadía benedictina visitada por el franciscano Fray Guillermo de Baskerville. Malaquías envenenaba las páginas de la Poética de Aristóteles para evitar que se leyera el libro. Censura muy común en aquellos tiempos, y en los no tan lejanos a nosotros: en la biblioteca de un colegio estaba prohibido El Discurso del método, de René Descartes, y otros como El mono desnudo, de Desmond Morris; El origen del hombre y El origen de las especies, de Darwin y ni se diga los ejemplares de Marx, Lenin, Mao e, inclusive, el otrora famoso entre los estudiantes pícaros Libro rojo de la escuela. Aunque sus páginas no estaban envenenadas, simplemente los tomos estaban a buen resguardo en un cajón bajo triple llave.
 
En los monasterios medievales se acostumbraba colocar los libros «peligrosos», enlistados en el vergonzante Índice de libros prohibidos que publicaba la iglesia católica, en un reservado de las bibliotecas en cuya entrada se leía alguna sentencia como aquella Hic sunt dracones: ‘aquí hay dragones’, que se ponía en los mapas para advertir a incautos y curiosos aventureros de los lugares inexplorados o peligrosos.
 
Ahora no hacen falta ni arsénico ni aquellas terribles advertencias para impedir leer esos libros «peligrosos», que no lo son por su contenido escabroso o perturbador de las mentes, sino por el simple hecho de contener ideas, y estas no suelen ser del agrado de quienes tienen miedo a la gente pensante y mucho menos de quienes detentan algún tipo o grado de poder. Simplemente son libros y, como tales, deben ser anatematizados.
 
El mordaz Voltaire, filósofo de la Ilustración Francesa, también víctima de la censura, en su famoso manifiesto «Del horrible peligro de la lectura», por boca de «Yúsuf Cheribi, por la gracia de Dios, muftí del santo imperio otomano, luz de las luces, elegido entre los elegidos», dirige una ingeniosa exhortación «a todos los fieles que la presente vean»: «En nombre de la edificación de los fieles y del bienestar de sus almas, les prohibimos que lean jamás ningún libro, so pena de condena eterna. Y, por miedo a que la tentación diabólica les dé por instruirse, prohibimos asimismo a los padres y madres que enseñen a leer a sus hijos. Y, para evitar cualquier infracción de nuestra ordenanza, les prohibimos expresamente que piensen, bajo las mismas penas, instando a los verdaderos creyentes a denunciar ante nuestras autoridades a cualquiera que pronuncie cuatro frases unidas entre sí, de las que se pueda inferir un sentido claro y preciso. Ordenamos, pues, que en todas las conversaciones se utilicen términos que no signifiquen nada».
 
Y para ello argumenta seis razones, de las cuales citamos cuatro. Una: «Esa facilidad para comunicar los pensamientos tiende evidentemente a disipar la ignorancia, que es custodia y salvaguardia de los Estados civilizados». Dos: que algunos de esos nefastos libros lleguen a manos de los agricultores e ingenieros y los lleve a «mejorar sus habilidades, aumentar sus riquezas e inspirarles algún día la elevación del alma y cierto amor por el bien público, sentimientos absolutamente opuestos a la sana doctrina». Tres: «Ocurriría a la larga que tendríamos unos libros de historia desligados del ámbito de lo maravilloso, que es lo que mantiene a la nación en una feliz estupidez; esos mismos libros otorgarían la desvergüenza de impartir justicia sobre las buenas y malas acciones, y aconsejarían la equidad y el amor por la patria, extremos ambos visiblemente opuestos a los derechos que imperan en esta nuestra plaza». Y cuatro: Puede ocurrir que alguno de esos filósofos, «bajo el pretexto de iluminar a los hombres y hacerlos mejores, llegasen a enseñarnos unas virtudes peligrosas de las que el pueblo no debe jamás tener conocimiento». Y lo firma muy ilustradamente: «Dado en nuestro palacio de la Estulticia» (http://lecturaspeligrosas.blogspot.pe/2004/05/voltaire-del-horrible-peligro-de-la.html).
 
Sin necesidad de arsénico ni de esconder los libros, el manifiesto de Yúsuf Cheribi ha sido acatado por muchos, quizá demasiados…
 
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