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Columnas y artículos de opinión

Y sus estatuas también caerán

A salto de mata

Por: Gino Raúl De Gasperín Gasperín

29/10/2020

alcalorpolitico.com

«Firman ocho países los Acuerdos Artemis para la exploración de la Luna. Buscan determinar “zonas de seguridad” para evitar conflictos entre las naciones que operen en el satélite y se permitiría a empresas privadas que sean propietarias de los recursos que extraigan». El bloque de países “firmantes” está integrado por: «Estados Unidos, Australia, Canadá, Japón, Luxemburgo, Italia, Reino Unido y Emiratos Árabes Unidos».
 
Esta noticia está muy acorde con estos tiempos que vivimos. Tiempos en que, en un laboratorio, unos deshumanizados, inmorales investigadores, según revelación de una colega suya, tuvieron a bien (para ellos y sus gobernantes) manipular el código genético de unos virus y reventar y echar por los aires la precaria supervivencia humana y regalarnos el producto de su diabólica fantasía de poder.
 
La noticia rima muy bien (o, digamos, muy mal) con este afán de dominio que, desde siempre, ha corroído el corazón humano, en el que, conviviendo con sobresalientes actos de bondad y entrega (de los que han dado muestra especialmente los profesionales –no los políticos– encargados de la salud), se ceban los más deleznables impulsos de dominio y destrucción.
 
Ya no basta con que de ese acto de imbecilidad haya brotado tanto daño, tanto dolor, tanta amargura, tanto sufrimiento, tanta muerte, tanta soledad, tanta tristeza en los rostros de los niños, tanto duelo en las familias. Ahora, los dueños del mundo, los dueños del dinero, los dueños de todo (y de todos), ahora se reúnen («Que llueva, que llueva / El mundo está en peligro, / cuidado, hombre pequeño, / los grandes se han reunido»: Facundo Cabral). No les ha bastado lucrar con la salud, con el hambre, con el dolor humano. No les ha sido suficiente con tramar la «transformación» de la educación para adueñarse de la función educativa, desplazando a los maestros y sustituyéndolos por transmisiones hechas por los dueños de las cadenas televisoras (es decir, por ellos mismos). No les ha sido suficiente apoderarse de la ciencia para tener en sus manos el control y el dominio de la salud, ni les ha bastado «desaparecer» las vacunas para después venderlas y revenderlas sin que nadie logre saber ni pueda controlarlos.
 
Ya no les satisface apoderarse de los recursos naturales, del agua, del petróleo, de los metales, de los productos que la tierra, la Madre Tierra, nos prodiga. Ya se han adueñado del espacio. Y este espacio, este aire que antes era puro, limpio, de nadie y de todos, ahora está en manos de quienes tienen el poder. Ahora te pueden vigilar y controlar como ni el mismo George Orwell (1984) llegó a imaginar.
Pero la Tierra les ha quedado pequeña. Ahora, literalmente, van a «explotar» la Luna, a establecer «zonas de seguridad» para que estén todos bien repartidos y bien acomodados, y extraigan los recursos que quieran y puedan, en su propio beneficio...
 
Sofía, mi nieta, que cursa primero de secundaria y está estudiando a los romanos, griegos, chinos, babilonios y demás, me decía que le costaba mucho entender la Historia «porque no tiene lógica». Tiene razón, si por lógica entendemos una explicación racional, sensata, ordenada, coherente, metódica, etc. Tiene razón, porque la historia, al contrario de ella, está marcada por la sinrazón, por el engreimiento de unos, individuos o pueblos, que, por el impulso de su egoísmo, prepotencia y ambición, se han apoderado del planeta y, ahora, hasta de la Luna.
 
Si quienes emprendieron aquellas conquistas resultaron venerados y, literalmente, endiosados (al estilo de los emperadores romanos) y se les levantaron estatuas y hasta templos, eso no revela sino la ceguera y el complejo de inferioridad de quienes fueron sus víctimas o, quizá, la confirmación de aquel refrán que dice «si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él».
 
Levantar a alguien una estatua no sé hasta dónde puede justificarse. Quizá a algún científico o artista por ser relevante lo que hizo a favor de la humanidad. Pero a seudolíderes políticos o a otras sabandijas de ese gremio, me parece la cosa más estúpida. Como me parece ser del todo inicuo pensar que con derribar una estatua ya se está haciendo justicia a los subyugados y se está cambiando la historia y construyendo una nueva sociedad.
 
Es comprensible que, como en los casos de Hitler, Mussolini, Stalin, Lenin, Chávez y otros especímenes del subgénero humanos, el dolor que provocaron ha sido tan ingente que el echar por tierra las estatuas que sus mismos congéneres les erigieron sea un gesto de venganza tardía.
 
De esos casos deben aprender los nuevos déspotas (ansiosos del «culto esperpéntico a la propia personalidad»: Jordi Finestres), que tumbar unas estatuas para ellos levantarse otras pasa de lo trágico a lo ridículo.
 
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