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Alburemas – Magno Garcimarrero

12/04/2020

alcalorpolitico.com

El libro contiene un poco más de cincuenta poemas albureros divertidos, cuidadosamente medidos y rimados, pero para animar a su lectura, bien vale la pena transcribir aquí el preludio con que el autor invita a la lectura de sus alburemas. He aquí ese introito.
 
El albur y la misoginia
 
El albur, juego cachondo que por siglos ha formado parte de la identidad de los mexicanos, está en una vertiginosa decadencia. Si resucitaran nuestros humoristas albureros por antonomasia Cantinflas y Palillo, se volverían a caer muertos; la sociedad actual los calificaría de soeces, barbajanes, mecos, léperos y sorrastras que no harían la menor gracia con sus sandeces. Y es que en el México de ahora, el derecho de la mujer, de los y las homosexuales, la igualdad entre aquellos y el hombre tradicional, ha cambiado el modo de pensar, de actuar y de sentir. Los albureros de hoy, aves raras, son individuos anacrónicos, misóginos y desadaptados sociales.
 
Aunque parezca sacrílego, tengo que afirmar sin temor a equivocarme que el albur tiene un fondo de moral católica y judaica. En esas milenarias religiones que creen en un dios masculino, se tenía a la mujer como un ser imperfecto, como una verruga (costillar) del hombre hecho a imagen y semejanza del Supremo, así que todo lo proveniente de la mujer se reputaba como vergonzoso, sucio, reptílico, demoníaco; lo que hacía que el hombre no se sintiera seguro mientras no ejerciera dominio absoluto sobre ella, control, sumisión, obediencia de tiempo completo y destino final.  Para la mujer estaba negada la voluntad, la capacidad de decidir, el placer y el goce sexual, tenía que sufrir para merecer, tenía que hincarse o agacharse para que el varón hiciera sobre ella lo que le viniera en gana. Los mejores atributos femeninos eran la obediencia, la discreción, el analfabetismo, la debilidad física y mental, la resignación y… porqué no decirlo, un buen par de nalgas.      
 
Entendida así la división del mundo, cualquier comparación que se hiciera de hombre con mujer, resultaba ofensivo para el macho. Memorable injuria con ánimo de escarnio profirió  Aixa la Horra, a su hijo Boabdil el sultán de Granada, al verlo derramar lágrimas por la pérdida de la ciudad: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”.  Es sabido y entendido que la religión musulmana, que profesaba Aixa, adolece del mismo prejuicio respecto a las mujeres.
 
El albur juega con ese mismo criterio: poner a un hombre en situación femenina o feminoide fue hasta hace poco una manera de degradar, burlarse u ofender. Los ahora viejos, cuando éramos niños, todavía nos tocó gritar: “el último es vieja” para iniciar una carrera, o su variante “puto cola”. Por ese mismo orden de ideas la anacrónica iglesia todavía no acepta a los homosexuales, por eso los curas no se casan, siguen pensando que lo femenino es deleznable, aunque entre hombres solapen hasta la pederastia.
 
El primer albur mexicano está involucrado en la palabra chingar, ésta viene de un adjetivo náhuatl: Tzin,* diminutivo reverencial: pequeño, “chico” (el chico temido de la vecindad). Tzintli** es sustantivo y se refiere al ano. En algún momento de la historia, “tzin” se convirtió en “chin” en boca de español que no sabía pronunciar bien el náhuatl, y después se le dio la terminación verbal del castellano, así quedó en  chingar***  para gloria y fortuna de nuestro idioma mexicano.  La palabra ahora implica tomar, coger por el ano a la fuerza a alguien que, por lo regular y para agrandar la ofensa es la madre o la hermana del albureado, si no al mismo albureado, o cualquier otra “indefensa” mujer respecto de la cual se asume que se resistirá, considerando el ataque como una violación. A ninguno se le ocurre que la dama puede estar muy de acuerdo y gustosa.
 
Jugar una esgrima verbal entre dos hombres que ponen en juego su habilidad e ingenio para poner en situación mujeril al contrincante, es un humorismo pasado de moda, desde que los estudios científicos modernos, han demostrado que el sexo es más cachondo y placentero para las mujeres que tienen tantas zonas erógenas, que para los hombres que sólo tienen una y la mayor parte del tiempo, mustia, triste y arrugada.

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